Después de unos minutos, Abel en la ventanilla recibía las charolas vacías de las niñas. A veces la rutina era muy repetitiva, lo que ocasionaba una mecanización de su labor. Acostumbrando a mirar a los ojos tomaba las charolas y las depositaba en la tarja para lavar trastos.
Fue curioso sentir como sus miradas eran correspondidas, hasta notó la mano fría de una pequeña sobre la de él, interrumpida por la textura de una gruesa servilleta. Después de cruzar miradas, la chiquilla señaló con los ojos su mano izquierda, la misma que tenía el improvisado mensaje.
-Ten, te lo manda Ale.
Fueron las palabras que escuchó Abel de aquella niña que sonreía mientras entregaba el trozo de papel.
¡Alejandra! Claro, la niña que le preguntó su nombre aquella tarde. En el fondo sospechaba el contenido del mensaje, pero no se atrevía a declarar nada seguro, después de todo aún era "un simple supervisor". ¿Qué sería tan importante como para arriesgarse a mandar recaditos?
-Gracias- Dijo confuso Abel, ya sin su sonrisa característica al charlar, y sin saber si debía decir otra cosa. Tomó la servilleta doblada en cuatro y hábilmente la escondió en la manga de su bata con los dedos, pues podría traerle problemas y malos entendidos todo esto. No era malo el chico, simplemente curioso... y precavido.
Pensaba para sí mismo sin lograr ensamblar frase adecuada para la situación, mientras sostenía la servilleta con los dedos aún dentro de su manga; procurando que no se caiga.
Con algo de duda, esperó a que el resto de las niñas abandonaran la ventanilla para retirarse discretamente hacia el interior de la cocineta. Y ahí, preso de curiosidad, miró alrededor, donde solo se encontraba su amiga Maricela. Dejó caer la servilleta de su manga sobre su mano y la desdobló con paciencia, para poder leerla.
"gracias Abel (...)"
Mientras proseguía con su lectura, un escalofrío corrió por su espalda, que posteriormente se transformó en un calor ruborizante al llegar a su rostro. Sus ojos se abrieron más al leer las próximas palabras. Inmediatamente, colorado por el rubor; dobló la servilleta entre sus manos temblorosas de nervios. En los meses que llevaba ahí trabajando, estaba consciente de la gravedad del asunto y de lo que podría suceder; y sin embargo, no estaba molesto ni asustado, aún procesaba su estado de ánimo.
-Maricela... mira- Mostró la servilleta a su amiga, quien se encontraba lavando la loza sucia.
Al leer el recado, Maricela no pudo evitar soltar una risa discreta. Le provocaba gracia la situación de Abel y hasta curiosidad.
-¿Ya ves lo que te sacas por andar de loco con las chicas?- Decía Maricela aún entre risas. Y junto a ella, su amiga Monica la acompañaba con la risa al leer el recado en la servilleta. Abel no pudo hacer más que callar y mirar avergonzado hacia el piso, sin saber aún como reaccionar.
-¡Ay niño! ¡son niñas! te pones super nervioso por... niñas.- Bromeaba Maricela, aún haciendole gracia la situación, -de seguro te quedas sin habla con alguna chica más bonita, ¿verdad?- Terminaba de hablar, mientras Mónica solo miraba sonriente.
Aben sin aún digerirlo, desdobló nuevamente la servilleta para leer de nuevo. Pues, aunque le preocupaba, en el fondo se enterneció por atrevida declaración.
"gracias Abel
la verdad
me gustas
Ale"
Era real, la chica nueva se sentía atraída hacia él. La situación era muy parecida a hace un par de meses: Recordó a una chica cortísima edad, Michelle; su paciente a cargo para cargarle la charola debido a un temblor en su mano. Recordó cómo le coqueteaba con sonrisas y guiños indiscretos. Acostumbraba decirle cuánto lo extrañaba e incluso tomarle la mano después de colocar la charola en la mesa.
También recordó a otra jovencita: Nidia. Tenía la misma edad que Alejandra y lo esperaba con la mirada al entrar y salir del pabellón con una sonrisa y mirada de amor. Durante la comida era tímida y no miraba a Abel, pero durante otros momentos de distanciamiento aprovechaba la ocasión para saludarlo y despedirse de él mientras sonreía tontamente mientras sus amigas se burlaban de ella cuando Abel le respondía el saludo. Un par de veces habían cruzado palabras, cualquier pretexto era bueno para que él le alegrara el día con unas breves frases triviales del trabajo.
Pero Alejandra era diferente, nunca dio señal alguna y declaró sus sentimientos directamente, aunque no pudo decirlo frente a frente.
¡Qué vergüenza! Abel no sabía por qué su rostro se encontraba caliente y sus manos sudorosas. En el fondo se sintió bien, como se siente cualquier chico de su edad al tener una admiradora. Respirando profundamente, dobló la servilleta de nuevo y la guardó en su bolsillo. Solo quería salir de ahí sin que su enamorada secreta se diera cuenta.
Pero era imposible... seguramente ella estaba ahí afuera esperando. Y sin más ni menos, decidió darle prisa a ese momento vergonzoso.
-Me voy Maricela, me llevo las ollas vacías- Fueron las palabras de Monica, palabras que no dudó Abel en aprovechar.
-Voy contigo-contestó- ya no tengo nada que hacer aquí y tengo que irme.
Abel se pegó a Monica, y juntos salieron de la cocineta. Inmediatamente buscó con la mirada a su admiradora, quien no tardó en aparecer en el sofá del pabellón junto a dos chicas más. De vergüenza aún, se encogió entre hombros e hizo un ademán de despedida, mismo que Alejandra respondió con una sonrisa. Abel volteó a la puerta cuando vio de nuevo a la chica que le entregó la carta, era Gaby, quien antes de llegar a la puerta caminó junto a él con sigilo y sin decir nada, le entregó otra servilleta.
Al cruzar la puerta del pabellón, lo último que escuchó Abel fueron carcajadas de adolescentes, quienes aún se reían de semejante travesura.
-¡Escuchalas! se ríen- Exclamaba Abel a Mónica, quien solo respondió sonriendo -Esto es problemático...
-Y eso no es todo...- Pensó luego, mientras apretaba la otra servilleta con la mano en el bolsillo. -Veamos...
"de verdad me gustas mucho
espero mi sentimiento
sea bien correspondido"
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