Miércoles 16 de marzo
Plaza de flores
12:55 hrs.
El pavimento oscuro cubría la gigantesca avenida sin fin, el anillo periférico de la gran ciudad. Un puente que atravesaba ambos sentidos de la carretera y enmedio, el paso pantanoso de cañaverales y humedales que le daban un peculiar atractivo al sitio a pesar de su urbanización. La subida al puente era en escalera, aunque se podía acceder a él por una rampa en espiral que le daba un toque curioso.
Por el enorme puente caminaba ya la espiral descendiente, un joven de complexión delgada. Vestía una camiseta color azul oscuro y unos jeans. Sus tenis converse ya lucían algo desgastados por los años. Su peinado peculiar revelaba su identidad. Las manos en los bolsillos acompañaban un celular y una billetera con lo necesario para pasar una buena tarde.
Se acercaba al final del puente cuando sacó del bolsillo su celular y procedió a marcar un número guardado en la memoria. Marcó un par de veces y desistió cuando nadie respondió.
-Me pregunto si será lo correcto...- Se preguntaba aquel joven con la mirada ansiosa.
-Hazte como el que no me viste, ¿eh?- Interrumpía una voz femenina conocida.
Volteaba Abel, en dirección al origen de aquella voz. Divisó llegando al mismo lugar a la jovencita de tez morena y labios rojizos, su cabello pelirrojo recogido por una diadema color café y en el rostro una sonrisa juguetona. Iba vestida con unos jeans ajustados y una blusa de manga corta color salmón. Caminaba hacia el joven aún con su celular en la mano, quien ya procedía a guardarlo de vuelta en el bolsillo.
No venía sola, a su derecha una mujer de edad mediana la acompañaba. Tenía complexión robusta y una cicatriz en la mejilla derecha, que le daba un toque severo. Vestía falda larga color café y una blusa holgada color salmón.
Así también, venía caminando de su lado izquierdo una chica que parecía de menor edad que la jovencita pelirroja. Su cabello corto color negro estaba bien recogido por una peineta. Vestía blusa color negro y manga larga con jeans ajustados y zapatillas negras. Su tez era más clara que las otras dos mujeres, pero sin dejar de ser morena. Y lucía el mismo semblante severo.
Eran Alejandra, su madre y su hermana; quienes se aproximaban hacia Abel.
-Hola Abel, ¿no nos viste?
-No... disculpa- Abel se puso nervioso, quien además buscaba las palabras adecuadas para cuestionar sobre las otras dos presencias, y sin embargo, su mirada de duda lo delató.
-Ah... disculpa,- dijo Alejandra, entendiendo la mirada de Abel, -quería venir sola, pero por indicaciones médicas no puedo salir sin compañía.
-Así es joven, sé que es una cita de dos pero no podemos arriesgarnos- Decía la señora mayor, quien a pesar de decir palabras serias, su voz era amable y cálida.
"Creo que habrá cambio de planes..." pensaba Abel, sin poder evitar sentirse un poco frustrado por la compañía inesperada.
-No se preocupe señora, yo entiendo.
Prosiguieron a caminar los cuatro por la plaza llena de plantas. El aroma a hierba y humedad refrescante inundaba el aire, así como la conversación entre Abel y la señora tocando la situación de la pequeña Alejandra. La madre y el joven conversaban amenamente, revelando una simpatía casi inmediata. El papel de madre esforzada le quedaba muy bien a la señora de estatura baja y vestir reservado, incluso para el calor inundante de aquella tarde de marzo.
De un momento a otro, entre repetidos "yo le dije a Ale" de la preocupada madre, la protagonista de la plática replicó.
-Disculpa mamá... pero era mi cita, y parece que es tuya.
-Ay hija, perdón pero como estabas tan callada...- Replicó la madre. -Yo me adelanto con Coral, tú platica con el muchacho un rato.
-Me parece lo adecuado...- completó Abel, tomando el paso de su compañera.
Dicho esto, la señora tomó de la mano a la otra jovencita y tomó la delantera en la caminata. Era la primera vez que Abel y Alejandra conversaban de frente y sin obstáculos, sin un uniforme de paciente, sin una bata blanca... al principio parecía raro e incómodo. Pero después de un par de segundos en silencio, Alejandra se atrevió a hablar.
-¿Y qué piensas sobre lo que te dije en la carta?.
Abel con los pulgares en los bolsillos y la mirada clavada al frente, tomó un respiro y levantó los ojos al cielo menguado por las lonas que protegían del sol.
-¿Me creerías si te dijera que ya lo sabía?
-¿Cómo?- Preguntó Alejandra, sorprendida.
-Tus ojos... dicen muchas cosas.
Abel entonces se detuvo para contemplar a los ojos a su compañera. Al mirar que Alejandra también se detuvo un instante, acarició su mejilla, caricia idéntica a la de aquella vez en el pabellón; y esta vez Alejandra no retiró su mano asustada... esta vez Abel se tomó su tiempo para recorrer su mejilla juvenil y suave al tacto. No había quien pudiera quitarle ese momento, era suyo.
-Esta vez no hay enfermeras, ¿verdad?- Dijo Abel mirando a Alejandra a los ojos, ella solo correspondía a su mirada... y en ese momento, el joven llevó la mano a la nuca de la jovencita y la besó la frente; después siguieron caminando para evitar perder a las otras dos mujeres.
La caminata continuó unos cinco minutos más, la plática tomó un giro total de la situación sentimental y emocional de Alejandra, a las ocurrencias de las pacientes. Como la vez en que a Cristal le llenaron los zapatos y el cabello de pasta dental, y la vez en que su amiga "Yuya" intentó robarle un beso a su psicólogo. Ya no había malos recuerdos... solo risas.
-Esperen aquí, vamos a entrar a ver- Dijo de repente la señora, antes de entrar a un local de objetos de cerámica con su otra hija, que desde su llegada no había dicho una sola palabra.
-Si, no se preocupe yo se la cuido- Contestó sonriente pero firme Abel, abrazando a Alejandra al referirse a ella.
Ambas mujeres entraron al local, Alejandra y Abel se quedaron otra vez solos y frente a frente.
Ambos se miraron a los ojos, y como era costumbre; Alejandra avergonzada dirigía su mirada al suelo. Unos segundos después miró a su compañero con esa expresión juntando los labios de cuando no tenía nada que decir.
-Si mi madre no estuviera aquí, ya te hubiera robado un beso- Dijo Alejandra después de un par de segundos, mientras afirmaba levemente con la cabeza..
Sin meter las manos, Abel se aproximó firme y seguro al rostro de Alejandra, quien apenas tuvo tiempo para cerrar los ojos. El hizo lo mismo mientras aprisionaba el labio inferior entre los de él y comenzó a besarla tiernamente. Fue así durante unos pocos segundos, para luego retirarse.
Alejandra aún con los ojos cerrados, inhaló aire entre sus labios rojos. Y una vez abiertos los ojos procedió a acercarse, esta vez ella; al rostro de su supervisor.
-Eh... no- Dijo Abel, mientras se retiraba hacia atras con una sonrisa, -tú dijiste que me ibas a robar un beso, no que me lo ibas a dar.
-Ah... malvado- Alejandra cambió su expresión sorpresiva por una linda sonrisa. -Te lo voy a robar, vas a ver.
Justo a tiempo, salían del local Coral y su madre. Inmediatamente Alejandra se acercó a ellas.
-Mamá, voy con Luis a caminar por el otro pasillo, los alcanzamos en la otra esquina.
-Ok, solo no se me pierdan.
Caminaron Abel y Alejandra por un pasillo paralelo al que se encontraban, y una vez perdidos de vista; Alejandra tomó la mano de Abel.
-Ven aquí- dijo la pequeña, intentando nuevamente besar al muchacho, quien oportunamente logró esquivar juguetonamente eso que tanto anhelaba por dentro.
-Mira, se cayó un niño- Volvió a decir.
Abel volteó sin quitar la vista de Alejandra, sabiendo sus intenciones. Hecho esto, Alejandra intentó nuevamente besar al joven, quien nuevamente evadió el beso.
-¡Ah no! esta vez no te me escapas- Exclamaba Alejandra tomando del rostro a Abel y dandole un beso aún más profundo. Esta vez eran sus labios rojísimos los que jugaban con los del joven supervisor, quien se perdió en esa manera tan particular de besar. Un beso tan pasional y amoroso que perdieron la cuenta del tiempo que les quedaba de privacidad.
-Yo también sé jugar, ¿sabías?- Dijo Alejandra una vez terminado el beso, para luego rozar sus labios con los de Abel y alejarse pícaramente.
-¿Ah si? Pues esta vez ahora tú no te me escapas- Respondió Abel, esta vez tomando del rostro a su enamorada y besandola profundamente otra vez.
Presionados por el tiempo, caminaron de la mano hasta la siguiente esquina, donde se divisaba un pequeño parquecito con juegos y una banca enmedio.
-Ahora venimos Ale, vamos a buscar plantas- Dijo la señora a la pequeña alejándose de la pareja, ya habiendose soltado las manos por precaución.
Aún recordando el momento, se dirigieron sin planearlo, a una pequeña banca para dos.
-Abel... quiero que platiquemos de nosotros- Decía Alejandra tomando asiento en la banca central y mirando a los ojos a Abel.
-Claro.
Sin uniformes que encadenan... la joven pareja descansaba para conversar en ese romántico parque.
Blog personal con poesía y reflexiones, algunas un poco impactantes pero necesarias.
domingo, 29 de enero de 2012
sábado, 28 de enero de 2012
Amor psiquiátrico (Parte 17) - El precio del amor
Martes 15 de marzo
14: 22 hrs
Cocica central
-¿Entonces mañana la vas a ver?
-Si Lupita, espero no regarla...
-Bueno niño... ya me contarás como te fue, mucha suerte.
-De acuerdo, gracias.
La plática era amena entre Abel y Lupita, cocinera y amiga de Maricela, por lo tanto amiga de Abel también. Al igual que Maricela, Lupita era una señora muy simpática, sonriente y bromista; acostumbraba jugar con todos los de la cocina.
-Tengo que irme Lupita, al ratito vengo.
-¡Adios Abel! -Exclamó Lupita con acento musical.
Iba ya saliendo el joven del área de lavado de loza, cuando mira esperando a una señora con chaleco azul y de edad mayor. Era Lolita, quien esperaba como siempre a que la atendieran personalmente.
-Hola Lolita, ¿en qué puedo ayudarle?
-Hola, pues vengo por dos cosas: Mis comidas y a dejarte un regalo.
-¿Un regalo? -Preguntó Abel, mirando al suelo y congelando de expresiones su rostro para no levantar sospecha alguna. -¿de parte de quién?
-Ay, no te hagas... -Murmura bromista la enfermera -Ya sabes, "Lourdes".
Lolita hablaba como si supiera algo acerca de ellos dos, sin embargo Abel no podía darse el lujo de decir una estupidez. Su alegría fue disimulada por su expresión seca y fría ayudándolo el cubrebocas que colgaba de su cuello. Mientras Lolita le mostraba una bolsa de plástico que unos segundos después entregó.
-Gracias Lolita, ¿y de qué van a ser sus comidas?
-Tú mandame lo que alcancemos, van a ser tres por favor.
-De acuerdo, y muchas gracias -Al decir esto, Abel ya tenía una expresión más alegre, como quien retiene un sentimiento y más tarde lo deja salir.
Llevó, pues; la bolsa a la oficina, aún no había nadie. Procedió a abrirla... era una figura de yeso pintada de manera super detallada. Un hombre enmascarado y vestido de azul y rojo en cuclillas sobre una pequeña barda de ladrillos sobre la que se leía la leyenda "Spiderman". Definitivamente el detalle más lindo desde que Alejandra se había hospitalizado. Con cuidado, Abel regresó el regalo de su pequeña admiradora a la bolsa y lo guardó de las miradas indiscretas.
