miércoles, 18 de enero de 2012

Amor psiquiátrico (Parte 4) - Una aparición inesperada

Martes 1° de marzo
2:15 pm
UAM

-¿Cómo se llama Ale?- Preguntaba Gabriela emocionada a su nueva amiga.
-Abel- Respondió relajada Alejandra -y no es el cocinero, es el supervisor de la unidad.
-¿Supervisor? si parece médico con la batita...
-¿Quién?- Interrumpió una chica alta, de tez blanca y cabello teñido de rubio. Era Paulina, compañera de internamiento de Cristal durante el septiembre pasado.
-El chavo de la cocina, se llama Abel- Respondió Alejandra.
-¡Ah, él...!, está aquí desde el año pasado, pero nunca le pregunté su nombre.
-¿Qué no estabas tú con Cristal?- Cambió de tema Alejandra.
-Si, la conocí el año pasado también y me pareció gran coincidencia verla de vuelta acá.
-Que malcriada la niña, ¿no?
-Si, un poco...- Respondió Paulina con una sonrisa que delataba la presencia de braquets, seguramente era una niña adinerada de provincia.
-¡Lourdes! Tu médico te busca- Interrumpió la conversación una voz femenina, era la enfermera Pilar, quien estaba junto a una mujer de bata.

-Luego hablamos chicas- Dijo Alejandra, mientras caminaba hacia la barra de enfermería. Al llegar saludó de mano a la mujer, quien le dijo:
-Hola Lourdes, soy la psicóloga Elvira.
-¿Es usted mi doctora?
-No mi niña, soy tu psicóloga, tu doctor viene en un momento, ahora solo quisiera platicar contigo.
-¿Sobre qué?- Preguntó Lourdes, a quien se le había borrado la emoción de su rostro al escuchar las palabras de la psicóloga.
-Estoy a cargo de tu caso y...- Respondió la psicóloga, respondiendo con el mismo tono de seriedad.
Alejandra esta vez fue invadida por un velo de melancolía que cubría su juvenil semblante, no quería hablar de lo mismo con cada extraño que le preguntara del tema escudándose detras de una bata blanca. Después de un instante de silencio logró articular una frase.

-Disculpe psicóloga, pero ya no quiero recordar eso.
-Perdóname Lourdes, no quiero incomodarte, solo coopera y será rápido, ¿de acuerdo?- Replicó la psicóloga con voz amable. -Quiero que recuerdes lo que pasó, y me digas la primer palabra que cruce por tu mente.

No fue necesario que la psicóloga lo pidiera, con solamente mencionar los hechos, Alejandra suspiró y cerró los ojos un par de segundos. Al abrirlos inclinó la cabeza y volteó hacia el sofá del enorme pabellón... parecía todo regresar como una película en su memoria.
-¿Y qué te dijo Daniel cuando le contaste?- Preguntaba una chica de tez blanca y cabello oscuro, portaba uniforme de la secundaria técnica cercana, con ojos de curiosidad y sentada en la pequeña silla de la cocina.
-Me va a responder, no se lo tomó a mal- Contestaba emocionada Lourdes, aunque esa emoción no era tan grande para disfrazar toda la infelicidad que le causaba el recuerdo de lo mal que la trataba su novio Daniel. -Se lo conté ayer y parece que esta vez sí va a cambiar todo entre nosotros.
-Me alegro amiga- De pronto, el sonido del hervor del pequeño pocillo las interrumpió.
-Perdón amiga, a lo que veniste... acá está; es para el cólico- Dijo Lucero, después de servir el té en una pequeña taza y endulzarlo con azúcar.
-¿Estás segura?
-Si, a mi me resulta durante mi regla.
Lourdes pensativa tomó la taza entre sus manos, y enseguida la acercó a su rostro para percibir ese olor a hierbas.

Lourdes apretó los ojos por un instante, tomó una manga del sueter color vino que colgaba atado de su cuello y la acercó a sus ojos ya cristalinos por las lágrimas.

-¡Yo no quería que esto pasara Coral! era un té para el dolor- Gritaba Lourdes a su hermana, un grito acompañado de llanto desesperado.
-Pero Ale, ¿acaso eres tonta? ¿no le preguntaste lo que era?
-No, solo me dijo que era para el cólico- Respondió, esta vez; ahogando su voz en su almohada. Mientras lloraba, Coral acariciaba el cabello de su hermana. Unos minutos después se levantó Lourdes, y secando el llanto dijo.
-No soy una asesina Coral, no sabía lo que era... ¡no sabía!- Volvió a romper en llanto mientras abrazó a su hermana. Coral solamente respondió el abrazo sin atreverse a pronunciar palabra alguna.
-No soy una asesina, no lo soy...

