domingo, 22 de enero de 2012

Amor psiquiátrico (Parte 8) - Una respuesta improvisada

Lunes 7 de marzo
Cocina
10:00 am

"El fin de semana pasó volando y ni siquiera sé qué hacer, no sé por qué me puse nervioso, es solamente una niña confundida y enamoradiza"- Abel, cuya fisonomía era cubierta por una cofia de cocina y un cubrebocas; pensaba aún en un tema que le había quitado la tranquilidad durante un par de días.

"Es bonita; y sin embargo debe haber una razón del por qué se encuentra acá".

La pugna interna entre el joven y su conciencia no era pretexto para cumplir con el deber de ser profesional, y eso incluía la ética. Él lo sabía, y lo pensaba mientras limpiaba los restos de comida en el termómetro de cocina.

-¿Te dejó pensando una niña verdad?- Preguntó sorpresivamente Rosa, la auxiliar de cocina que acostumbraba bromear con Abel sobre mujeres.
-Eh... no, es que anoche no dormí y ando desvelado- Replicó Abel, guardando el termómetro en su estuche.
-Si claro, ahora así se le dice, ¿verdad? eso te pasa por loco- Continuaba la broma la señora Rosa mientras terminaba de vaciar la sopa caliente en el contenedor de comida.

Abel solamente sonrió a la señora, mientras por dentro seguía pensando en la incómoda situación de la semana pasada. Luego, se retiró hasta el asiento de su oficina, donde tomó una hoja en blanco como queriendo escribir, pero en vez de eso llegó a su mente una situación muy similar de hace un par de meses.
Era Nidia, el color de su cabello era igual al de Alejandra y tenían casi la misma edad, solo que en vez de Alejandra, era de tez clara y un poco más alta, su semblante no era tan severo además. Nidia era una chica especial, pues era la única que agachaba la cabeza levantando los ojos cada vez que él cruzaba la puerta del pabellón, para luego tímidamente sonreír y dejar escapar un "hola". Abel mientras, cortesmente devolvía el saludo.
-¿Hoy estuvo bien el servicio enfermero?- Preguntaba Abel a un corpulento enfermero Pedro.
-Si, gracias.
-Oye... -interrumpía una niña de cabello rojizo, -¿por qué dejas que Fabiola te maltrate?
-No me maltrata- Respondía sorprendido Abel.
-¿Ah no?
-No...
-Oye amigo, ¿eres casado?- Interrumpía otra voz, era Fabiola, la chiquilla bipolar de 13 años.
-No Fabiola, y tampoco tengo hijos- Contestó Abel, sonriendo y ya un poco ruborizado.
Dicho esto, se despidió aún con la voz de Fabiola y otras chicas haciendo preguntas acerca de su situación sentimental y personal. Él simplemente agachó la cabeza, y sonrojado se retiraba hasta la puerta.

"Me caía bien, qué bueno que ya no regresó a este lugar tan deprimente". Pensó Abel ya de regreso de su recuerdo. Mientras tanto, su mirada seguía su mano escribiendo sobre la hoja de papel.

Y así pasó el día hasta la una de la tarde, hora de la comida. Abel dobló la hoja y la guardó en su bata para leerla más tarde, era costumbre suya leer sus ensayos con la cabeza "fría" y autocriticar sus obras. Hecho esto, se dirigió al pabellón.

En el camino, los nervios le mataban al recordar la supuesta promesa de una respuesta a Alejandra, sin darse cuenta de cuando pasó, ya estaba cruzando la puerta.
-Buenas tardes. Saludaron mutuamente el chico y la guardia de seguridad al abrirse la puerta. Y al entrar, buscó en vano a Alejandra con la mirada, no se encontraba visible...

"¿Por qué le dije eso? ¿que no era mejor alejarse?". Pensaba mientras resignado de su búsqueda visual, se dirigía hacia la cocineta.

-Hola Maricela...
-Hola Abel.

"¿En qué estaba pensando?". Sacaba Abel la hoja de su bolsillo y proseguía a leerla recargado en la barra de la cocineta. Sin siquiera darse cuenta que las charolas estaban ya servidas, pues se le había hecho tarde.