-¡Abel! Alguien te busca -Se escuchó de repente la voz que retumbaba en la pequeña oficina, era una cocinera que anunciaba la llegada de Sonia, su jefa directa.
-¿Sonia? ¿que no se supone que ya se fue...? -Pensó Abel en voz alta.
-Hola Abel, tenemos que hablar -Dijo Sonia con tono serio, mientras entraba en la oficina y cerraba cuidadosamente las puertas.
-Si Sonia, dime.
-Toma asiento.
-Vale, ¿qué pasa?
-¿A donde pensabas ir mañana?
-Mañana... -Al escuchar la pregunta, Abel se sintió algo incómodo, sabía que era contraproducente lo que tenía en mente... -a un concierto de jazz con mi hermano, ¿por qué?
-¿Seguro? -Preguntó de nuevo Sonia -¿No vas ir a ver a "alguien"?
-No Sonia... ¿por qué?- Sonia tomó aliento un par de segundos, para luego decir:
-Me dijeron, que "andas" con una paciente.
-¿Qué? -Exclamó Abel, con un nerviosismo inocultable.
-Si, respondeme, ¿tienes una relación con una paciente de acá?
-Ehm... no... -Contestó el joven, intentando mantener la calma.
-Abel dime la verdad.
-Esa es la verdad Sonia, no ando con una paciente...
-¿Seguro? Porque hay pruebas que dicen lo contrario...
Abel sintió morir, en ese momento pasaban por su mente las posibles pruebas, ¿qué sería? ¿la enfermera Lolita declarando en su contra? ¿las cartas que le escribía? No podía ser, esas cartas estaban bien ocultas, y nunca mencionaron su nombre. ¿Qué podría ser?
-¿Qué pruebas...?
-Dice un enfermero que se mandan cartitas en la charola Abel...
-¿Y cómo va a ser eso? es un mismo enfermero quien supervisa la entrega de charolas.
-¿Seguro Abel? No me hagas presionarte por favor.
-¿De qué hablas?
-El enfermero me mostró una carta donde está tu número de celular, y te presentas como "el supervisor de tu mirada".
-El supervisor de tu mirada...- Un hervor subió hasta el rostro de Abel, era su carta, ¿habrá sido que Alejandra lo había delatado? ¿era todo una trampa? No podía ser... todos esos celos, miradas... no podía ser cierto. -No, no me suena...- dijo Abel, pero ya sin la tranquilidad que lo identificaba. -yo ni romántico soy- dijo al final, como manera desesperada de zafarse de aquella situación tan incómoda.
-Pero viene tu número Abel, viene tu dirección también.
-Pues no, yo no sé lo que es eso.
-Hasta la niña dice que mañana será "su gran día", qué curioso que mañana vas a faltar...
-No Sonia, de verdad... no sé a lo que se refiere.
-¿Estás seguro?
-Seguro, si gustas verificamos caligrafía y hablamos con la supuesta niña.
-No Abel no es necesario... -dijo Sonia ya más tranquila, -Me sentí decepcionada, pero confiaré en ti y te defenderé, pero si no puedo olvidate... te dejaré a merced de las autoridades.
-No te preocupes Sonia... -contestó Abel, ya más confiado en la situación; sin embargo la situación era más incómoda, su boca se resecó de nervios y pánico, era inocultable. -Supervisor de tu mirada... ingenioso, pero no.
-Bueno, por ahora escuchame bien- interrumpió Sonia con acento autoritario, la seriedad del asunto regresó a la oficina. -Te creeré, pero debo tomar medidas, estás descendido de rango, YA NO eres nutriólogo clínico, de ahora en adelante te quedarás acá donde pueda verte en la cocina y bajo ninguna circunstancia puedes salir de la oficina.
-... Como digas...- las palabras serenas de Abel ocultaban su verdadera situación: Al escuchar esto, sintió morir. Ocho meses peleó por un lugar en el equipo clínico y ahora había sido arrebatado todo lo que consiguió con mucho trabajo. No podía reprochar nada, tenían razón todas esas acusaciones, y fue su culpa al no haber escuchado las advertencias de su conciencia. No mantuvo la ética y ahora lo pagaba caro.
Silenciosamente, Sonia se retiraba de la oficina y Abel se quedó sentado un momento. A los pocos minutos sonó su celular con un mensaje de un número desconocido que decía:
¿me puedes marcar? Ale
Abel no esperó en hacerlo, salió al baño y marcó al número. Sonó tres veces el tono y una voz femenina le respondió.
-¿Bueno?
-Hola buenas tardes, ¿se encuentra Ale?
-Si, soy yo... pensé que no me llamarías después de lo que te conté en la carta.
-Ya lo leí.
-¿Y qué piensas?
-Quiero salir contigo, no voy a juzgarte.
-Gracias Abel, de verdad valoro esto, esperaba que me aceptaras con todo y mis errores.
-Antes que nada...- interrupió Abel, regresando a la tierra. -le mostraste a alguien mis cartas, ¿verdad?
-¿Por qué?
-Me regañaron y me descendieron de rango, ya no soy nutriólogo de UAM. Dije que no sabía nada pero ya está hecho.
-¿Pero quién te dijo eso?
-Mi jefa, hasta dijo que habías dicho que mañana será tu gran día.
-Ah...- se escuchaba decir a Alejandra, recordando aquel momento, -fue el enfermero Miguel, a él fue al único al que le dije sobre ti.
-¿Le enseñaste la carta?
-Si, perdóname por traerte tantos problemas...
-No te preocupes, lo hecho, hecho está; con todo y esto ya arriesgué, quiero verte mañana.
-¿Puedo verte en el mercado de flores de la plaza?
-Si, si gustas...
-De acuerdo, allá te veo...
-Vale, bye.
No quedaba más qué decir... ni más que arriesgar. Abel estaba fuera del juego. Mañana sería un buen día, pero tampoco podía ocultar ese rencor hacia una persona... el enfermero Miguel. El padre adoptivo, el enfermero juguetón, el amigo de las pacientes... era ahora el responsable de su situación que él mismo había ocasionado.
Como bien se dice... un sentimiento no se puede ocultar, más cuando se trata de "supervisar la mirada" de una dama.
14: 22 hrs
Cocica central
-¿Entonces mañana la vas a ver?
-Si Lupita, espero no regarla...
-Bueno niño... ya me contarás como te fue, mucha suerte.
-De acuerdo, gracias.
La plática era amena entre Abel y Lupita, cocinera y amiga de Maricela, por lo tanto amiga de Abel también. Al igual que Maricela, Lupita era una señora muy simpática, sonriente y bromista; acostumbraba jugar con todos los de la cocina.
-Tengo que irme Lupita, al ratito vengo.
-¡Adios Abel! -Exclamó Lupita con acento musical.
Iba ya saliendo el joven del área de lavado de loza, cuando mira esperando a una señora con chaleco azul y de edad mayor. Era Lolita, quien esperaba como siempre a que la atendieran personalmente.
-Hola Lolita, ¿en qué puedo ayudarle?
-Hola, pues vengo por dos cosas: Mis comidas y a dejarte un regalo.
-¿Un regalo? -Preguntó Abel, mirando al suelo y congelando de expresiones su rostro para no levantar sospecha alguna. -¿de parte de quién?
-Ay, no te hagas... -Murmura bromista la enfermera -Ya sabes, "Lourdes".
Lolita hablaba como si supiera algo acerca de ellos dos, sin embargo Abel no podía darse el lujo de decir una estupidez. Su alegría fue disimulada por su expresión seca y fría ayudándolo el cubrebocas que colgaba de su cuello. Mientras Lolita le mostraba una bolsa de plástico que unos segundos después entregó.
-Gracias Lolita, ¿y de qué van a ser sus comidas?
-Tú mandame lo que alcancemos, van a ser tres por favor.
-De acuerdo, y muchas gracias -Al decir esto, Abel ya tenía una expresión más alegre, como quien retiene un sentimiento y más tarde lo deja salir.
Llevó, pues; la bolsa a la oficina, aún no había nadie. Procedió a abrirla... era una figura de yeso pintada de manera super detallada. Un hombre enmascarado y vestido de azul y rojo en cuclillas sobre una pequeña barda de ladrillos sobre la que se leía la leyenda "Spiderman". Definitivamente el detalle más lindo desde que Alejandra se había hospitalizado. Con cuidado, Abel regresó el regalo de su pequeña admiradora a la bolsa y lo guardó de las miradas indiscretas.
-¡Abel! Alguien te busca -Se escuchó de repente la voz que retumbaba en la pequeña oficina, era una cocinera que anunciaba la llegada de Sonia, su jefa directa.
-¿Sonia? ¿que no se supone que ya se fue...? -Pensó Abel en voz alta.
-Hola Abel, tenemos que hablar -Dijo Sonia con tono serio, mientras entraba en la oficina y cerraba cuidadosamente las puertas.
-Si Sonia, dime.
-Toma asiento.
-Vale, ¿qué pasa?
-¿A donde pensabas ir mañana?
-Mañana... -Al escuchar la pregunta, Abel se sintió algo incómodo, sabía que era contraproducente lo que tenía en mente... -a un concierto de jazz con mi hermano, ¿por qué?
-¿Seguro? -Preguntó de nuevo Sonia -¿No vas ir a ver a "alguien"?
-No Sonia... ¿por qué?- Sonia tomó aliento un par de segundos, para luego decir:
-Me dijeron, que "andas" con una paciente.
-¿Qué? -Exclamó Abel, con un nerviosismo inocultable.
-Si, respondeme, ¿tienes una relación con una paciente de acá?
-Ehm... no... -Contestó el joven, intentando mantener la calma.
-Abel dime la verdad.
-Esa es la verdad Sonia, no ando con una paciente...
-¿Seguro? Porque hay pruebas que dicen lo contrario...
Abel sintió morir, en ese momento pasaban por su mente las posibles pruebas, ¿qué sería? ¿la enfermera Lolita declarando en su contra? ¿las cartas que le escribía? No podía ser, esas cartas estaban bien ocultas, y nunca mencionaron su nombre. ¿Qué podría ser?
-¿Qué pruebas...?
-Dice un enfermero que se mandan cartitas en la charola Abel...
-¿Y cómo va a ser eso? es un mismo enfermero quien supervisa la entrega de charolas.
-¿Seguro Abel? No me hagas presionarte por favor.
-¿De qué hablas?
-El enfermero me mostró una carta donde está tu número de celular, y te presentas como "el supervisor de tu mirada".
-El supervisor de tu mirada...- Un hervor subió hasta el rostro de Abel, era su carta, ¿habrá sido que Alejandra lo había delatado? ¿era todo una trampa? No podía ser... todos esos celos, miradas... no podía ser cierto. -No, no me suena...- dijo Abel, pero ya sin la tranquilidad que lo identificaba. -yo ni romántico soy- dijo al final, como manera desesperada de zafarse de aquella situación tan incómoda.
-Pero viene tu número Abel, viene tu dirección también.
-Pues no, yo no sé lo que es eso.
-Hasta la niña dice que mañana será "su gran día", qué curioso que mañana vas a faltar...
-No Sonia, de verdad... no sé a lo que se refiere.
-¿Estás seguro?
-Seguro, si gustas verificamos caligrafía y hablamos con la supuesta niña.
-No Abel no es necesario... -dijo Sonia ya más tranquila, -Me sentí decepcionada, pero confiaré en ti y te defenderé, pero si no puedo olvidate... te dejaré a merced de las autoridades.
