Martes 15 de marzo
14: 22 hrs
Cocica central
-¿Entonces mañana la vas a ver?
-Si Lupita, espero no regarla...
-Bueno niño... ya me contarás como te fue, mucha suerte.
-De acuerdo, gracias.
La plática era amena entre Abel y Lupita, cocinera y amiga de Maricela, por lo tanto amiga de Abel también. Al igual que Maricela, Lupita era una señora muy simpática, sonriente y bromista; acostumbraba jugar con todos los de la cocina.
-Tengo que irme Lupita, al ratito vengo.
-¡Adios Abel! -Exclamó Lupita con acento musical.
Iba ya saliendo el joven del área de lavado de loza, cuando mira esperando a una señora con chaleco azul y de edad mayor. Era Lolita, quien esperaba como siempre a que la atendieran personalmente.
-Hola Lolita, ¿en qué puedo ayudarle?
-Hola, pues vengo por dos cosas: Mis comidas y a dejarte un regalo.
-¿Un regalo? -Preguntó Abel, mirando al suelo y congelando de expresiones su rostro para no levantar sospecha alguna. -¿de parte de quién?
-Ay, no te hagas... -Murmura bromista la enfermera -Ya sabes, "Lourdes".
Lolita hablaba como si supiera algo acerca de ellos dos, sin embargo Abel no podía darse el lujo de decir una estupidez. Su alegría fue disimulada por su expresión seca y fría ayudándolo el cubrebocas que colgaba de su cuello. Mientras Lolita le mostraba una bolsa de plástico que unos segundos después entregó.
-Gracias Lolita, ¿y de qué van a ser sus comidas?
-Tú mandame lo que alcancemos, van a ser tres por favor.
-De acuerdo, y muchas gracias -Al decir esto, Abel ya tenía una expresión más alegre, como quien retiene un sentimiento y más tarde lo deja salir.
Llevó, pues; la bolsa a la oficina, aún no había nadie. Procedió a abrirla... era una figura de yeso pintada de manera super detallada. Un hombre enmascarado y vestido de azul y rojo en cuclillas sobre una pequeña barda de ladrillos sobre la que se leía la leyenda "Spiderman". Definitivamente el detalle más lindo desde que Alejandra se había hospitalizado. Con cuidado, Abel regresó el regalo de su pequeña admiradora a la bolsa y lo guardó de las miradas indiscretas.
-¡Abel! Alguien te busca -Se escuchó de repente la voz que retumbaba en la pequeña oficina, era una cocinera que anunciaba la llegada de Sonia, su jefa directa.
-¿Sonia? ¿que no se supone que ya se fue...? -Pensó Abel en voz alta.
-Hola Abel, tenemos que hablar -Dijo Sonia con tono serio, mientras entraba en la oficina y cerraba cuidadosamente las puertas.
-Si Sonia, dime.
-Toma asiento.
-Vale, ¿qué pasa?
-¿A donde pensabas ir mañana?
-Mañana... -Al escuchar la pregunta, Abel se sintió algo incómodo, sabía que era contraproducente lo que tenía en mente... -a un concierto de jazz con mi hermano, ¿por qué?
-¿Seguro? -Preguntó de nuevo Sonia -¿No vas ir a ver a "alguien"?
-No Sonia... ¿por qué?- Sonia tomó aliento un par de segundos, para luego decir:
-Me dijeron, que "andas" con una paciente.
-¿Qué? -Exclamó Abel, con un nerviosismo inocultable.
-Si, respondeme, ¿tienes una relación con una paciente de acá?
-Ehm... no... -Contestó el joven, intentando mantener la calma.
-Abel dime la verdad.
-Esa es la verdad Sonia, no ando con una paciente...
-¿Seguro? Porque hay pruebas que dicen lo contrario...
Abel sintió morir, en ese momento pasaban por su mente las posibles pruebas, ¿qué sería? ¿la enfermera Lolita declarando en su contra? ¿las cartas que le escribía? No podía ser, esas cartas estaban bien ocultas, y nunca mencionaron su nombre. ¿Qué podría ser?
-¿Qué pruebas...?
-Dice un enfermero que se mandan cartitas en la charola Abel...
-¿Y cómo va a ser eso? es un mismo enfermero quien supervisa la entrega de charolas.
-¿Seguro Abel? No me hagas presionarte por favor.