-¿Yo escribí esto?- Dijo para sí mismo Abel al leer los párrafos en su hoja. Inmediatamente la dobló cuando miró a Alejandra que apareció sorpresivamente, agachando los ojos y sonriendo. Hecho esto, bebió un sorbo y rompió el silencio.
-¿Y bien?
-¿Y bien qué?
Alejandra suspiró con una expresión frustrada, y le recordó su promesa de respuesta. Miró a Abel, quien sostenía una hoja blanca en la mano.
-La respuesta, si, perdón, estoy un poco distraído- contestó el chico sonriendo de nervios.
-¿Y entonces?-Volvió a preguntar ansiosa Alejandra.
-Chicas, a formarse ya- interrumpió una voz de enfermera retumbando en el pabellón.
Volteó sorprendida la pequeña, disimulando con su característico vaso en la boca, quien regresó la mirada a su joven supervisor diciendole en voz baja:
-Escribeme algo, por favor.

La niña se alejó un poco para mezclarse con las otras chicas. Y realizando el mismo ritual, entregó Abel la ración diaria a cada una de las pacientes.

"No se le va a olvidar" pensaba el chico, quien apretujaba su bolígrafo guardado en su bolsillo de la bata. Tomó después una servilleta en la que pensó escribir.

"Qué linda es", pensó nuevamente mientras miraba su labio inferior que mordía sonriente por la plática con sus amigas. Lentamente se deslizaba entre sus dientes blancos, dejandole un rastro húmedo que resaltaba aún más el color rojizo de sus labios.
Prosiguiendo a escribir, ahora solo pensaba en Alejandra no como paciente. Sonrió y escribió un breve recado en la servilleta:

"me agradas, espero que sigamos teniendo contacto"

Tiempo suficiente, cuando Alejandra se acercaba nuevamente a la barra para "rellenar su vaso". No se atrevía a alzar la mirada, solamente lo llenaba, esperando la primer palabra del joven.
-Ya lo tengo- contestó el chico, mostrando un trozo de papel blanco debajo de su mano derecha.
-No se lo enseñes a nadie y ten mucho cuidado por favor- complementó.
-Claro que si...-respondió la jovencita, haciendo notorio lo obvio, y ocultando hábilmente su servilleta dentro de su manga.
Después de eso, se alejó sin decir más, como si solo esperara ese momento. Abel observaba desde la ventana a la niña que se sentaba y ocultando con las manos la servilleta, comenzó a leer.

"¿Qué estoy haciendo?" Preguntaba Abel, ya más convencido que confundido.

"Me roba la atención tu manera de mirarme y tu disimulo cuando platicamos. Ni idea del por qué estás aquí, tal vez algún día lo sepa, pero por el momento puedo dedicarme a contemplar en secreto -muy en secreto- tu mirada. Anhelaría tanto una oportunidad de conversar en privado contigo, me caes bien..."

-Yo también te gusto, ¿verdad?- interrumpió Alejandra, nuevamente rellenando el vaso ya vacío.
-... si- responde Abel, después de un breve silencio seguido de un corto suspiro.
-Si claro- Alejandra decía, aún incrédula a la respuesta del joven.
-Es enserio niña- contestó el chico, ya más convencido de lo que en verdad sentía, -si no fuera así, ¿por qué me arriesgaría a escribirte? creeme, siento algo por ti.
-Mañana te escribo una carta, ¿vale?- dijo Alejandra, apretando los labios y mostrando ya una expresión de alegría.
-Ok, yo te daré algo también.

Dicho esto, la niña se alejó con paso ágil y veloz a su silla, como saltando de alegría.

-Trabajo terminado Mari- dijo Abel después de un silencio considerable, mientras proseguía a alejarse para salir del pabellón.
-Si, gracias niño.

En realidad no se refería al trabajo de pabellón. La visita fue exclusiva para cumplir su prometida respuesta. Esa fue su labor, y al día siguiente seguiría igual.

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