-No te preocupes Sonia... -contestó Abel, ya más confiado en la situación; sin embargo la situación era más incómoda, su boca se resecó de nervios y pánico, era inocultable. -Supervisor de tu mirada... ingenioso, pero no.
-Bueno, por ahora escuchame bien- interrumpió Sonia con acento autoritario, la seriedad del asunto regresó a la oficina. -Te creeré, pero debo tomar medidas, estás descendido de rango, YA NO eres nutriólogo clínico, de ahora en adelante te quedarás acá donde pueda verte en la cocina y bajo ninguna circunstancia puedes salir de la oficina.
-... Como digas...- las palabras serenas de Abel ocultaban su verdadera situación: Al escuchar esto, sintió morir. Ocho meses peleó por un lugar en el equipo clínico y ahora había sido arrebatado todo lo que consiguió con mucho trabajo. No podía reprochar nada, tenían razón todas esas acusaciones, y fue su culpa al no haber escuchado las advertencias de su conciencia. No mantuvo la ética y ahora lo pagaba caro.
Silenciosamente, Sonia se retiraba de la oficina y Abel se quedó sentado un momento. A los pocos minutos sonó su celular con un mensaje de un número desconocido que decía:
¿me puedes marcar? Ale
Abel no esperó en hacerlo, salió al baño y marcó al número. Sonó tres veces el tono y una voz femenina le respondió.
-¿Bueno?
-Hola buenas tardes, ¿se encuentra Ale?
-Si, soy yo... pensé que no me llamarías después de lo que te conté en la carta.
-Ya lo leí.
-¿Y qué piensas?
-Quiero salir contigo, no voy a juzgarte.
-Gracias Abel, de verdad valoro esto, esperaba que me aceptaras con todo y mis errores.
-Antes que nada...- interrupió Abel, regresando a la tierra. -le mostraste a alguien mis cartas, ¿verdad?
-¿Por qué?
-Me regañaron y me descendieron de rango, ya no soy nutriólogo de UAM. Dije que no sabía nada pero ya está hecho.
-¿Pero quién te dijo eso?
-Mi jefa, hasta dijo que habías dicho que mañana será tu gran día.
-Ah...- se escuchaba decir a Alejandra, recordando aquel momento, -fue el enfermero Miguel, a él fue al único al que le dije sobre ti.
-¿Le enseñaste la carta?
-Si, perdóname por traerte tantos problemas...
-No te preocupes, lo hecho, hecho está; con todo y esto ya arriesgué, quiero verte mañana.
-¿Puedo verte en el mercado de flores de la plaza?
-Si, si gustas...
-De acuerdo, allá te veo...
-Vale, bye.
No quedaba más qué decir... ni más que arriesgar. Abel estaba fuera del juego. Mañana sería un buen día, pero tampoco podía ocultar ese rencor hacia una persona... el enfermero Miguel. El padre adoptivo, el enfermero juguetón, el amigo de las pacientes... era ahora el responsable de su situación que él mismo había ocasionado.
Como bien se dice... un sentimiento no se puede ocultar, más cuando se trata de "supervisar la mirada" de una dama.
Amor psiquiátrico (Parte 16) - La verdad sobre Alejandra
Martes 15 de marzo
13:40 hrs.
Pasillos del psiquiátrico
-Mira nada mas... ¡Nutrición!
-Ehm... si, así es -Respondía Abel a la guardia de seguridad a las afueras del gigantesco pabellón de UAM.
-Qué bueno, a ver cuando nos pones a dieta, ¿eh? -Decía bromeando la compañera uniformada, también guardia de seguridad.
-Si, claro que si; igual que a las niñas... -Contestó Abel, sin quitar la sonrisa de su rostro; y ya acostumbrado a ese comentario mil veces escuchado.
El joven caminaba por el estrecho pasillo techado, rodeado por el pasto del jardín de visitas. Ahí recordaba la vez en que miró a su pequeña Alejandra junto a sus familiares, solamente separados por el comentario "no ahora, ahí está la Dra.".
Las cartas en su bolsillo eran distintas, esta vez el sentimiento de curiosidad y emoción de saber lo que decían; venía acompañado por un sentimiento de vacío en el estómago, y un "Los médicos han decidido lo mejor para mí" se miraba al reverso de una de las hojas color azul. Ese típico color azul hacía pensar que no solo era el color favorito de Alejandra, sino que también era el único disponible en el pabellón.
"Busca a la enfermera Lolita, ella tiene un regalo para ti". Fueron las palabras de despedida de aquel gigantesco salón que la jovencita le dictó al joven al marcharse. Y eso haría, la curiosidad lo mataba...
-Creo que debería esperar a llegar a la oficina, acá una carta así puede... -Pensó Abel para sí mismo, pero al final la curiosidad lo mató. Desdobló la hoja, y en ella se liberó una especie de humor pesado, pesadísimo. Ese sentimiento que Abel solo había sentido en su última relación seria, y no era nada agradable.
La primer carta fue elegida por su texto en ambas caras, debería decir algo serio, pues solo los sermones serios se prolongan a tal grado de no ser suficiente una sola página para dictarlo. Y así comenzó a leer el joven supervisor.
Hola otra vez.
Primero que nada quiero darte las gracias por estos momentos y por haberme esperado todo este tiempo. Fue gracias a ti que logré superar esta depresión. Perdóname, sé que es muy cobarde decirte esto por medio de una carta pero por el momento no encuentro otra forma para decirtelo, y así puedas decidir si todavía quieres andar conmigo o no. Tienes que saber por qué estoy aquí.
Estoy internada porque tengo una madre que odio no por lo que hace conmigo, sino por las desiciones que toma para mí. Y ahora que estoy acá, tanto ella como mis hermanos vienen solamente por culpa a limpiar la tumba que ellos mismos me hicieron por mero remordimiento. Hace unos meses anduve con un chavo que al igual que tú era todo para mi y con el que yo me iba a casar, te preguntarás por qué, pues porque yo estaba embarazada de él. Este chavo me respondió bien y ya ibamos a casarnos pero una amiga (si es que se le puede llamar así) me dio algo de tomar y me hizo perder a mi bebé. Mi novio se enteró de eso y me reprochó lo que hice, me maltrataba y me hacía sentir muy mal, al final decidí cortarlo porque no quería una vida junto a una persona que me humillara de esa manera. Me sentí fatal en ese momento por mi bebé y la depresión que eso me trajo me hizo encontrar una sola salida: La muerte. Y por eso estoy aquí.
Ahora que estoy fuera y los médicos han decidido lo mejor para mí pienso afrontar esta situación. Ahora que sabes la verdad eres libre de decidir si todavía quieres andar conmigo o no, lo único que te pido es que por favor no me juzgues como lo han hecho los demás porque eso me dolería muchísimo.
En cuanto a mi futuro, quizás me manden al DIF o quizás me vaya con mi papá, no lo sé, pero sé que esta estancia ha valido la pena sin importar la desición que tomes, pues gracias a ti vi de nuevo la luz en este mundo "tan deprimente" como dices =/
Atte. Ale, tu loca enamorada.
Abel sintió un nudo en la garganta, el cual intentó desaparecer tragando saliva, lo cual no hizo más que apretarlo más. Sin palabras, dobló la carta y tomando la otra, comenzó a desdoblar su sencilla estructura en forma de corazón. Dentro de la segunda no había más que otro corazón dibujado con los nombres "Abel" y "Ale", acompañados de un "Me gustas mucho, te voy a robar un beso". No era más que anestesia esa segunda carta, por vez primera en ese par de semanas, la moral de Abel se encontraba tambaleante y dudosa acerca de seguir adelante.
Era tarde ya, Abel estaba enamorado, aunque aún no se atrevía a declararlo. Nuevamente dobló las cartas, ya se encontraba en la oficina, tomó las cartas y las guardó.
-Hola Abel, ¿qué pasó? ¿la niña te cortó? -Interrumpió de pronto la voz conocida de su amiga Maricela.
-No... es que, cosas que pasan.
-¿Qué cosas? ¿algo malo?- Preguntó nuevamente Maricela, con tono ya más preocupado.
-No... es solo que, creo que debo dejar de ilusionarme por si acaso. Después de todo, por algo ella estuvo aquí, ¿o no? -Continuaba Abel con voz temblorosa.
-Tienes razón niño, pero si no arriesgas no ganas, deberías estar feliz, ya está afuera, mucha suerte.
Se marchaba ya sin dar oportunidad de respuesta. Abel suspiró y clavó la mirada al suelo, y un par de segundos después levantó la vista y sacó su celular del bolsillo.
-Hola Sonia
-Hola Abel, ¿qué pasó?
-Nada... solo quería pedirte mi día de descanso mañana.
-¿Y eso Abel?
-Pues ya ves, tengo cosas que hacer que me salieron imprevistas y es mejor ahora.
-Bueno chico, tú no te preocupes dejame todo a mí. Que descanses.
-Si, gracias Sonia.
Así se terminaba la conversación entre Abel y su jefa. Mañana sería un día especial, se vería frente a frente con la chica que había logrado robarle el corazón.
13:40 hrs.
Pasillos del psiquiátrico
-Mira nada mas... ¡Nutrición!
-Ehm... si, así es -Respondía Abel a la guardia de seguridad a las afueras del gigantesco pabellón de UAM.
-Qué bueno, a ver cuando nos pones a dieta, ¿eh? -Decía bromeando la compañera uniformada, también guardia de seguridad.
-Si, claro que si; igual que a las niñas... -Contestó Abel, sin quitar la sonrisa de su rostro; y ya acostumbrado a ese comentario mil veces escuchado.
El joven caminaba por el estrecho pasillo techado, rodeado por el pasto del jardín de visitas. Ahí recordaba la vez en que miró a su pequeña Alejandra junto a sus familiares, solamente separados por el comentario "no ahora, ahí está la Dra.".
Las cartas en su bolsillo eran distintas, esta vez el sentimiento de curiosidad y emoción de saber lo que decían; venía acompañado por un sentimiento de vacío en el estómago, y un "Los médicos han decidido lo mejor para mí" se miraba al reverso de una de las hojas color azul. Ese típico color azul hacía pensar que no solo era el color favorito de Alejandra, sino que también era el único disponible en el pabellón.
"Busca a la enfermera Lolita, ella tiene un regalo para ti". Fueron las palabras de despedida de aquel gigantesco salón que la jovencita le dictó al joven al marcharse. Y eso haría, la curiosidad lo mataba...
-Creo que debería esperar a llegar a la oficina, acá una carta así puede... -Pensó Abel para sí mismo, pero al final la curiosidad lo mató. Desdobló la hoja, y en ella se liberó una especie de humor pesado, pesadísimo. Ese sentimiento que Abel solo había sentido en su última relación seria, y no era nada agradable.
La primer carta fue elegida por su texto en ambas caras, debería decir algo serio, pues solo los sermones serios se prolongan a tal grado de no ser suficiente una sola página para dictarlo. Y así comenzó a leer el joven supervisor.
Hola otra vez.
Primero que nada quiero darte las gracias por estos momentos y por haberme esperado todo este tiempo. Fue gracias a ti que logré superar esta depresión. Perdóname, sé que es muy cobarde decirte esto por medio de una carta pero por el momento no encuentro otra forma para decirtelo, y así puedas decidir si todavía quieres andar conmigo o no. Tienes que saber por qué estoy aquí.
