domingo, 29 de enero de 2012

Amor psiquiátrico (Parte 18) - Una cita de cuatro.

Miércoles 16 de marzo
Plaza de flores
12:55 hrs.

El pavimento oscuro cubría la gigantesca avenida sin fin, el anillo periférico de la gran ciudad. Un puente que atravesaba ambos sentidos de la carretera y enmedio, el paso pantanoso de cañaverales y humedales que le daban un peculiar atractivo al sitio a pesar de su urbanización. La subida al puente era en escalera, aunque se podía acceder a él por una rampa en espiral que le daba un toque curioso.

Por el enorme puente caminaba ya la espiral descendiente, un joven de complexión delgada. Vestía una camiseta color azul oscuro y unos jeans. Sus tenis converse ya lucían algo desgastados por los años. Su peinado peculiar revelaba su identidad. Las manos en los bolsillos acompañaban un celular y una billetera con lo necesario para pasar una buena tarde.

Se acercaba al final del puente cuando sacó del bolsillo su celular y procedió a marcar un número guardado en la memoria. Marcó un par de veces y desistió cuando nadie respondió.

-Me pregunto si será lo correcto...- Se preguntaba aquel joven con la mirada ansiosa.
-Hazte como el que no me viste, ¿eh?- Interrumpía una voz femenina conocida.

Volteaba Abel, en dirección al origen de aquella voz. Divisó llegando al mismo lugar a la jovencita de tez morena y labios rojizos, su cabello pelirrojo recogido por una diadema color café y en el rostro una sonrisa juguetona. Iba vestida con unos jeans ajustados y una blusa de manga corta color salmón. Caminaba hacia el joven aún con su celular en la mano, quien ya procedía a guardarlo de vuelta en el bolsillo.

No venía sola, a su derecha una mujer de edad mediana la acompañaba. Tenía complexión robusta y una cicatriz en la mejilla derecha, que le daba un toque severo. Vestía falda larga color café y una blusa holgada color salmón.

Así también, venía caminando de su lado izquierdo una chica que parecía de menor edad que la jovencita pelirroja. Su cabello corto color negro estaba bien recogido por una peineta. Vestía blusa color negro y manga larga con jeans ajustados y zapatillas negras. Su tez era más clara que las otras dos mujeres, pero sin dejar de ser morena. Y lucía el mismo semblante severo.

Eran Alejandra, su madre y su hermana; quienes se aproximaban hacia Abel.

-Hola Abel, ¿no nos viste?
-No... disculpa- Abel se puso nervioso, quien además buscaba las palabras adecuadas para cuestionar sobre las otras dos presencias, y sin embargo, su mirada de duda lo delató.
-Ah... disculpa,- dijo Alejandra, entendiendo la mirada de Abel, -quería venir sola, pero por indicaciones médicas no puedo salir sin compañía.
-Así es joven, sé que es una cita de dos pero no podemos arriesgarnos- Decía la señora mayor, quien a pesar de decir palabras serias, su voz era amable y cálida.

"Creo que habrá cambio de planes..." pensaba Abel, sin poder evitar sentirse un poco frustrado por la compañía inesperada.

-No se preocupe señora, yo entiendo.

Prosiguieron a caminar los cuatro por la plaza llena de plantas. El aroma a hierba y humedad refrescante inundaba el aire, así como la conversación entre Abel y la señora tocando la situación de la pequeña Alejandra. La madre y el joven conversaban amenamente, revelando una simpatía casi inmediata. El papel de madre esforzada le quedaba muy bien a la señora de estatura baja y vestir reservado, incluso para el calor inundante de aquella tarde de marzo.

De un momento a otro, entre repetidos "yo le dije a Ale" de la preocupada madre, la protagonista de la plática replicó.

-Disculpa mamá... pero era mi cita, y parece que es tuya.
-Ay hija, perdón pero como estabas tan callada...- Replicó la madre. -Yo me adelanto con Coral, tú platica con el muchacho un rato.
-Me parece lo adecuado...- completó Abel, tomando el paso de su compañera.

Dicho esto, la señora tomó de la mano a la otra jovencita y tomó la delantera en la caminata. Era la primera vez que Abel y Alejandra conversaban de frente y sin obstáculos, sin un uniforme de paciente, sin una bata blanca... al principio parecía raro e incómodo. Pero después de un par de segundos en silencio, Alejandra se atrevió a hablar.

-¿Y qué piensas sobre lo que te dije en la carta?.

Abel con los pulgares en los bolsillos y la mirada clavada al frente, tomó un respiro y levantó los ojos al cielo menguado por las lonas que protegían del sol.

-¿Me creerías si te dijera que ya lo sabía?
-¿Cómo?- Preguntó Alejandra, sorprendida.
-Tus ojos... dicen muchas cosas.

