sábado, 11 de febrero de 2012

Amor psiquiátrico (Parte 20) - Una servilleta de amor

Martes 1° de marzo
8:25 hrs
Unidad de Adolescentes Mujeres

Una cortina blanca en la visión parecía aclararse, como si todo estuviese nublado al principio, con el paso de los segundos también se aclararon muchas voces alrededor.

-Dra. Del Valle, ¡pronto!
-¿Qué le pasa a Lourdes?
-No lo sé, otra vez uno de esos ataques que la agarró con el bocado en la garganta.

Se acercaba entonces una enfermera alta y robusta, quien presionó abrazando a la jovencita en el abdomen alto y comenzó a toser. Su expresión era de nuevo la de siempre, pero sus ojos perdidos asustaban cuando la respiración le comenzó a hacer falta. De pronto se desplomó, y la misma enfermera fue quien detuvo una posible caída en seco.

-¡Hey tú, muchacho! ¿sabes RCP?- Preguntaba la misma enfermera robusta a un joven que pasaba por ahí, vistiendo una bata con la leyenda "Nutrición"
-¿Yo? Un poco... ¿todo bien?- Respondía el joven.
-Si, pero ven a ayudarnos con esta niña que no respira, solo somos la pasante y yo y necesitamos sostenerla que puede convulsionarse.

El joven se acercó, y en cuclillas aún dudoso tapó la nariz de la pequeña para insuflar aire en la boca. El joven era aún inexperto en el área clínica, y su RCP lo aprendió en un breve curso que ahora le estaba ayudando. Al segundo intento la jovencita comenzó a dar signos de recuperación intentando abrazar al joven y besarlo.

-¿Todo bien niña?- Apartándose al instante, preguntó el joven a la paciente, a quien -junto con Alondra- era de las pocas que se le complicaba articular frases.
-Si, gracias supervisor de mi mirada- Contestó la jovencita de cabellos rojizos, con seriedad en el rostro y la mirada clavada en el joven.
-Lourdes, ¡vente para acá! estás mal otra vez.

De pronto, la pequeña Alejandra extendió la mano al ras del suelo; hacia la mano del joven de la bata, que descansaba en el piso del pabellón. Él la tomó y sintió una servilleta cuidadosamente doblada, la cual guardó astutamente en la manga y la guardó. El supervisor conservó la servilleta mientras la paciente era retirada.
Entonces llegaba un joven enfermero, quien ayudó a la enfermera presente a llevarse a Alejandra al cuarto de aislamiento, donde ya llegaba una doctora de estatura baja hacia la jovencita.

-Perdón chico, esta niña tiene delirios.- Interrumpió de repente una voz femenina muy dulce, era la pasante de enfermería. Una joven de 19 años alta, delgada y piel blanca.
-¿Delirios? ¿qué clase de delirios?
-Jura que tiene un novio de nombre Abel, que la viene a ver en la hora de la comida.
-¿De verdad?- preguntó el chico, sorprendido por la casualidad, -yo me llamo Abel.
-¿Enserio? qué curioso- Contestaba la enfermera, que con una sonrisa rompió el drama que se vivía en el momento por el pequeño accidente.
-Si, curioso...- Siguió Abel con la risa, más nerviosa que graciosa.
-Bueno, dice que perdió a su bebé en un aborto por culpa de una amiga. Los médicos le han hecho exploraciones pero no hay pruebas de aborto ni de embarazo.
-Qué raro... ¿y por qué no está en UCP?
-Aún se conserva la esperanza de que se recupere, ¿ves a la niña Alondra? ambas tienen un transtorno que las llevó a ese estado, pero se recuperarán... aunque la verdad- cambió entonces la joven enfermera a una expresión más seria- Alondra tiene mejor pronóstico que Alejandra.
-Dios mío qué mal... ojalá se recupere.
-Sip...

Abel bajó la mirada, nunca dejaba de sorprenderse de lo visto en ese hospital psiquiátrico. Y aún más lo sorprendía y le causaba gracia su nombre presente en un delirio de una joven paciente.
-Bueno... cualquier cosa me encuentras en la cocina, ¿de acuerdo? tengo que irme- Contestó Abel, presionado ya por la prisa de llegar de vuelta a la cocina.
-Ok, te veo al rato chico, y gracias.

Abel cruzó la puerta del pabellón, y después de agradecer al guardia de seguridad; prosiguió su paso. Su mano derecha sostenía la servilleta bien doblada en el bolsillo de su bata blanca, y cuando estuvo lejos de toda mirada sospechosa; la sacó y la desdobló sin dejar de caminar.

Comenzó a leer el curioso recado, y al terminar, Abel dejó escapar una sonrisa muy dulce. Y pensando en conservarla, la dobló en cuatro nuevamente con mucho cuidado y la guardó en su billetera.