Estoy internada porque tengo una madre que odio no por lo que hace conmigo, sino por las desiciones que toma para mí. Y ahora que estoy acá, tanto ella como mis hermanos vienen solamente por culpa a limpiar la tumba que ellos mismos me hicieron por mero remordimiento. Hace unos meses anduve con un chavo que al igual que tú era todo para mi y con el que yo me iba a casar, te preguntarás por qué, pues porque yo estaba embarazada de él. Este chavo me respondió bien y ya ibamos a casarnos pero una amiga (si es que se le puede llamar así) me dio algo de tomar y me hizo perder a mi bebé. Mi novio se enteró de eso y me reprochó lo que hice, me maltrataba y me hacía sentir muy mal, al final decidí cortarlo porque no quería una vida junto a una persona que me humillara de esa manera. Me sentí fatal en ese momento por mi bebé y la depresión que eso me trajo me hizo encontrar una sola salida: La muerte. Y por eso estoy aquí.
Ahora que estoy fuera y los médicos han decidido lo mejor para mí pienso afrontar esta situación. Ahora que sabes la verdad eres libre de decidir si todavía quieres andar conmigo o no, lo único que te pido es que por favor no me juzgues como lo han hecho los demás porque eso me dolería muchísimo.
En cuanto a mi futuro, quizás me manden al DIF o quizás me vaya con mi papá, no lo sé, pero sé que esta estancia ha valido la pena sin importar la desición que tomes, pues gracias a ti vi de nuevo la luz en este mundo "tan deprimente" como dices =/
Atte. Ale, tu loca enamorada.
Abel sintió un nudo en la garganta, el cual intentó desaparecer tragando saliva, lo cual no hizo más que apretarlo más. Sin palabras, dobló la carta y tomando la otra, comenzó a desdoblar su sencilla estructura en forma de corazón. Dentro de la segunda no había más que otro corazón dibujado con los nombres "Abel" y "Ale", acompañados de un "Me gustas mucho, te voy a robar un beso". No era más que anestesia esa segunda carta, por vez primera en ese par de semanas, la moral de Abel se encontraba tambaleante y dudosa acerca de seguir adelante.
Era tarde ya, Abel estaba enamorado, aunque aún no se atrevía a declararlo. Nuevamente dobló las cartas, ya se encontraba en la oficina, tomó las cartas y las guardó.
-Hola Abel, ¿qué pasó? ¿la niña te cortó? -Interrumpió de pronto la voz conocida de su amiga Maricela.
-No... es que, cosas que pasan.
-¿Qué cosas? ¿algo malo?- Preguntó nuevamente Maricela, con tono ya más preocupado.
-No... es solo que, creo que debo dejar de ilusionarme por si acaso. Después de todo, por algo ella estuvo aquí, ¿o no? -Continuaba Abel con voz temblorosa.
-Tienes razón niño, pero si no arriesgas no ganas, deberías estar feliz, ya está afuera, mucha suerte.
Se marchaba ya sin dar oportunidad de respuesta. Abel suspiró y clavó la mirada al suelo, y un par de segundos después levantó la vista y sacó su celular del bolsillo.
-Hola Sonia
-Hola Abel, ¿qué pasó?
-Nada... solo quería pedirte mi día de descanso mañana.
-¿Y eso Abel?
-Pues ya ves, tengo cosas que hacer que me salieron imprevistas y es mejor ahora.
-Bueno chico, tú no te preocupes dejame todo a mí. Que descanses.
-Si, gracias Sonia.
Así se terminaba la conversación entre Abel y su jefa. Mañana sería un día especial, se vería frente a frente con la chica que había logrado robarle el corazón.
Amor psiquiátrico (Parte 15) - Mañana será mi gran día
Martes 15 de marzo
12:40 hrs
Pabellón de UAM
Los días habían volado, eran apenas dos semanas, poquísimo en comparación del historial de alguna otra paciente. Los días pasaban con palabras bonitas y cartas comprometedoras. Abel ya no escuchaba a su cabeza, ya no escuchaba la voz de la ética profesional, se había perdido por completo en los brazos tiernos del amor. Un roce de manos bastaba para hacerlo ilusionarse. Era como si las tibias manos de su "loca enamorada" derritieran su prisión de hielo, dejando expuesto un corazón rojísimo y sensible.
En cuanto a Alejandra, sus compañeras miraban a una jovencita enamorada. Suspirando cada vez que "el supervisor de su mirada" pasara por ahí. Sin embargo, también cometió un error: En las robustas manos del enfermero Miguel, se encontraba una hoja de papel color rojo, las palabras siempre fueron desconocidas para el resto. Sin embargo, figuraba al final una curiosa nota.
Si te vas de alta este martes, prometo irte a visitar el miercoles.
Mi cel: xx-xxxx-xxxx
Atte: El supervisor de tu mirada.
Y por mientras, en el enorme sofá, descansaba la figura de 1.60 de estatura, con el cabello rojizo y peinado con una curiosa diadema de pequeñas coletas. Sus labios rojizos esta vez dibujaban una preciosa sonrisa, como un marco que adornaba un precioso juego de perlas que eran sus dientes, que a su vez se reflejaban en la humedad de sus labios. Era Alejandra, quien esta vez vestía su pijama color rosa pálido con azul celeste y los mismos tenis blancos que acostumbraba usar. En sus bolsillos aguardaban dos hojas dobladas en color azul. La primera en forma de corazón y la segunda con un doblez sencillo.
-Ahora que te vas, ya no voy a tener rival. -Comentó una pequeña de semblante delgado.
-¿A qué te refieres Pamela? -Respondió Alejandra, quien a pesar del comentario no pudo ocultar su felicidad.
Pamela no respondió, solamente sonrió y se alejó a la barra de la cocina, donde figuraba el coqueto supervisor. Alejandra miró por última vez a una Pamela acompañada de dos chiquillas, platicando alegremente con su querido Abel. No habían más celos... esa última carta oculta en un sobre en forma de corazón alado le había dado confianza.
La jovencita de 16 años se acercó a la barra, y observando a los ojos al joven Abel, le entregó el par de hojas que tenía ocultas en la manga.
-Qué bueno que hoy te vayas de alta.
-Si, yo no me lo esperaba porque me dijeron a última hora que hasta el viernes. Por eso me iré vestida con mi pijama, no tengo más ropa.
-Hoy me dieron un día libre a elección, si gustas lo pido mañana y te voy a ver.
-¿Entonces no irás a verme porque quieres?
-Claro que si- Respondía sonriente Abel -Pero aprovechando esto, pues...
-Oiga supervisor, una pregunta -Interrumpía una jovencita. Su estatura era mayor a la promedio, como de 1.65, su tez morena y cabello oscuro y corto.
-Si, dime -Respondió Abel, escondiendo las cartas de su enamorada en el bolsillo del pantalón.
-¿Aún soy dieta o soy normal?
-Dejame ver... ¿cómo te llamas?
-Karla Sugey.
-Veamos... -Abel comenzaba a verificar su lista de pacientes, y un par de segundos después, respondió -No, ya eres normal.
-Ok, gracias.
-¿Eres Karla Sugey? -Preguntó nuevamente Abel.
-Si.
-¡Oh! ¡eres la niña que maullaba! -Exclamó el supervisor, con un tono de voz más infantil.
Las niñas Pamela y Yahaira soltaron a reír, mientras Sugey se sonrojaba y agachaba la mirada.
-Si... rayos, ¿por qué dijo eso? -Preguntó de vuelta la pequeña, con rubor en el rostro y una sonrisa nerviosa.
-Lo siento, recordé esos días.
Abel no solo había recordado aquellos días de diciembre, también su sonrisa se debía a que próximamente vería a la jovencita que había logrado derretir el hielo de su corazón.
Ese día su curiosidad lo llevó a terminar pronto, moría de ganas por leer las cartas en su bolsillo. Todo esto sucedía mientras la pequeña Pamela no le quitaba la mirada de encima, mirada que afirmaba con una sonrisa pícara que la caracterizaba. Al alejarse, solo quedaron Pamela y Yahaira, ésta última, miraba alejarse al joven de una manera peculiar.
-¿Te gusta el chico? -Preguntaba Pamela.
-Si -Contestó Yahaira, después de un breve silencio de duda.
-¿Por qué no se lo dices?
Yahaira no respondió, Pamela solamente decía cosas que la pequeña no lograba entender.
-Disculpa Yahaira, ¿puedo decirte algo en privado? -Interrumpía Alejandra
-Si.
Las dos se alejaron, mientras Pamela se quedaba sola, imaginando y planeando cómo acercarse al joven nutriólogo al día siguiente.
Era un día especial, una envoltura de alegría y travesuras ocultaba una bomba de sucesos a punto de ocurrir. Sería el último día que verían al joven nutriólogo Abel dentro del pabellón.
12:40 hrs
Pabellón de UAM
Los días habían volado, eran apenas dos semanas, poquísimo en comparación del historial de alguna otra paciente. Los días pasaban con palabras bonitas y cartas comprometedoras. Abel ya no escuchaba a su cabeza, ya no escuchaba la voz de la ética profesional, se había perdido por completo en los brazos tiernos del amor. Un roce de manos bastaba para hacerlo ilusionarse. Era como si las tibias manos de su "loca enamorada" derritieran su prisión de hielo, dejando expuesto un corazón rojísimo y sensible.
En cuanto a Alejandra, sus compañeras miraban a una jovencita enamorada. Suspirando cada vez que "el supervisor de su mirada" pasara por ahí. Sin embargo, también cometió un error: En las robustas manos del enfermero Miguel, se encontraba una hoja de papel color rojo, las palabras siempre fueron desconocidas para el resto. Sin embargo, figuraba al final una curiosa nota.
Si te vas de alta este martes, prometo irte a visitar el miercoles.
Mi cel: xx-xxxx-xxxx
Atte: El supervisor de tu mirada.
Y por mientras, en el enorme sofá, descansaba la figura de 1.60 de estatura, con el cabello rojizo y peinado con una curiosa diadema de pequeñas coletas. Sus labios rojizos esta vez dibujaban una preciosa sonrisa, como un marco que adornaba un precioso juego de perlas que eran sus dientes, que a su vez se reflejaban en la humedad de sus labios. Era Alejandra, quien esta vez vestía su pijama color rosa pálido con azul celeste y los mismos tenis blancos que acostumbraba usar. En sus bolsillos aguardaban dos hojas dobladas en color azul. La primera en forma de corazón y la segunda con un doblez sencillo.
-Ahora que te vas, ya no voy a tener rival. -Comentó una pequeña de semblante delgado.
-¿A qué te refieres Pamela? -Respondió Alejandra, quien a pesar del comentario no pudo ocultar su felicidad.
Pamela no respondió, solamente sonrió y se alejó a la barra de la cocina, donde figuraba el coqueto supervisor. Alejandra miró por última vez a una Pamela acompañada de dos chiquillas, platicando alegremente con su querido Abel. No habían más celos... esa última carta oculta en un sobre en forma de corazón alado le había dado confianza.
La jovencita de 16 años se acercó a la barra, y observando a los ojos al joven Abel, le entregó el par de hojas que tenía ocultas en la manga.
-Qué bueno que hoy te vayas de alta.
-Si, yo no me lo esperaba porque me dijeron a última hora que hasta el viernes. Por eso me iré vestida con mi pijama, no tengo más ropa.
-Hoy me dieron un día libre a elección, si gustas lo pido mañana y te voy a ver.
-¿Entonces no irás a verme porque quieres?
-Claro que si- Respondía sonriente Abel -Pero aprovechando esto, pues...
-Oiga supervisor, una pregunta -Interrumpía una jovencita. Su estatura era mayor a la promedio, como de 1.65, su tez morena y cabello oscuro y corto.
-Si, dime -Respondió Abel, escondiendo las cartas de su enamorada en el bolsillo del pantalón.
-¿Aún soy dieta o soy normal?
-Dejame ver... ¿cómo te llamas?
-Karla Sugey.
