sábado, 28 de enero de 2012

Amor psiquiátrico (Parte 15) - Mañana será mi gran día

Martes 15 de marzo
12:40 hrs
Pabellón de UAM

Los días habían volado, eran apenas dos semanas, poquísimo en comparación del historial de alguna otra paciente. Los días pasaban con palabras bonitas y cartas comprometedoras. Abel ya no escuchaba a su cabeza, ya no escuchaba la voz de la ética profesional, se había perdido por completo en los brazos tiernos del amor. Un roce de manos bastaba para hacerlo ilusionarse. Era como si las tibias manos de su "loca enamorada" derritieran su prisión de hielo, dejando expuesto un corazón rojísimo y sensible.

En cuanto a Alejandra, sus compañeras miraban a una jovencita enamorada. Suspirando cada vez que "el supervisor de su mirada" pasara por ahí. Sin embargo, también cometió un error: En las robustas manos del enfermero Miguel, se encontraba una hoja de papel color rojo, las palabras siempre fueron desconocidas para el resto. Sin embargo, figuraba al final una curiosa nota.

Si te vas de alta este martes, prometo irte a visitar el miercoles.
Mi cel: xx-xxxx-xxxx
Atte: El supervisor de tu mirada.

Y por mientras, en el enorme sofá, descansaba la figura de 1.60 de estatura, con el cabello rojizo y peinado con una curiosa diadema de pequeñas coletas. Sus labios rojizos esta vez dibujaban una preciosa sonrisa, como un marco que adornaba un precioso juego de perlas que eran sus dientes, que a su vez se reflejaban en la humedad de sus labios. Era Alejandra, quien esta vez vestía su pijama color rosa pálido con azul celeste y los mismos tenis blancos que acostumbraba usar. En sus bolsillos aguardaban dos hojas dobladas en color azul. La primera en forma de corazón y la segunda con un doblez sencillo.

-Ahora que te vas, ya no voy a tener rival. -Comentó una pequeña de semblante delgado.
-¿A qué te refieres Pamela? -Respondió Alejandra, quien a pesar del comentario no pudo ocultar su felicidad.

Pamela no respondió, solamente sonrió y se alejó a la barra de la cocina, donde figuraba el coqueto supervisor. Alejandra miró por última vez a una Pamela acompañada de dos chiquillas, platicando alegremente con su querido Abel. No habían más celos... esa última carta oculta en un sobre en forma de corazón alado le había dado confianza.

La jovencita de 16 años se acercó a la barra, y observando a los ojos al joven Abel, le entregó el par de hojas que tenía ocultas en la manga.
-Qué bueno que hoy te vayas de alta.
-Si, yo no me lo esperaba porque me dijeron a última hora que hasta el viernes. Por eso me iré vestida con mi pijama, no tengo más ropa.
-Hoy me dieron un día libre a elección, si gustas lo pido mañana y te voy a ver.
-¿Entonces no irás a verme porque quieres?
-Claro que si- Respondía sonriente Abel -Pero aprovechando esto, pues...
-Oiga supervisor, una pregunta -Interrumpía una jovencita. Su estatura era mayor a la promedio, como de 1.65, su tez morena y cabello oscuro y corto.
-Si, dime -Respondió Abel, escondiendo las cartas de su enamorada en el bolsillo del pantalón.
-¿Aún soy dieta o soy normal?
-Dejame ver... ¿cómo te llamas?
-Karla Sugey.
-Veamos... -Abel comenzaba a verificar su lista de pacientes, y un par de segundos después, respondió -No, ya eres normal.
-Ok, gracias.
-¿Eres Karla Sugey? -Preguntó nuevamente Abel.
-Si.
-¡Oh! ¡eres la niña que maullaba! -Exclamó el supervisor, con un tono de voz más infantil.
Las niñas Pamela y Yahaira soltaron a reír, mientras Sugey se sonrojaba y agachaba la mirada.
-Si... rayos, ¿por qué dijo eso? -Preguntó de vuelta la pequeña, con rubor en el rostro y una sonrisa nerviosa.
-Lo siento, recordé esos días.

Abel no solo había recordado aquellos días de diciembre, también su sonrisa se debía a que próximamente vería a la jovencita que había logrado derretir el hielo de su corazón.

Ese día su curiosidad lo llevó a terminar pronto, moría de ganas por leer las cartas en su bolsillo. Todo esto sucedía mientras la pequeña Pamela no le quitaba la mirada de encima, mirada que afirmaba con una sonrisa pícara que la caracterizaba. Al alejarse, solo quedaron Pamela y Yahaira, ésta última, miraba alejarse al joven de una manera peculiar.

-¿Te gusta el chico? -Preguntaba Pamela.
-Si -Contestó Yahaira, después de un breve silencio de duda.
-¿Por qué no se lo dices?

Yahaira no respondió, Pamela solamente decía cosas que la pequeña no lograba entender.
-Disculpa Yahaira, ¿puedo decirte algo en privado? -Interrumpía Alejandra
-Si.

Las dos se alejaron, mientras Pamela se quedaba sola, imaginando y planeando cómo acercarse al joven nutriólogo al día siguiente.

Era un día especial, una envoltura de alegría y travesuras ocultaba una bomba de sucesos a punto de ocurrir. Sería el último día que verían al joven nutriólogo Abel dentro del pabellón.

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