Abel entonces se detuvo para contemplar a los ojos a su compañera. Al mirar que Alejandra también se detuvo un instante, acarició su mejilla, caricia idéntica a la de aquella vez en el pabellón; y esta vez Alejandra no retiró su mano asustada... esta vez Abel se tomó su tiempo para recorrer su mejilla juvenil y suave al tacto. No había quien pudiera quitarle ese momento, era suyo.

-Esta vez no hay enfermeras, ¿verdad?- Dijo Abel mirando a Alejandra a los ojos, ella solo correspondía a su mirada... y en ese momento, el joven llevó la mano a la nuca de la jovencita y la besó la frente; después siguieron caminando para evitar perder a las otras dos mujeres.

La caminata continuó unos cinco minutos más, la plática tomó un giro total de la situación sentimental y emocional de Alejandra, a las ocurrencias de las pacientes. Como la vez en que a Cristal le llenaron los zapatos y el cabello de pasta dental, y la vez en que su amiga "Yuya" intentó robarle un beso a su psicólogo. Ya no había malos recuerdos... solo risas.

-Esperen aquí, vamos a entrar a ver- Dijo de repente la señora, antes de entrar a un local de objetos de cerámica con su otra hija, que desde su llegada no había dicho una sola palabra.
-Si, no se preocupe yo se la cuido- Contestó sonriente pero firme Abel, abrazando a Alejandra al referirse a ella.

Ambas mujeres entraron al local, Alejandra y Abel se quedaron otra vez solos y frente a frente.

Ambos se miraron a los ojos, y como era costumbre; Alejandra avergonzada dirigía su mirada al suelo. Unos segundos después miró a su compañero con esa expresión juntando los labios de cuando no tenía nada que decir.

-Si mi madre no estuviera aquí, ya te hubiera robado un beso- Dijo Alejandra después de un par de segundos, mientras afirmaba levemente con la cabeza..

Sin meter las manos, Abel se aproximó firme y seguro al rostro de Alejandra, quien apenas tuvo tiempo para cerrar los ojos. El hizo lo mismo mientras aprisionaba el labio inferior entre los de él y comenzó a besarla tiernamente. Fue así durante unos pocos segundos, para luego retirarse.

Alejandra aún con los ojos cerrados, inhaló aire entre sus labios rojos. Y una vez abiertos los ojos procedió a acercarse, esta vez ella; al rostro de su supervisor.

-Eh... no- Dijo Abel, mientras se retiraba hacia atras con una sonrisa, -tú dijiste que me ibas a robar un beso, no que me lo ibas a dar.
-Ah... malvado- Alejandra cambió su expresión sorpresiva por una linda sonrisa. -Te lo voy a robar, vas a ver.

Justo a tiempo, salían del local Coral y su madre. Inmediatamente Alejandra se acercó a ellas.

-Mamá, voy con Luis a caminar por el otro pasillo, los alcanzamos en la otra esquina.
-Ok, solo no se me pierdan.

Caminaron Abel y Alejandra por un pasillo paralelo al que se encontraban, y una vez perdidos de vista; Alejandra tomó la mano de Abel.

-Ven aquí- dijo la pequeña, intentando nuevamente besar al muchacho, quien oportunamente logró esquivar juguetonamente eso que tanto anhelaba por dentro.
-Mira, se cayó un niño- Volvió a decir.

Abel volteó sin quitar la vista de Alejandra, sabiendo sus intenciones. Hecho esto, Alejandra intentó nuevamente besar al joven, quien nuevamente evadió el beso.

-¡Ah no! esta vez no te me escapas- Exclamaba Alejandra tomando del rostro a Abel y dandole un beso aún más profundo. Esta vez eran sus labios rojísimos los que jugaban con los del joven supervisor, quien se perdió en esa manera tan particular de besar. Un beso tan pasional y amoroso que perdieron la cuenta del tiempo que les quedaba de privacidad.

-Yo también sé jugar, ¿sabías?- Dijo Alejandra una vez terminado el beso, para luego rozar sus labios con los de Abel y alejarse pícaramente.

-¿Ah si? Pues esta vez ahora tú no te me escapas- Respondió Abel, esta vez tomando del rostro a su enamorada y besandola profundamente otra vez.

Presionados por el tiempo, caminaron de la mano hasta la siguiente esquina, donde se divisaba un pequeño parquecito con juegos y una banca enmedio.

-Ahora venimos Ale, vamos a buscar plantas- Dijo la señora a la pequeña alejándose de la pareja, ya habiendose soltado las manos por precaución.

Aún recordando el momento, se dirigieron sin planearlo, a una pequeña banca para dos.

-Abel... quiero que platiquemos de nosotros- Decía Alejandra tomando asiento en la banca central y mirando a los ojos a Abel.
-Claro.



Sin uniformes que encadenan... la joven pareja descansaba para conversar en ese romántico parque.

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