-Veamos... -Abel comenzaba a verificar su lista de pacientes, y un par de segundos después, respondió -No, ya eres normal.
-Ok, gracias.
-¿Eres Karla Sugey? -Preguntó nuevamente Abel.
-Si.
-¡Oh! ¡eres la niña que maullaba! -Exclamó el supervisor, con un tono de voz más infantil.
Las niñas Pamela y Yahaira soltaron a reír, mientras Sugey se sonrojaba y agachaba la mirada.
-Si... rayos, ¿por qué dijo eso? -Preguntó de vuelta la pequeña, con rubor en el rostro y una sonrisa nerviosa.
-Lo siento, recordé esos días.
Abel no solo había recordado aquellos días de diciembre, también su sonrisa se debía a que próximamente vería a la jovencita que había logrado derretir el hielo de su corazón.
Ese día su curiosidad lo llevó a terminar pronto, moría de ganas por leer las cartas en su bolsillo. Todo esto sucedía mientras la pequeña Pamela no le quitaba la mirada de encima, mirada que afirmaba con una sonrisa pícara que la caracterizaba. Al alejarse, solo quedaron Pamela y Yahaira, ésta última, miraba alejarse al joven de una manera peculiar.
-¿Te gusta el chico? -Preguntaba Pamela.
-Si -Contestó Yahaira, después de un breve silencio de duda.
-¿Por qué no se lo dices?
Yahaira no respondió, Pamela solamente decía cosas que la pequeña no lograba entender.
-Disculpa Yahaira, ¿puedo decirte algo en privado? -Interrumpía Alejandra
-Si.
Las dos se alejaron, mientras Pamela se quedaba sola, imaginando y planeando cómo acercarse al joven nutriólogo al día siguiente.
Era un día especial, una envoltura de alegría y travesuras ocultaba una bomba de sucesos a punto de ocurrir. Sería el último día que verían al joven nutriólogo Abel dentro del pabellón.
jueves, 26 de enero de 2012
Amor psiquiátrico (Parte 14) - Otro encuentro cercano
Viernes 11 de marzo
13:55 hrs
Cocineta de UAM
"¿Pero qué rayos... le sucedió? ¿Cristal y yo?... lástima que no me deje ni explicárselo".
Abel descansaba sobre la enorme mesa con las manos en los bolsillos cuando las pacientes se acercaron a dejar sus charolas vacías o semivacías. Su corazón exaltado se encontraba ansioso de platicar con la jovencita que le había robado el corazón. Y entonces ahí estaba: El sueter esta vez puesto en su lugar y el cabello rojizo peinado sofisticadamente -considerando que no había precisamente estilistas profesionales-, los ojos clavados hacia la charola ya vacía y rastros de lágrimas en las mejillas. Abel se acercó casi instantáneamente, y se tragó el aire exhalado para hablar cuando miró a la cocinera Mónica recoger las charolas de la ventana. Alejandra ni siquiera le dedicó una mirada, solamente dejó escapar un cortante "gracias".
¿Será que ya había hablado Paulina con ella? estaba diferente, pero él solamente quería una sonrisa de Alejandra. Juguetón, no le quitó de encima la mirada. Alejandra ya se encontraba sentada con sus compañeras en la mesa circular con el rostro contra sus brazos y agachada. Tarde o temprano, por curiosidad o incomodidad; tendría que voltear a mirarlo, aunque sea por un instante.
Y así fue: Alejandra levantó levemente su rostro para mirar a Abel, sus ojos lo contemplaron unos segundos y sin hacer expresión alguna, volvió a agacharse. En cambio, del rostro de Abel; esta vez salía una sonrisa traviesa, como si se tratara de un juego de miradas, como el que solían jugar todas las tardes.
Y nuevamente Alejandra miró al chico de la bata, esta vez alentada por unas palabras al oído que le susurraba Paulina. El resto de las niñas parecía captar el juego, mientras Abel no quitaba de encima su tierna mirada de la jovencita de cabello rojizo.
Guadalupe sonreía como nunca lo había hecho, mientras Paulina y Gabriela arengaban a Alejandra a hacer a un lado su orgullo. Y con un poco de esfuerzo así fue: Alejandra miró fijamente a Abel en la distancia de la mesa a la cocina, recargó su rostro en su mano izquierda y dijo para sí misma unas palabras, esperando que su supervisor pudiera leer los rojizos labios que morían por besarlo.
"Me gustas mucho"
Abel deslizó aún más su sonrisa, para después dar un beso al aire dedicado a la pequeña; quien sonrojada, no pudo evitar agachar la cabeza otra vez, pero esta vez de vergüenza. Mientras, Paulina sonreía a Abel, como una manera de gritar "bien hecho".
Los minutos pasaron y Alejandra, sin voltear a ver a Abel, se levantó de la mesa para correr hacia el interior del pabellón.
-Ahora vuelvo Mónica, voy a pedir el nuevo censo de pacientes.- Decía Abel a la cocinera, con intenciones de esta vez ir más allá.
Sin respuesta, Abel tomó como escudo la libreta color rosa de los registros de comidas y caminaba hacia el interior una vez cruzando la puerta. Llegó a la mesa de enfermería donde descansaba Alejandra y la enfermera Lolita, a quien se refirió.
-Hola enfermera, ¿todo bien? -Preguntó rutinariamente el joven.
-Sí joven, todo bien, gracias.
-La libreta, por favor.-Continuó Abel extendiendo la libreta, sin dejar de mirar a Alejandra, quien también lo miraba con una alegre sonrisa.
-Claro que si.
-¿Puedo pasar a hacer el censo?
-Claro, el kárdex está en la barra, toma asiento donde gustes.
Inmediatamente tomó Abel el enorme kárdex y tomó asiento en un pequeño escritorio, oculto junto a una ventana, y procedió a hacer su trabajo. Las enfermeras se encontraban dispersas por el pabellón haciendo su trabajo. Y así siguió el joven: hoja por hoja, cada hoja una paciente y solo para verificar que cada niña siguiera registrada ahí.
Nombre: Lourdes Alejandra Reyes Sánchez
Edad: 16 años
Dx: Episodio Depresivo Moderado
Dieta: Normal sin irritantes
Cuidados de enfermería: Vigilar continuamente por riesgo de suicidio, liderazgo y alianzas negativas.
Era la primera vez que Abel frenaba su vista en la hoja de enfermería de su pequeña enamorada. Miles de preguntas pasaron por su cabeza, sin atreverse a dar respuesta a cada una de ellas. No hubo tiempo para pensar, pues de pronto sintió que alguien le picaba las costillas, y al voltear... no era nadie. Como por instinto, su mirada intentó buscar más allá de la esquina donde comenzaban los dormitorios, era un área desconocida para él...
-No puede pasar nada si entro, ¿o si...? -Pensó el joven, quien ya se levantaba disimuladamente hacia los pequeños cubículos. Eran más parecidos a camas de enfermos, algunas junto a aparatos que le recordaban a contenedores de sueros. ¡Y hasta bolsas usadas para nutrición por sonda!
-Hola -Dijo de pronto una voz a sus espaldas, oculta entre un pequeño biombo azul, era Alejandra.
-¿Eh? Hola...-Respondió el saludo Abel, quien al ver a la jovencita se sobresaltó de sorpresa. Aún así, hizo lo posible para ocultar su emoción.
-Gracias por venir -Decía la pequeña, mientras sostenía en su boca un vaso de agua.
-¿Te dejan meter el vaso acá?
-Si, no hay problema.
Abel solamente sonrió, durante un momento todo fue silencio, emoción por verse tan cerca aunque sea por unos segundos. Sus ojos se clavaron en los de la jovencita, quien respondió con un ligero rubor en el rostro y mostrando una hermosa sonrisa a traves del vaso de plástico. Algo invadía su mente, era la adrenalina liberada por tan emocionante y prohibida situación, era amor...
Abel profundizó más en su mirada, como se clava un cuchillo en la mantequilla.
-Te he extrañado, perdón por lo de hace rato.
El joven llevó su mano derecha a la nuca, y con una sonrisa contestó.
-No te preocupes.
Dicho esto, un latido en su corazón empujó su mano a acariciar la mejilla izquierda de la pequeña Alejandra; quien al sentir la mano cálida de "su príncipe", no pudo ocultar la emoción, mezclada con miedo. Tomó al instante la mano de Abel y la apretó para retirarla.
-No por favor, nos pueden ver.
-No me importa ya-Contestó Abel, oponiendo una débil resistencia a ser retirado de aquella escena.
-Enserio, por favor, pueden vernos y nos va ir muy mal -Contestaba Alejandra, con miedo que ocultaba la emoción del momento.
-Tienes razón... te veo el lunes entonces, ¿vale?
-Si, de todos modos el martes ya salgo.
-¿Enserio?
-Si, eso dijo mi médico.
-Bueno, tengo que irme ya.
-Cuidate, que tengas un lindo día.
Las manos de ambos no se separaron ni un segundo de la conversación, hasta que fue el momento de la despedida, cuando se deslizaron hasta el último dedo para no terminar con ese momento. El corazón estaba a cien por hora, la felicidad era evidente, el amor estaba en sus ojos... y un alta médica sería la razón de su felicidad la próxima semana.
13:55 hrs
Cocineta de UAM
"¿Pero qué rayos... le sucedió? ¿Cristal y yo?... lástima que no me deje ni explicárselo".
Abel descansaba sobre la enorme mesa con las manos en los bolsillos cuando las pacientes se acercaron a dejar sus charolas vacías o semivacías. Su corazón exaltado se encontraba ansioso de platicar con la jovencita que le había robado el corazón. Y entonces ahí estaba: El sueter esta vez puesto en su lugar y el cabello rojizo peinado sofisticadamente -considerando que no había precisamente estilistas profesionales-, los ojos clavados hacia la charola ya vacía y rastros de lágrimas en las mejillas. Abel se acercó casi instantáneamente, y se tragó el aire exhalado para hablar cuando miró a la cocinera Mónica recoger las charolas de la ventana. Alejandra ni siquiera le dedicó una mirada, solamente dejó escapar un cortante "gracias".
¿Será que ya había hablado Paulina con ella? estaba diferente, pero él solamente quería una sonrisa de Alejandra. Juguetón, no le quitó de encima la mirada. Alejandra ya se encontraba sentada con sus compañeras en la mesa circular con el rostro contra sus brazos y agachada. Tarde o temprano, por curiosidad o incomodidad; tendría que voltear a mirarlo, aunque sea por un instante.
Y así fue: Alejandra levantó levemente su rostro para mirar a Abel, sus ojos lo contemplaron unos segundos y sin hacer expresión alguna, volvió a agacharse. En cambio, del rostro de Abel; esta vez salía una sonrisa traviesa, como si se tratara de un juego de miradas, como el que solían jugar todas las tardes.
Y nuevamente Alejandra miró al chico de la bata, esta vez alentada por unas palabras al oído que le susurraba Paulina. El resto de las niñas parecía captar el juego, mientras Abel no quitaba de encima su tierna mirada de la jovencita de cabello rojizo.
Guadalupe sonreía como nunca lo había hecho, mientras Paulina y Gabriela arengaban a Alejandra a hacer a un lado su orgullo. Y con un poco de esfuerzo así fue: Alejandra miró fijamente a Abel en la distancia de la mesa a la cocina, recargó su rostro en su mano izquierda y dijo para sí misma unas palabras, esperando que su supervisor pudiera leer los rojizos labios que morían por besarlo.
"Me gustas mucho"
Abel deslizó aún más su sonrisa, para después dar un beso al aire dedicado a la pequeña; quien sonrojada, no pudo evitar agachar la cabeza otra vez, pero esta vez de vergüenza. Mientras, Paulina sonreía a Abel, como una manera de gritar "bien hecho".
