Viernes 11 de marzo
13:55 hrs
Cocineta de UAM
"¿Pero qué rayos... le sucedió? ¿Cristal y yo?... lástima que no me deje ni explicárselo".
Abel descansaba sobre la enorme mesa con las manos en los bolsillos cuando las pacientes se acercaron a dejar sus charolas vacías o semivacías. Su corazón exaltado se encontraba ansioso de platicar con la jovencita que le había robado el corazón. Y entonces ahí estaba: El sueter esta vez puesto en su lugar y el cabello rojizo peinado sofisticadamente -considerando que no había precisamente estilistas profesionales-, los ojos clavados hacia la charola ya vacía y rastros de lágrimas en las mejillas. Abel se acercó casi instantáneamente, y se tragó el aire exhalado para hablar cuando miró a la cocinera Mónica recoger las charolas de la ventana. Alejandra ni siquiera le dedicó una mirada, solamente dejó escapar un cortante "gracias".
¿Será que ya había hablado Paulina con ella? estaba diferente, pero él solamente quería una sonrisa de Alejandra. Juguetón, no le quitó de encima la mirada. Alejandra ya se encontraba sentada con sus compañeras en la mesa circular con el rostro contra sus brazos y agachada. Tarde o temprano, por curiosidad o incomodidad; tendría que voltear a mirarlo, aunque sea por un instante.
Y así fue: Alejandra levantó levemente su rostro para mirar a Abel, sus ojos lo contemplaron unos segundos y sin hacer expresión alguna, volvió a agacharse. En cambio, del rostro de Abel; esta vez salía una sonrisa traviesa, como si se tratara de un juego de miradas, como el que solían jugar todas las tardes.
Y nuevamente Alejandra miró al chico de la bata, esta vez alentada por unas palabras al oído que le susurraba Paulina. El resto de las niñas parecía captar el juego, mientras Abel no quitaba de encima su tierna mirada de la jovencita de cabello rojizo.
Guadalupe sonreía como nunca lo había hecho, mientras Paulina y Gabriela arengaban a Alejandra a hacer a un lado su orgullo. Y con un poco de esfuerzo así fue: Alejandra miró fijamente a Abel en la distancia de la mesa a la cocina, recargó su rostro en su mano izquierda y dijo para sí misma unas palabras, esperando que su supervisor pudiera leer los rojizos labios que morían por besarlo.
"Me gustas mucho"
Abel deslizó aún más su sonrisa, para después dar un beso al aire dedicado a la pequeña; quien sonrojada, no pudo evitar agachar la cabeza otra vez, pero esta vez de vergüenza. Mientras, Paulina sonreía a Abel, como una manera de gritar "bien hecho".
Los minutos pasaron y Alejandra, sin voltear a ver a Abel, se levantó de la mesa para correr hacia el interior del pabellón.
-Ahora vuelvo Mónica, voy a pedir el nuevo censo de pacientes.- Decía Abel a la cocinera, con intenciones de esta vez ir más allá.
Sin respuesta, Abel tomó como escudo la libreta color rosa de los registros de comidas y caminaba hacia el interior una vez cruzando la puerta. Llegó a la mesa de enfermería donde descansaba Alejandra y la enfermera Lolita, a quien se refirió.
-Hola enfermera, ¿todo bien? -Preguntó rutinariamente el joven.
-Sí joven, todo bien, gracias.
-La libreta, por favor.-Continuó Abel extendiendo la libreta, sin dejar de mirar a Alejandra, quien también lo miraba con una alegre sonrisa.
-Claro que si.
-¿Puedo pasar a hacer el censo?
-Claro, el kárdex está en la barra, toma asiento donde gustes.
Inmediatamente tomó Abel el enorme kárdex y tomó asiento en un pequeño escritorio, oculto junto a una ventana, y procedió a hacer su trabajo. Las enfermeras se encontraban dispersas por el pabellón haciendo su trabajo. Y así siguió el joven: hoja por hoja, cada hoja una paciente y solo para verificar que cada niña siguiera registrada ahí.
Nombre: Lourdes Alejandra Reyes Sánchez
Edad: 16 años
Dx: Episodio Depresivo Moderado
Dieta: Normal sin irritantes
Cuidados de enfermería: Vigilar continuamente por riesgo de suicidio, liderazgo y alianzas negativas.
Era la primera vez que Abel frenaba su vista en la hoja de enfermería de su pequeña enamorada. Miles de preguntas pasaron por su cabeza, sin atreverse a dar respuesta a cada una de ellas. No hubo tiempo para pensar, pues de pronto sintió que alguien le picaba las costillas, y al voltear... no era nadie. Como por instinto, su mirada intentó buscar más allá de la esquina donde comenzaban los dormitorios, era un área desconocida para él...
-No puede pasar nada si entro, ¿o si...? -Pensó el joven, quien ya se levantaba disimuladamente hacia los pequeños cubículos. Eran más parecidos a camas de enfermos, algunas junto a aparatos que le recordaban a contenedores de sueros. ¡Y hasta bolsas usadas para nutrición por sonda!
-Hola -Dijo de pronto una voz a sus espaldas, oculta entre un pequeño biombo azul, era Alejandra.
-¿Eh? Hola...-Respondió el saludo Abel, quien al ver a la jovencita se sobresaltó de sorpresa. Aún así, hizo lo posible para ocultar su emoción.
-Gracias por venir -Decía la pequeña, mientras sostenía en su boca un vaso de agua.
-¿Te dejan meter el vaso acá?
-Si, no hay problema.
Abel solamente sonrió, durante un momento todo fue silencio, emoción por verse tan cerca aunque sea por unos segundos. Sus ojos se clavaron en los de la jovencita, quien respondió con un ligero rubor en el rostro y mostrando una hermosa sonrisa a traves del vaso de plástico. Algo invadía su mente, era la adrenalina liberada por tan emocionante y prohibida situación, era amor...
Abel profundizó más en su mirada, como se clava un cuchillo en la mantequilla.
-Te he extrañado, perdón por lo de hace rato.
El joven llevó su mano derecha a la nuca, y con una sonrisa contestó.
-No te preocupes.
Dicho esto, un latido en su corazón empujó su mano a acariciar la mejilla izquierda de la pequeña Alejandra; quien al sentir la mano cálida de "su príncipe", no pudo ocultar la emoción, mezclada con miedo. Tomó al instante la mano de Abel y la apretó para retirarla.
-No por favor, nos pueden ver.
-No me importa ya-Contestó Abel, oponiendo una débil resistencia a ser retirado de aquella escena.
-Enserio, por favor, pueden vernos y nos va ir muy mal -Contestaba Alejandra, con miedo que ocultaba la emoción del momento.
-Tienes razón... te veo el lunes entonces, ¿vale?
-Si, de todos modos el martes ya salgo.
-¿Enserio?
-Si, eso dijo mi médico.
-Bueno, tengo que irme ya.
-Cuidate, que tengas un lindo día.
Las manos de ambos no se separaron ni un segundo de la conversación, hasta que fue el momento de la despedida, cuando se deslizaron hasta el último dedo para no terminar con ese momento. El corazón estaba a cien por hora, la felicidad era evidente, el amor estaba en sus ojos... y un alta médica sería la razón de su felicidad la próxima semana.
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