México, DF.
Domingo 27 de febrero 2011.
18:13 hrs.
Era una tarde fría, igual a cualquier otro domingo de aquel hospital psiquiátrico. En el pabellón femenino era rutina ver ingresos y egresos cual puerto mercante: Importando pacientes desde barrios aledaños a la capital mexicana; hasta extranjeras que buscaban refugio en el centralizado sistema de salud. Todas con una característica común: Un oscuro pasado.
"Ingreso por intento de suicidio"; se leía en la solicitud de hospitalización, que era sostenida por unas manos de robustos dedos. La tez mestiza que delataba la procedencia capitalina reflejaba un gesto de preocupación -no más, pues acostumbrado estaba a estos casos- que dejó salir al leer el resumen clínico de la nueva inquilina.
(...) episodio depresivo no específico (...)
-Pobre chica- decía entre suspiros el enfermero, cargado con un ceño indiferente.
-Es demasiada carga emocional un caso así-, respondía la voz femenina de otra enfermera a cargo del turno, -pero no dejes que te afecte Miguel, nuestro trabajo es mantener el orden, no involucrarse en los asuntos personales de las niñas.
Miguel era enfermero de la Unidad de Adolescentes Mujeres. Su complexión robusta y su expresión seria y conservadora ocultaban su verdadera esencia interna; pues se consideraba a sí mismo un desahogo entre las chicas del pabellón, llegando incluso a despertar malos entendidos ocasionalmente. Comunmente se le observaba conversando con las jovencitas internadas, haciendo bromas e incluso jugando al futbol con algun suéter atado en forma de esfera. Definitivamente una imagen paternalista para una mentalidad frágil de adolescente.
En el sofá del pabellón se encontraba ya con el uniforme característico de paciente -un pants completo color vino-; la nueva chica. Sentada y con las piernas recogidas encima del enorme sillón, su cabello a los hombros y teñido de rojo acompañaba su llanto descansando sobre sus brazos que ocultaban un rostro juvenil, pero sin esa alegría de una chica de su edad, más bien demacrado por las huellas que deja la depresión. Un rostro de piel morena y ojos oscuros que hacían juego con unos labios rojizo natural, solo comparables con una manzana rojísima, mojados por el llanto del día lluvioso y deprimente. Sus lágrimas también empapaban la sudadera color vino mientras seguía recordando y maldiciendo el momento en el que su vida colapsó en un tornado de sentimientos encontrados. Era mucha la carga emocional, a sus 16 años; y sin embargo era crudamente cierta toda esa pesadilla que estaba viviendo.
-"No soy una asesina, no sabía lo que me dieron de tomar".
Alejandra apretaba los ojos como queriendo exprimir de ellos cada gota de llanto, mientras seguía recordando aquellas conversaciones, aquellos crudos y amargos momentos.
-"Ale, mi vida... ya por favor, necesitas comer algo, por el amor de Dios levántate ya".
No había cambiado nada desde aquella vez, su madre no pudo hacer mucho por ella, otra lágrima caía sobre sus mejillas y se ahogaba en el sueter, como gota de lluvia en pleno suelo erosionado.
-"No quiero que me toques, maldita asesina".
Soltó pues, un sollozo ahogado entre sus propias lágrimas, lloraba en silencio... la llovizna comenzaba a llorar con ella a las afueras del enorme pabellón.
-¡Lourdes!- se escuchó una voz madura retumbar en el enorme pabellón que hacía eco, la llamada rompió los diálogos del recuerdo y los desvaneció como el papel en el agua. -Ven hija, tenemos que valorarte-; decía la misma enfermera procurando paciencia; mientras llenaba una papeleta para solicitar una cena de paciente.
La pequeña soltó un suspiro aún llorando, bajó pesadamente los pies del sofá y se puso de pie mientras se limpiaba los ojos. Comenzó a caminar hacia el área de enfermería, intentando ocultar las lágrimas siguió caminando. Qué más daba... era un día cualquiera, lo que más deseaba era la muerte, el sueño eterno, sin recordar lo sucedido, sin buscar motivo de vivir, solamente dejar de existir, no importaba si era ahí mismo o en su casa, pero lo quería ya.
Ya con lágrimas secas, cerraba los ojos ahogando un suspiro post llanto; ahora maldiciendo la supuesta hipocresía de su madre. Sentía ser una carga, sentíase muerta, y que su madre y hermana la visitarían por culpa, como quien asiste a limpiar la tumba del difunto por simple remordimiento.
Entre preguntas de mujeres amargadas con uniforme de enfermeras, Alejandra apenas contestaba afirmando o negando con la cabeza. Quería darle prisa al procedimiento para poder estar en paz, solamente quería olvidarse de todo sin ser molestada.
-Muy bien Lourdes; es todo, puedes irte a sentar mientras llega tu cena-, Decía la enfermera mientras guardaba el expediente en una placa de metal.
Con paso doloroso, Alejandra emprendía camino de regreso al enorme sofá del pabellón. Apenas tocarlo, retomó la misma posición: sentada, dobló las rodillas, abrazó sus piernas, y esta vez sin lágrimas recordaba el momento en el que creyó que su amor era todo para ella, lo que necesitaría el resto de su vida. Recordaba el momento en el que creyó que si se entregaba a él; las infidelidades y problemas llegarían a su fin, dando paso a una relación perfecta. Recordaba el momento en el que se jugó el "todo o nada".
Excelente inicio... quiero saber más de Alejandra :)
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