Los minutos pasaron y Alejandra, sin voltear a ver a Abel, se levantó de la mesa para correr hacia el interior del pabellón.
-Ahora vuelvo Mónica, voy a pedir el nuevo censo de pacientes.- Decía Abel a la cocinera, con intenciones de esta vez ir más allá.
Sin respuesta, Abel tomó como escudo la libreta color rosa de los registros de comidas y caminaba hacia el interior una vez cruzando la puerta. Llegó a la mesa de enfermería donde descansaba Alejandra y la enfermera Lolita, a quien se refirió.
-Hola enfermera, ¿todo bien? -Preguntó rutinariamente el joven.
-Sí joven, todo bien, gracias.
-La libreta, por favor.-Continuó Abel extendiendo la libreta, sin dejar de mirar a Alejandra, quien también lo miraba con una alegre sonrisa.
-Claro que si.
-¿Puedo pasar a hacer el censo?
-Claro, el kárdex está en la barra, toma asiento donde gustes.
Inmediatamente tomó Abel el enorme kárdex y tomó asiento en un pequeño escritorio, oculto junto a una ventana, y procedió a hacer su trabajo. Las enfermeras se encontraban dispersas por el pabellón haciendo su trabajo. Y así siguió el joven: hoja por hoja, cada hoja una paciente y solo para verificar que cada niña siguiera registrada ahí.
Nombre: Lourdes Alejandra Reyes Sánchez
Edad: 16 años
Dx: Episodio Depresivo Moderado
Dieta: Normal sin irritantes
Cuidados de enfermería: Vigilar continuamente por riesgo de suicidio, liderazgo y alianzas negativas.
Era la primera vez que Abel frenaba su vista en la hoja de enfermería de su pequeña enamorada. Miles de preguntas pasaron por su cabeza, sin atreverse a dar respuesta a cada una de ellas. No hubo tiempo para pensar, pues de pronto sintió que alguien le picaba las costillas, y al voltear... no era nadie. Como por instinto, su mirada intentó buscar más allá de la esquina donde comenzaban los dormitorios, era un área desconocida para él...
-No puede pasar nada si entro, ¿o si...? -Pensó el joven, quien ya se levantaba disimuladamente hacia los pequeños cubículos. Eran más parecidos a camas de enfermos, algunas junto a aparatos que le recordaban a contenedores de sueros. ¡Y hasta bolsas usadas para nutrición por sonda!
-Hola -Dijo de pronto una voz a sus espaldas, oculta entre un pequeño biombo azul, era Alejandra.
-¿Eh? Hola...-Respondió el saludo Abel, quien al ver a la jovencita se sobresaltó de sorpresa. Aún así, hizo lo posible para ocultar su emoción.
-Gracias por venir -Decía la pequeña, mientras sostenía en su boca un vaso de agua.
-¿Te dejan meter el vaso acá?
-Si, no hay problema.
Abel solamente sonrió, durante un momento todo fue silencio, emoción por verse tan cerca aunque sea por unos segundos. Sus ojos se clavaron en los de la jovencita, quien respondió con un ligero rubor en el rostro y mostrando una hermosa sonrisa a traves del vaso de plástico. Algo invadía su mente, era la adrenalina liberada por tan emocionante y prohibida situación, era amor...
Abel profundizó más en su mirada, como se clava un cuchillo en la mantequilla.
-Te he extrañado, perdón por lo de hace rato.
El joven llevó su mano derecha a la nuca, y con una sonrisa contestó.
-No te preocupes.
Dicho esto, un latido en su corazón empujó su mano a acariciar la mejilla izquierda de la pequeña Alejandra; quien al sentir la mano cálida de "su príncipe", no pudo ocultar la emoción, mezclada con miedo. Tomó al instante la mano de Abel y la apretó para retirarla.
-No por favor, nos pueden ver.
-No me importa ya-Contestó Abel, oponiendo una débil resistencia a ser retirado de aquella escena.
-Enserio, por favor, pueden vernos y nos va ir muy mal -Contestaba Alejandra, con miedo que ocultaba la emoción del momento.
-Tienes razón... te veo el lunes entonces, ¿vale?
-Si, de todos modos el martes ya salgo.
-¿Enserio?
-Si, eso dijo mi médico.
-Bueno, tengo que irme ya.
-Cuidate, que tengas un lindo día.
Las manos de ambos no se separaron ni un segundo de la conversación, hasta que fue el momento de la despedida, cuando se deslizaron hasta el último dedo para no terminar con ese momento. El corazón estaba a cien por hora, la felicidad era evidente, el amor estaba en sus ojos... y un alta médica sería la razón de su felicidad la próxima semana.
Amor psiquiátrico (Parte 13) - Una tierna escena
Viernes 11 de marzo
13:20 hrs
Pabellón de UAM
-Uy Lourdes... ¿viste eso?
-¿Qué cosa?
-A tu cocinero saludando de beso a Cristal.
-Si, si lo vi... pero no tengo derecho a enojarme, ¿o si?- Respondía groseramente Alejandra a Paulina, la chica de cabello teñido de rubio con tez apiñonada.
-No lo sé, creí que eran novios.
-No, no somos nada, por eso no tengo derecho a enojarme, ¿ok?
-Bueno sí, tienes razón...-Decía Paulina, resignada al ver una lágrima cayendo de las mejillas de su compañera.
Ya era la hora de la comida y las pacientes estaban formadas frente a la cocina. Alejandra intentaba ocultar ese sentimiento tan incómodo que la acosaba desde aquella escena afuera de la terapia. Estando a dos niñas de distancia de la cocina, apretó en su mano una hoja de papel color azul (su favorito) que estaba dentro de su bolsillo; y al llegar con Abel, se lo entregó discretamente cruzando los dedos ocultos por la charola. Alejandra se retiró, no sin recibir un dulce "gracias".
-¿Lo vas a dejar así?- Interrumpió de nuevo Paulina, esta vez en la mesa acompañada por Yahaira, Gabriela y Guadalupe, la chica vegetariana de España; quien se refugiaba ya en el grupo de pacientes.
Alejandra solamente pensó un momento con la mirada clavada en el plato, y tras unos segundos de meditación se levanto de la silla, sin decir nada.
Llegando a la barra, sintió la mirada de Abel, esa mirada con una ternura que nunca había sentido antes, ternura que Alejandra desvaneció cuando la ignoró y tomó un par de servilletas. Cuando por fin se atrevió a levantar la mirada y observar a su enamorado, solamente fue para dejar escapar lo que sentía dentro.
-¿Me engañas con Cristal?
Las palabras de la jovencita movieron por completo a Abel del estado en el que se encontraba. Sus ojos se volvieron más expresivos por la sorpresa y sin dejarlo dar una respuesta, negó con la cabeza y se alejó de vuelta a la mesa. Abel no parecía incómodo, más bien ofendido.
Alejandra ya sentada, sintió encima la mirada de Abel, e instantáneamente cubrió sus escasas lágrimas con sus brazos, sollozó unos segundos y cuando sintió fuera la mirada del chico de la bata, se reincorporó.
-No te pongas así Ale, ¿cómo sabes que de verdad anda con Cristal?- Preguntó Paulina, quien acariciaba el cabello de su compañera.
-¿Acaso no lo viste? ¡es un coqueto! hasta le sonrió y se tocaba el cabello cuando le habló esa mocosa.
-Espera, ¿andas con él?- Interrumpió Guadalupe con su característico acento, eran las primeras palabras que intercambiaba con Alejandra.
-Si, ando con él... pero me engaña con Cristal.
Guadalupe preguntó algo susurrado al oído de Paulina, quien señaló con la mirada hacia la cocina, al parecer, particularmente a Abel. Guadalupe dejó escapar su primer sonrisa desde que llegó al mirar al chico.
-¿Él? ¿con Cristal? perdón pero no lo creo.
-¿Lo ves Lourdes? además yo pienso que deberías hablar con él y aclarar las cosas- Interrumpía tímidamente Yahaira, seguida de las miradas sorprendidas de las otras chicas, quienes sabían que Yahaira apenas dejaba escapar palabra de su boca.
-No quiero, solo quiero que se me pase pronto- Contestaba Alejandra, ahogando su voz en sus brazos
-Si es así como dices que pasó... entonces de verdad, ¿crees que aún te merece?- Preguntó Yuya, su mejor amiga, quien hasta ahora, solo escuchaba atentamente.
Alejandra no contestó, solamente conservó esa posición con la cara contra la mesa. Paulina la miraba con expresión triste pero a la vez impotente, pues a diferencia de las otras chicas; ella conocía mejor a Abel, era la segunda vez que estaba internada y sabía que el famoso "supervisor" podría ser cualquier cosa menos eso que tanto decían.
Sin decir más, Paulina bebió de un trago de su vaso de agua y se levantó a la barra por más. Al llegar a la barra miró a Abel, a quien lo llamó con la mirada, y éste obedeció.
-¿Qué sucede?- Preguntó Abel, quien se encontraba ya sin esa mirada alegre de hace unos minutos.
-Que mala onda es usted, por su culpa Ale se quedará más tiempo internada- A pesar de estas palabras, Paulina seguía mostrando una actitud amistosa, pues lo decía jugando, conociendo ya los verdaderos sentimientos de Abel.
-¿Por qué?- Preguntaba Abel, ya más interesado al saber que la joven de 17 años sabía algo.
-Todas vimos lo que pasó con Cristal, ¿enserio la engaña con ella?
-No...- contestó el chico, -pero dime algo, ¿quién es Cristal?- Y no era broma, Abel solo conocía a "La niña que me dice cocinero", y si acaso, solo recordaba su segundo nombre "Vanessa".
-Cristal, la niña que le dice "cocinero"- Dijo Paulina, quien conocía a Cristal de hace meses; para luego beber de un trago su vaso ya relleno de agua.
-Ah... ella- Dijo Abel, recordando lo sucedido hace unos minutos, y entendiendo ya la situación. -Pero ella y yo nada que ver, solo me saludó y yo...
-Si, yo le creo- Interrumpió Paulina con una sonrisa que mostraba sus brackets. -Es que Cristal nos decía a todas que le gustaba usted, y por eso no se llevaba bien con Ale.
Abel solo dejó escapar una sonrisa entendiendo ya la situación, pensando que decir fue alcanzado por Paulina de nuevo.
-Pero yo le creo, además Ale está mucho más agraciada que Cristal, ¡osea! sería tonto preferir a Cristal...
-Exacto... -Exclamó Abel, para luego suspirar diciendo -además, yo quiero a Ale.
-Por favor, no la vaya a lastimar, es una niña muy linda.
Abel desvió la mirada hacia arriba, como recordando sucesos pasados.
-No te preocupes... es más fácil que ella me lastime -decía Abel, cambiando completamente a un semblante serio y vulnerable. Era uno de esos momentos en el que cualquiera podría doblegar su orgullo. -Tengo que hablar con ella.
-No se preocupe, yo la encontento -contestó Paulina con una sonrisa y tomando su vaso de agua.
-¡Oye pero! por favor, no le digas nada de esto, ¿ok? -Interrumpió con cuidado Abel. Paulina respondió afirmando con la cabeza y haciendo un ademán de silencio, en señal de que esa conversación quedaría en secreto.
Paulina se alejó regresando a la mesa, y tomando asiento susurró algo a Alejandra, quien volteó a mirarla y secó sus escasas -pero sinceras- lágrimas. Algo bueno sucedería en los próximos minutos...
13:20 hrs
Pabellón de UAM
-Uy Lourdes... ¿viste eso?
-¿Qué cosa?
-A tu cocinero saludando de beso a Cristal.