Gracias Abel
la verdad
me gustas

Amor psiquiátrico (Parte 19) - Memorias de una paciente psiquiátrica

Miércoles 16 de marzo
14:00 hrs
Parque central

-Dime algo Abel, ¿qué me cuentas de ti?
-¿De mi?- Preguntó Abel, dudoso de responder.
-Si; ya sé que eres nutriólogo, te gusta la papiroflexia, el deporte y también que escribes poesía -muy linda por cierto-. Pero quisiera saber todo de ti para conocerte mejor.
-Ah... bueno, tú dime, qué quieres saber.
-No lo sé, ¿eres casado? ¿tienes hijos? ¿hay algo que deba saber antes de andar contigo? Quiero saberlo todo.
-Uhm... no, no tengo hijos ni estoy casado. Y puede que si debas saber algo de mí...
Entonces, Abel desviando la mirada al suelo perdió la noción espacio-temporal por un instante. Su expresión cambió drásticamente mientras pensaba cómo decir o contar tan enorme error que, como si se encontrara hacia abajo; observaba detenidamente el terreno.

Llegaba a su memoria la escena de dos jovenes sentados en la banqueta, platicaban tan distantes... la jovencita de cabello negro parecía dominar la discusión, mientras el joven como perro arrepentido, luchaba para no llorar frente a ella.
"Dices que me amas, pero eso que pasó demuestra todo menos amor. Disculpame Abel pero nada cambiará mi desición, no voy a volver".
"Ya no, te amo Abel... pero no puedo vivir con esto".

Y de nuevo cambiando el enfoque, esta vez miró hacia enfrente... perdiendo su mirada en el campo de columpios. Recordó a una jovencita de edad similar a la anterior, era de piel blanca y cabello castaño claro. Sin embargo, su belleza era interrumpida por un aspecto serio y decepcionado, el cual asustaba y desesperaba a un joven demacrado de tanto llanto, sin afeitar y marcado por las huellas de una terrible depresión.
"-Lo que pasó no es de amor...
-Lo sé... entonces... ¿somos amigos?
-No, solo conocidos..."

-Pues... dime, pienso que es mejor conocer completamente a la persona que va a ser tu pareja- Comentó Alejandra, notando la distracción de Abel.
-No creo que quieras saberlo. Osea... tarde o temprano lo sabrás, pero no es la idea decirtelo ahora.
-¿Por qué no?
-Quizás sea lo mejor que lo descubras... y la verdad todavía no es momento, ya luego tú decidirás si es bueno o malo.
-Anda cuentame, yo ya te he contado mi pasado y no tengo por qué juzgarte tampoco...

A pesar de las palabras de aliento, Abel solo pensaba en cómo evadir la situación, que lo ponía cada vez más incómodo.
-Mejor cuentame de ti, y si te portas bien te cuento, ¿vale?- Decía Abel, después de unos segundos de silencio que rompió con una sonrisa.

Alejandra cayó rendida y dio un beso al joven a su lado.
-Pues tú solo debes saber lo que te comenté en la carta. Eso fue hace un tiempo...

*Flashback*

Era una tarde calurosa, típica de la ciudad de México en los suburbios. El reloj de los negocios cercanos al periférico marcaban las 14:20 hrs.

Y entre las calles nombradas por números, se miraban a los jovenes saliendo de clases. Algunos esperando en congregaciones y otros caminando de vuelta a casa, no faltaban las parejitas en uniforme escolar que adornaban el barrio de la ciudad. Pero entre todos ellos, se notaba la presencia de dos chiquillas con el uniforme de la secundaria técnica, pues iban corriendo para después entrar a una vieja puerta de aluminio color verde.

-Bueno ya, dime qué es eso tan importante que tenías que contarme, ¿es sobre Daniel?- Preguntaba ansiosa Lucero, una jovencita de cabello oscuro a los hombros. Su tez era clara y su mejilla derecha era adornada por un hoyuelo bien remarcado al sonreír.
-No te lo imaginas- Contestaba sonriente la otra jovencita, su tez era morena y su cabello al natural era castaño. La caracterizaba un par de labios rojizos que cuando sonreía, dejaba asomar unos dientes como collar de perlas. En pocas palabras: una sonrisa peculiarmente cautivadora.
-¿Qué? Alejandra ya dime por favor.
-Estoy embarazada.
Al escuchar esto, Andrea ahogó un grito de sorpresa con las manos y abrazó a su amiga.
-¿De verdad?.
-Si, es verdad, pero eso no es todo vengo a pedirte un favor.
-Faltaba menos amiga, ¿en qué puedo ayudarte?
-¿Recuerdas que cuando tuviste a tu bebé, te mataban los dolores? Pues quiero...
-Ah, no te preocupes- Interrumpió Andrea. -Dejame calentar el té, es maravilloso, a mi me ayudó bastante.
-Eso era... te lo agradecería Luz.
-¿Y qué te dijo Daniel cuando le contaste?
-Me va a responder, no se lo tomó a mal- Contestaba emocionada Lourdes, aunque esa emoción no era tan grande para disfrazar toda la infelicidad que le causaba el recuerdo de lo mal que la trataba su novio Daniel. -Se lo conté ayer y parece que esta vez sí va a cambiar todo entre nosotros.
-¿Enserio amiga? ¡Qué bien, ahora si felicidades!
-Gracias Luz, espero que todo sea mejor ahora.
Pasaron los minutos de conversación, cuando el sonido del hervor interrumpió.
-Perdón, ya está a lo que veniste... acá está; es para el cólico- Dijo Lucero, después de servir el té en una pequeña taza y endulzarlo con azúcar.
-¿Estás segura?
-Sí, a mi me resultó, incluso durante mi regla.