Alejandra seguía apretando la manga del sueter contra sus ojos, que ya dejaban brotar unas cuantas lágrimas que cayeron sobre el piso del pabellón.
-Estúpida... eso es lo que soy. Quiero irme a mi casa, ¿cuándo me voy de aquí?

La psicóloga no supo responderle a su paciente, solamente abrió la boca tomando aire, como queriendo decir algo, cuando fue salvada por una voz masculina.
-¿Todo está bien?- Era Emmanuel, el médico residente a cargo de Lourdes, quien lucía la misma bata blanca que todo el personal. El médico hablaba con seriedad y madurez, a pesar de sus cortos 25 años.
-Si doctor- Contestó la psicóloga al médico de estatura alta. -Lourdes, él es el Dr. Emmanuel, tú médico- completó Elvira, quien luego presentó al médico con la jovencita.
-Doctor, dígame- dijo Lourdes queriendo ocultar las lágrimas, -si ya no lloro, si duermo bien y no ocasiono problemas, ¿podré irme?
El médico solamente hizo un gesto de decepción mostrando los dientes, y dejando escapar un suspiro dijo:
-Yo creo que no Lourdes, no es tan facil como parece- Contestó esforzado el joven médico, mientras terminaba de dejar unos documentos en la barra de enfermería, sin dejar de mirar a su joven paciente.
-Es que ya extraño a mi mamá y a mis amigas... ahora si ya valoro, además ya no he llorado- Decía Lourdes, quien aún luchaba por ocultar sus pocas lágrimas. El médico solamente pensó en silencio, y después de unos segundos dijo:
-Si te portas bien, puedo autorizarte un permiso el viernes de la próxima semana para que salgas, pero como mínimo acá te esperan dos semanas.

Ya no tenía caso ocultar las lágrimas, aunque ya no había rastro de alguna mas que los ojos irritados de tristeza. Alejandra miró al piso intentando mostrar un rostro conforme.
-Está bien...- Contestó resignada Alejandra.

-¡Ah! tú eres Lourdes- Interrumpió una voz masculina. Lourdes volteó en dirección al origen de aquella voz, era el chico de la cocina, quien se encontraba junto a ella en la barra escribiendo en el enorme kárdex blanco con las hojas de enfermería de cada paciente.
-Perdón, es que dijiste que eras Ale, y como hay dos Alejandras me confundí, creo que te di la charola equivocada- Dijo Abel con una sonrisa en el rostro, Lourdes solamente correspondió la sonrisa, era la primer persona que miraba sonreír desde que llegó al hospital.
-Disculpe Dr. ¿puede firmarme la solicitud de dietas por favor?- Solicitó amablemente Abel al Dr. Emmanuel, quien accedió sacando su pluma y firmando.
-Ya te ubiqué, a la próxima no te me escapas- dijo Abel de nuevo a Alejandra, las mismas palabras que decía al identificar visualmente a alguna paciente con dieta especial; como siempre, con la sonrisa alegre de alguien que ama hacer su trabajo
-Ya me voy, te veo mañana en la comida.

Abel se marchó sin dejar oportunidad a Alejandra de decir palabra alguna, quedando atónita aún, ni siquiera pudo despedirse. El chico simplemente desapareció así como había aparecido de entre la nada...

-Qué bueno que entiendas Lourdes- Decía el médico guardando su bolígrafo. Pareciera como si Abel nunca hubiera estado ahí.

Alejandra pensó por un breve momento, no era mentira: Abel aún iba camino de salida del enorme pabellón. Él estuvo ahí, conversó con ella y una sonrisa le contagió la alegría.
-Oiga doctor, creo que puedo comenzar a cooperar, quiero salir de esta depresión- dijo Alejandra, esta vez con un humor más animado, como si de pronto ese recuerdo que trajo la psicóloga se lo hubiera llevado el viento vespertino.
-Me alegra escuchar eso, y si recurren tus dolores de cabeza avisame, ¿vale?
-¿Cómo sabe que...?- Preguntó Lourdes, sorprendida de que su médico supiera acerca de sus dolores de cabeza.
-Soy tú médico- Respondió, mientras se marchaba hacia la oficina de médicos de UAM.

Alejandra solamente sonrió ante la respuesta obvia, miró marcharse a su médico y ella hizo lo mismo. Mientras caminaba hacia el enorme sofá central, esta vez luciendo la sonrisa contagiada en la barra de enfermeras. Quizás fue por la broma del Dr. Emmanuel, quizás por la esperanza de salir aunque sea por unos días, o quizás por la extraña aparición de aquel chico tan curioso...

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