-Si, si lo vi... pero no tengo derecho a enojarme, ¿o si?- Respondía groseramente Alejandra a Paulina, la chica de cabello teñido de rubio con tez apiñonada.
-No lo sé, creí que eran novios.
-No, no somos nada, por eso no tengo derecho a enojarme, ¿ok?
-Bueno sí, tienes razón...-Decía Paulina, resignada al ver una lágrima cayendo de las mejillas de su compañera.
Ya era la hora de la comida y las pacientes estaban formadas frente a la cocina. Alejandra intentaba ocultar ese sentimiento tan incómodo que la acosaba desde aquella escena afuera de la terapia. Estando a dos niñas de distancia de la cocina, apretó en su mano una hoja de papel color azul (su favorito) que estaba dentro de su bolsillo; y al llegar con Abel, se lo entregó discretamente cruzando los dedos ocultos por la charola. Alejandra se retiró, no sin recibir un dulce "gracias".
-¿Lo vas a dejar así?- Interrumpió de nuevo Paulina, esta vez en la mesa acompañada por Yahaira, Gabriela y Guadalupe, la chica vegetariana de España; quien se refugiaba ya en el grupo de pacientes.
Alejandra solamente pensó un momento con la mirada clavada en el plato, y tras unos segundos de meditación se levanto de la silla, sin decir nada.
Llegando a la barra, sintió la mirada de Abel, esa mirada con una ternura que nunca había sentido antes, ternura que Alejandra desvaneció cuando la ignoró y tomó un par de servilletas. Cuando por fin se atrevió a levantar la mirada y observar a su enamorado, solamente fue para dejar escapar lo que sentía dentro.
-¿Me engañas con Cristal?
Las palabras de la jovencita movieron por completo a Abel del estado en el que se encontraba. Sus ojos se volvieron más expresivos por la sorpresa y sin dejarlo dar una respuesta, negó con la cabeza y se alejó de vuelta a la mesa. Abel no parecía incómodo, más bien ofendido.
Alejandra ya sentada, sintió encima la mirada de Abel, e instantáneamente cubrió sus escasas lágrimas con sus brazos, sollozó unos segundos y cuando sintió fuera la mirada del chico de la bata, se reincorporó.
-No te pongas así Ale, ¿cómo sabes que de verdad anda con Cristal?- Preguntó Paulina, quien acariciaba el cabello de su compañera.
-¿Acaso no lo viste? ¡es un coqueto! hasta le sonrió y se tocaba el cabello cuando le habló esa mocosa.
-Espera, ¿andas con él?- Interrumpió Guadalupe con su característico acento, eran las primeras palabras que intercambiaba con Alejandra.
-Si, ando con él... pero me engaña con Cristal.
Guadalupe preguntó algo susurrado al oído de Paulina, quien señaló con la mirada hacia la cocina, al parecer, particularmente a Abel. Guadalupe dejó escapar su primer sonrisa desde que llegó al mirar al chico.
-¿Él? ¿con Cristal? perdón pero no lo creo.
-¿Lo ves Lourdes? además yo pienso que deberías hablar con él y aclarar las cosas- Interrumpía tímidamente Yahaira, seguida de las miradas sorprendidas de las otras chicas, quienes sabían que Yahaira apenas dejaba escapar palabra de su boca.
-No quiero, solo quiero que se me pase pronto- Contestaba Alejandra, ahogando su voz en sus brazos
-Si es así como dices que pasó... entonces de verdad, ¿crees que aún te merece?- Preguntó Yuya, su mejor amiga, quien hasta ahora, solo escuchaba atentamente.
Alejandra no contestó, solamente conservó esa posición con la cara contra la mesa. Paulina la miraba con expresión triste pero a la vez impotente, pues a diferencia de las otras chicas; ella conocía mejor a Abel, era la segunda vez que estaba internada y sabía que el famoso "supervisor" podría ser cualquier cosa menos eso que tanto decían.
Sin decir más, Paulina bebió de un trago de su vaso de agua y se levantó a la barra por más. Al llegar a la barra miró a Abel, a quien lo llamó con la mirada, y éste obedeció.
-¿Qué sucede?- Preguntó Abel, quien se encontraba ya sin esa mirada alegre de hace unos minutos.
-Que mala onda es usted, por su culpa Ale se quedará más tiempo internada- A pesar de estas palabras, Paulina seguía mostrando una actitud amistosa, pues lo decía jugando, conociendo ya los verdaderos sentimientos de Abel.
-¿Por qué?- Preguntaba Abel, ya más interesado al saber que la joven de 17 años sabía algo.
-Todas vimos lo que pasó con Cristal, ¿enserio la engaña con ella?
-No...- contestó el chico, -pero dime algo, ¿quién es Cristal?- Y no era broma, Abel solo conocía a "La niña que me dice cocinero", y si acaso, solo recordaba su segundo nombre "Vanessa".
-Cristal, la niña que le dice "cocinero"- Dijo Paulina, quien conocía a Cristal de hace meses; para luego beber de un trago su vaso ya relleno de agua.
-Ah... ella- Dijo Abel, recordando lo sucedido hace unos minutos, y entendiendo ya la situación. -Pero ella y yo nada que ver, solo me saludó y yo...
-Si, yo le creo- Interrumpió Paulina con una sonrisa que mostraba sus brackets. -Es que Cristal nos decía a todas que le gustaba usted, y por eso no se llevaba bien con Ale.
Abel solo dejó escapar una sonrisa entendiendo ya la situación, pensando que decir fue alcanzado por Paulina de nuevo.
-Pero yo le creo, además Ale está mucho más agraciada que Cristal, ¡osea! sería tonto preferir a Cristal...
-Exacto... -Exclamó Abel, para luego suspirar diciendo -además, yo quiero a Ale.
-Por favor, no la vaya a lastimar, es una niña muy linda.
Abel desvió la mirada hacia arriba, como recordando sucesos pasados.
-No te preocupes... es más fácil que ella me lastime -decía Abel, cambiando completamente a un semblante serio y vulnerable. Era uno de esos momentos en el que cualquiera podría doblegar su orgullo. -Tengo que hablar con ella.
-No se preocupe, yo la encontento -contestó Paulina con una sonrisa y tomando su vaso de agua.
-¡Oye pero! por favor, no le digas nada de esto, ¿ok? -Interrumpió con cuidado Abel. Paulina respondió afirmando con la cabeza y haciendo un ademán de silencio, en señal de que esa conversación quedaría en secreto.
Paulina se alejó regresando a la mesa, y tomando asiento susurró algo a Alejandra, quien volteó a mirarla y secó sus escasas -pero sinceras- lágrimas. Algo bueno sucedería en los próximos minutos...
Amor psiquiátrico (Parte 12) - Apurate Lourdes
Viernes 11 de marzo
12:10 pm
Pasillos del psiquiátrico
Junto a la puerta de la cocina, una silueta masculina miraba al cielo mientras descansaba su peso sobre el muro de ladrillos azules del hospital. Su bien estilizado copete hacía compañía a tan peculiar escena del chico que comenzaba a divagar en su corazón, y a perder la cabeza y los estribos entre jugueteos infantiles de cartitas y miradas. Era Abel, quien tomando la clásica postura de sus manos dentro de los bolsillos, sosteniendo la bata blanca en la parte trasera; miraba hacia arriba. Ya no era solo el chico feliz de haberse ganado un lugar en ese hospital, sino también un chico que ingenuamente y sin darse cuenta, se entregaba a los coqueteos de una pequeña.
De pronto su mirada se clava en el piso de adoquín rojo, mientras su mano izquierda saca del bolsillo una hoja de papel color azul con rastros blancos. Se trataba de una hoja de color pegada ingeniosamente sobre un dibujo coloreado de una parejita mirándose de frente. Abel suspiró dejando resbalar torpemente una sonrisa, ya era la enésima vez que leía esa carta desde aquel miércoles.
"Sé que debo callar lo que tan dentro de mi corazón siento para no perjudicarte, pero cada vez que miro tus ojos no puedo evitar sonrojarme, parece tan difícil que alguien como tú me pudiera llegar a amar pero sé que entre sueños nos hemos de encontrar.
Cuando llegué todo estaba nublado, al ver tu sonrisa salió el sol, tu manera de ser me hace volar, cuando te miro y comienzas a jugar. Tú me quitas la depre... (...)
Todo comenzó con una mirada y hoy me he convertido en tu loca enamorada.
Te dedico estas canciones espero las escuches: Todo cambió (Camila) y Te vi venir (Reik)
Me gustas mucho!!!"
El nerviosismo y la poca cordura con la ética por delante, le hacían perder las líneas a Abel. Quien a pesar de todo, sonreía como un loco. Doblando la carta y guardándola, entró de vuelta a la oficina, se sentó un momento y dijo:
-Iré a dar una vuelta... de paso les traigo los permisos de UAM.
-Ay Abel... ¿y por qué tan contento?- Preguntaba Nancy, la compañera delgada y alta de Abel, quien no era tonta y dedujo el enamoramiento de su compañero.
-A nadie... solo estoy feliz- Contestaba Abel, con un ligero rubor en las mejillas.
-Te he de seguir al pabellón, a ver quien es la enfermera afortunada- Contestó Nancy sonriente.
Abel no contestaba... solamente salió. Mientras caminaba clavaba su mirada hacia el piso, siempre sonriente y con la batalla aún presente en su mente, aunque la razón estaba apenas dando patadas de ahogado. Dando vuelta al pasillo que daba al jardín de visitas de pacientes, solamente se agachó más para pasar sin ser percibido en el área de terapias. Cuando escuchó voces dentro del aula...
Curioso, se acercó y miró muchas niñas con el pants rojo de pacientes.
-¡Cocinero!- Gritaba una pequeña que no portaba el uniforme. Abel tardó en reconocerla, cuando miró que era Cristal, quien ya estaba dada de alta de la unidad y solamente presenciaba sus terapias grupales.
-Hola niña, ¿qué haces aquí?- Comentó Abel, sonriente por encontrarse con la pequeña ya recuperada.
-Muy bien, ya me dieron de alta, ¿y usted cómo está?- Preguntaba de vuelta Cristal, como siempre; con su sonrisa contagiosa y alegre.
-Bien, bien... acá dando la vuelta, ¿tú crees...?- Respondió tímidamente Abel, temeroso de que alguien lo viera conversando con la pequeña y despertara malos entendidos. En gesto a lo dicho, pasó la mano desde el copete hasta la nuca.
-Qué bien cocinero... ya tengo que irme, adios y que esté bien.
-Adios niña- Se despedían, mientras que Abel respondía el beso en la mejilla de despedida de Cristal.
Había sido un agradable encuentro, Cristal siempre fue considerada por Abel como una niña alegre que lo hacía reír aunque estuviera a punto de reventar por el trabajo... "Qué bueno que ya salió"; pensaba en silencio Abel... mientras se dirigía al pabellón.
Sin embargo, la perspectiva fue diferente hace unos minutos:
-¡Cocinero!- Se escuchaba la escandalosa voz de Cristal resonando en el aula de terapias, lo que ocasionó que las pequeñas voltearan interrumpiendo la terapia grupal a ver de qué se trataba.
Era el supervisor Abel, quien pasaba por ahí y saludaba a la pequeña paciente. En respuesta a esto, se escucharon exclamaciones refiriéndose a Alejandra, pues ya todas sabían del secreto.
-Ay... así o más zorris...- Murmuraba Gabriela, refiriéndose a Cristal.
-La zorra de Cristal tenía que ser... mira cómo se le acerca al supervisor- Seguía los comentarios Pamela.