*Dos semanas después*

En las calles del barrio ya comenzaba a ponerse el sol, nadie caminaba y el asfalto solo era acompañado por dos siluetas jovenes. Sus sombras se prolongaban varios metros a lo largo. La joven, con lágrimas en los ojos, intentaba explicar algo a su novio, Daniel.

-Tengo que decirte algo...
-¿Qué pasó? ¿cómo sigue mi hijo?
-De eso quiero hablarte...- Dijo cortante Alejandra, tomando aire y cortando el llanto.
-No me espantes Alejandra, ¿qué pasó?
-¿Te acuerdas de Lucero?
-Si, ¿qué con ella?
-Pues...- dejando escapar un suspiro, procedió Alejandra a explicar, -¿recuerdas mis dolores? Le pedí de favor a Lucero que me ayudara con eso, me dio un té...
-No querrás decir que...
-Yo... me tomé ese remedio que me dio Lucero y...
Al escuchar esto, el rostro de Daniel se transformó completamente, su semblante paciente cambió a su típico carácter agresivo.
-¡Estúpida! No me digas que fue por eso que lo perdiste o te...
-¡No quería hacerlo! - replicó la jovencita entre sollozos y lágrimas, ya alzando la voz.
-No me toques... ¡eres una asesina!
-Perdóname - decía mientras rompía el llanto... llanto que ya no dejó explicar más al joven Daniel que se retiraba maldiciendo entre dientes.

*/Flashback*

-Quizás yo tuve la culpa porque no le expliqué bien, pero después de eso comenzó a tratarme muy mal y a humillarme. Tampoco quería eso...
Abel guardó silencio un momento, como pensando qué decir. No estaba acostumbrado a estas situaciones y era la primera vez que se encontraba en una.
-No sé qué decirte...
-Está bien si quieres escapar ahora, no te culpo.

El rostro de Abel guardaba una paciencia increíble. Su expresión pasó a ser dulce y comprensiva, con el alma demasiado blanda y una serie de sentimientos encontrados. Miraba hacia enfrente y no al rostro de Alejandra, quien si miraba a él; esperando respuesta.
-No voy a escapar- Dijo por fin Abel, sin dejar de mirar el horizonte.
-Estoy pagando el precio de mis errores, pero por algo creo que Dios te puso en mi camino.
-Dios, ¿eh?; ¿lees la biblia?
-Soy cristiana.
-Yo soy católico... pero bueno, ¿has leído la parábola de los dos deudores?
-No la recuerdo.

Abel entonces tomó aire, enderezando la espalda y recargándose en la banca metálica:
-Eran dos deudores, los cuales debían dinero a un gran señor. El primero debía un denario y el otro debía diez. Al final el hombre perdonó ambas deudas. ¿Cuál de los dos estará más agradecido?
-¿Ambos?- Contestó dudosa Alejandra.
-La verdad estará más agradecido el que debía diez denarios, pues cuando más se debe y se perdona, más agradecido se estará. Esta vez los denarios son errores y pecados... Dios nos perdona si nos arrepentimos de todo corazón, y obviamente un gran pecador arrepentido siempre estará más agradecido.
-Tienes razón...- Alejandra sonreía, de nuevo mostrando esa sonrisa tan suya.

Abel calló un momento, de nuevo mirando a sus errores del pasado. Como si todas las buenas y malas desiciones, lo hubieran llevado hasta ese momento. Y sin embargo, agradecido estaba nuevamente, por tal sinceridad.

-Solamente...- Contestó Abel, amablemente, acariciando nuevamente su mejilla -... déjate amar- completaba, escapando de un momento sin respuesta.
Al escuchar estas palabras, Alejandra agachó la mirada y cerrando los ojos, afirmó con la cabeza. Dudosa, abrazó por el cuello a Abel y se acercó para besarlo.

Pero el beso era diferente, todo parecía igual. Hasta que la presión en sus labios parecía aumentar en fuerza, el aire le hacía falta y no podía respirar. Alejandra abrió los ojos e intentó separarse de Abel, él parecía no percibirlo... seguía besándola igual que siempre.

Un minuto después todo era blanco, y cuando comenzó a aclararse todo, reveló algo demasiado curioso...