-¿De qué hablas?
-El enfermero me mostró una carta donde está tu número de celular, y te presentas como "el supervisor de tu mirada".
-El supervisor de tu mirada...- Un hervor subió hasta el rostro de Abel, era su carta, ¿habrá sido que Alejandra lo había delatado? ¿era todo una trampa? No podía ser... todos esos celos, miradas... no podía ser cierto. -No, no me suena...- dijo Abel, pero ya sin la tranquilidad que lo identificaba. -yo ni romántico soy- dijo al final, como manera desesperada de zafarse de aquella situación tan incómoda.
-Pero viene tu número Abel, viene tu dirección también.
-Pues no, yo no sé lo que es eso.
-Hasta la niña dice que mañana será "su gran día", qué curioso que mañana vas a faltar...
-No Sonia, de verdad... no sé a lo que se refiere.
-¿Estás seguro?
-Seguro, si gustas verificamos caligrafía y hablamos con la supuesta niña.
-No Abel no es necesario... -dijo Sonia ya más tranquila, -Me sentí decepcionada, pero confiaré en ti y te defenderé, pero si no puedo olvidate... te dejaré a merced de las autoridades.
-No te preocupes Sonia... -contestó Abel, ya más confiado en la situación; sin embargo la situación era más incómoda, su boca se resecó de nervios y pánico, era inocultable. -Supervisor de tu mirada... ingenioso, pero no.
-Bueno, por ahora escuchame bien- interrumpió Sonia con acento autoritario, la seriedad del asunto regresó a la oficina. -Te creeré, pero debo tomar medidas, estás descendido de rango, YA NO eres nutriólogo clínico, de ahora en adelante te quedarás acá donde pueda verte en la cocina y bajo ninguna circunstancia puedes salir de la oficina.
-... Como digas...- las palabras serenas de Abel ocultaban su verdadera situación: Al escuchar esto, sintió morir. Ocho meses peleó por un lugar en el equipo clínico y ahora había sido arrebatado todo lo que consiguió con mucho trabajo. No podía reprochar nada, tenían razón todas esas acusaciones, y fue su culpa al no haber escuchado las advertencias de su conciencia. No mantuvo la ética y ahora lo pagaba caro.
Silenciosamente, Sonia se retiraba de la oficina y Abel se quedó sentado un momento. A los pocos minutos sonó su celular con un mensaje de un número desconocido que decía:
¿me puedes marcar? Ale
Abel no esperó en hacerlo, salió al baño y marcó al número. Sonó tres veces el tono y una voz femenina le respondió.
-¿Bueno?
-Hola buenas tardes, ¿se encuentra Ale?
-Si, soy yo... pensé que no me llamarías después de lo que te conté en la carta.
-Ya lo leí.
-¿Y qué piensas?
-Quiero salir contigo, no voy a juzgarte.
-Gracias Abel, de verdad valoro esto, esperaba que me aceptaras con todo y mis errores.
-Antes que nada...- interrupió Abel, regresando a la tierra. -le mostraste a alguien mis cartas, ¿verdad?
-¿Por qué?
-Me regañaron y me descendieron de rango, ya no soy nutriólogo de UAM. Dije que no sabía nada pero ya está hecho.
-¿Pero quién te dijo eso?
-Mi jefa, hasta dijo que habías dicho que mañana será tu gran día.
-Ah...- se escuchaba decir a Alejandra, recordando aquel momento, -fue el enfermero Miguel, a él fue al único al que le dije sobre ti.
-¿Le enseñaste la carta?
-Si, perdóname por traerte tantos problemas...
-No te preocupes, lo hecho, hecho está; con todo y esto ya arriesgué, quiero verte mañana.
-¿Puedo verte en el mercado de flores de la plaza?
-Si, si gustas...
-De acuerdo, allá te veo...
-Vale, bye.
No quedaba más qué decir... ni más que arriesgar. Abel estaba fuera del juego. Mañana sería un buen día, pero tampoco podía ocultar ese rencor hacia una persona... el enfermero Miguel. El padre adoptivo, el enfermero juguetón, el amigo de las pacientes... era ahora el responsable de su situación que él mismo había ocasionado.
Como bien se dice... un sentimiento no se puede ocultar, más cuando se trata de "supervisar la mirada" de una dama.
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