Mientras tanto, Alejandra escuchaba en silencio los comentarios, sin poder evitar sentir celos de tener tan cerca al destinatario de sus más hermosos pensamientos.
-Ay ese "supervisor"... mira cómo se agarra el cabello, es bien coqueto- Bromeaba la terapeuta, quien se dio cuenta de la atención clavada en la paciente y el joven pasante.
Esta vez, sin poder evitarlo; Alejandra alzó la voz.
-¡Terapeuta! ¿puedo ir al baño?
-Si Lourdes, no te tardes.
Las pequeñas siguieron el juego de molestarla, mientras Alejandra sentía hervir la cara y se alejaba al baño como pretexto para ocultar su respuesta a tal escenita...
Y faltaba poco para la hora de la comida...
12:10 pm
Pasillos del psiquiátrico
Junto a la puerta de la cocina, una silueta masculina miraba al cielo mientras descansaba su peso sobre el muro de ladrillos azules del hospital. Su bien estilizado copete hacía compañía a tan peculiar escena del chico que comenzaba a divagar en su corazón, y a perder la cabeza y los estribos entre jugueteos infantiles de cartitas y miradas. Era Abel, quien tomando la clásica postura de sus manos dentro de los bolsillos, sosteniendo la bata blanca en la parte trasera; miraba hacia arriba. Ya no era solo el chico feliz de haberse ganado un lugar en ese hospital, sino también un chico que ingenuamente y sin darse cuenta, se entregaba a los coqueteos de una pequeña.
De pronto su mirada se clava en el piso de adoquín rojo, mientras su mano izquierda saca del bolsillo una hoja de papel color azul con rastros blancos. Se trataba de una hoja de color pegada ingeniosamente sobre un dibujo coloreado de una parejita mirándose de frente. Abel suspiró dejando resbalar torpemente una sonrisa, ya era la enésima vez que leía esa carta desde aquel miércoles.
"Sé que debo callar lo que tan dentro de mi corazón siento para no perjudicarte, pero cada vez que miro tus ojos no puedo evitar sonrojarme, parece tan difícil que alguien como tú me pudiera llegar a amar pero sé que entre sueños nos hemos de encontrar.
Cuando llegué todo estaba nublado, al ver tu sonrisa salió el sol, tu manera de ser me hace volar, cuando te miro y comienzas a jugar. Tú me quitas la depre... (...)
Todo comenzó con una mirada y hoy me he convertido en tu loca enamorada.
Te dedico estas canciones espero las escuches: Todo cambió (Camila) y Te vi venir (Reik)
Me gustas mucho!!!"
El nerviosismo y la poca cordura con la ética por delante, le hacían perder las líneas a Abel. Quien a pesar de todo, sonreía como un loco. Doblando la carta y guardándola, entró de vuelta a la oficina, se sentó un momento y dijo:
-Iré a dar una vuelta... de paso les traigo los permisos de UAM.
-Ay Abel... ¿y por qué tan contento?- Preguntaba Nancy, la compañera delgada y alta de Abel, quien no era tonta y dedujo el enamoramiento de su compañero.
-A nadie... solo estoy feliz- Contestaba Abel, con un ligero rubor en las mejillas.
-Te he de seguir al pabellón, a ver quien es la enfermera afortunada- Contestó Nancy sonriente.
Abel no contestaba... solamente salió. Mientras caminaba clavaba su mirada hacia el piso, siempre sonriente y con la batalla aún presente en su mente, aunque la razón estaba apenas dando patadas de ahogado. Dando vuelta al pasillo que daba al jardín de visitas de pacientes, solamente se agachó más para pasar sin ser percibido en el área de terapias. Cuando escuchó voces dentro del aula...
Curioso, se acercó y miró muchas niñas con el pants rojo de pacientes.
-¡Cocinero!- Gritaba una pequeña que no portaba el uniforme. Abel tardó en reconocerla, cuando miró que era Cristal, quien ya estaba dada de alta de la unidad y solamente presenciaba sus terapias grupales.
-Hola niña, ¿qué haces aquí?- Comentó Abel, sonriente por encontrarse con la pequeña ya recuperada.
-Muy bien, ya me dieron de alta, ¿y usted cómo está?- Preguntaba de vuelta Cristal, como siempre; con su sonrisa contagiosa y alegre.
-Bien, bien... acá dando la vuelta, ¿tú crees...?- Respondió tímidamente Abel, temeroso de que alguien lo viera conversando con la pequeña y despertara malos entendidos. En gesto a lo dicho, pasó la mano desde el copete hasta la nuca.
-Qué bien cocinero... ya tengo que irme, adios y que esté bien.
-Adios niña- Se despedían, mientras que Abel respondía el beso en la mejilla de despedida de Cristal.
Había sido un agradable encuentro, Cristal siempre fue considerada por Abel como una niña alegre que lo hacía reír aunque estuviera a punto de reventar por el trabajo... "Qué bueno que ya salió"; pensaba en silencio Abel... mientras se dirigía al pabellón.
Sin embargo, la perspectiva fue diferente hace unos minutos:
-¡Cocinero!- Se escuchaba la escandalosa voz de Cristal resonando en el aula de terapias, lo que ocasionó que las pequeñas voltearan interrumpiendo la terapia grupal a ver de qué se trataba.
Era el supervisor Abel, quien pasaba por ahí y saludaba a la pequeña paciente. En respuesta a esto, se escucharon exclamaciones refiriéndose a Alejandra, pues ya todas sabían del secreto.
-Ay... así o más zorris...- Murmuraba Gabriela, refiriéndose a Cristal.
-La zorra de Cristal tenía que ser... mira cómo se le acerca al supervisor- Seguía los comentarios Pamela.
Mientras tanto, Alejandra escuchaba en silencio los comentarios, sin poder evitar sentir celos de tener tan cerca al destinatario de sus más hermosos pensamientos.
-Ay ese "supervisor"... mira cómo se agarra el cabello, es bien coqueto- Bromeaba la terapeuta, quien se dio cuenta de la atención clavada en la paciente y el joven pasante.
Esta vez, sin poder evitarlo; Alejandra alzó la voz.
-¡Terapeuta! ¿puedo ir al baño?
-Si Lourdes, no te tardes.
Las pequeñas siguieron el juego de molestarla, mientras Alejandra sentía hervir la cara y se alejaba al baño como pretexto para ocultar su respuesta a tal escenita...
Y faltaba poco para la hora de la comida...
Amor psiquiátrico (Parte 11) - ¿Amigo?
Miércoles 9 de marzo
15:05 hrs
Pabellón de UAM
-Yo estoy aquí... porque intenté matarme con gotas de clonazepam- Decía una pequeña de piel morena y cabello rizado, mirando hacia el suelo y sentada en el sofá.
-¿Pero por qué niña?
-Tuve problemas con mi ex novio, me quería manipular, me dijo que para andar con él tenía que comenzar a fumar y tomar. Cuando me dijeron que me quería para otra cosa lo dejé... obviamente saltaron a la defensa sus amigas.
-¿Te pegaron?
-Los golpes no fueron lo que me dolió. Me dijeron que cómo Hugo puede andar con una niña babosa y fea como yo, me empujaron y me hicieron llorar... me dijeron muchas cosas.- Terminaba de contar Yahaira con lágrimas en los ojos, que curiosamente; no alteraron en lo más mínimo su tono de voz.
-Ay pequeña, tranquila... los hombres son crueles para conseguir lo que quieren.
Yahaira solamente secaba sus lágrimas y tomaba aire. El recuerdo le hacía sentir su autoestima por los suelos, pues siempre se consideró una niña cualquiera, sin ningún atriburo en particular. El rechazo de sus compañeras de clase la hacían sentirse patética, y pasó de ser una niña alegre que amaba el baile, a ser una niña retraída, tímida que apenas se preocupaba por lo que iba a vestir ese día. Por eso el internamiento no le molestaba tanto, la única opción de vestido era el pants color vino.
Después de recuperar el aliento, Yahaira preguntó:
-¿Y tú por qué estás aquí?
Alejandra tomó aire y lo dejó escapar en un suspiro mientras su mirada se desviaba. Hizo una mueca con la boca que duró los próximos tres segundos.
-¡Qué buena noticia, mi amor!-Exclamaba un chico de complexión robusta, su atuendo típico de los barrios de Iztapalapa delataba una personalidad nada noble.
-Entonces... ¿me vas a responder bien?- Preguntaba la pequeña de cabello rojizo, quien lucía una blusa color salmón y unos jeans ajustados. Su rostro se iluminaba de alegría al notar la respuesta positiva de su amor.
-¡Claro que si! Podemos vivir en casa de mi madre y yo comenzaré a trabajar para nosotros. Vamos a ser muy felices ya verás.
-¡Te amo! Gracias por tu apoyo- La pequeña abrazaba al joven, un lazo de sangre era ya el que los unía, sin embargo, ese abrazo disfrazaba una inquietud dentro del corazón de la pequeña pelirroja.
Alejandra pestañeó por un momento, como volviendo en sí. Soltó otro suspiro y volteó a mirar a su compañera Yahaira, quien esperaba una respuesta con curiosidad.
-Perdóname niña, no puedo decirte, si te cuento será volver a revivir y eso me hará recaer...
-Ok, no te preocupes...- Respondió Yahaira con una sonrisa en los labios.
-Lo que si te puedo decir- Interrumpió Alejandra -es que quedé marcada de por vida por mi ex novio.
Yahaira pensaba... es como si de pronto se diera cuenta que era algo realmente serio. En ese momento sintió que no debía saberlo.
-Paciente Yahaira, el psicólogo ya llegó.
La voz interrumpuó la conversación, para luego despedirse las dos niñas.
Alejandra se quedó sola entonces, mirando al techo; metió la mano en el bolsillo de su pants y apretujó con fuerza una hoja de papel. Su expresión deprimida cambió suplantándola una sonrisa, de nuevo mostrando ese húmedo de sus labios rojísimos.
-¿Todo bien señorita?- Interrumpía un enfermero de complexión robusta y anteojos. Su nombre era Miguel, encargado del turno de la tarde.
-Si Miguel, gracias -Respondió Alejandra, quien soltó la hoja de papel en el momento preciso.
-¿Cómo va todo con su príncipe azul?
-Ay Miguel... -Alejandra en ese momento, suspiró fingiendo desilusión. -¿cuál príncipe?
-El de la cocina, hoy los vi platicando, cuéntame niña, ¿qué pasó?.
Alejandra suspiró de nuevo, y esta vez su alegría de recordar lo sucedido en la tarde fue imposible de ocultar:
-Hola señor supervisor.
-Hola niña...
-Me gustó mucho su poema, gracias.
-Me alegra que te haya gustado.
Alejandra tomaba un sorbo de su vaso de agua, y tomando valor, se atrevió a preguntar.
-¿Yo también te gusto?
Abel, con las manos juntas y la mirada clavada a la barra, dejó escapar una respuesta positiva de su boca. No se notaba muy convencido, lo que despertó sospechas en Alejandra.
-Sí claro...
-Enserio, no me estaría arriesgando a lo tonto si no me gustaras.
Alejandra sonrió, e intentando ahogar sus palabras con agua, bebió otro trago.
-Mañana te escribo una carta, ¿vale? -Dicho esto, y Abel habiendo afirmado con la cabeza, se retiró a la mesa.
-Ay Miguel, estoy enamorada.
-Lo sabía mi niña, se le nota a kilómetros. -Sonreía Miguel, mientras se ponía cómodo en el enorme sofá junto a la pequeña paciente.
-Es super lindo enfermero.
-¿Ya lo has tratado?
-No... no mucho- contestaba Alejandra, -pero, hemos tenido... conversaciones.
En ese momento, Miguel soltó a reír discretamente, como si ya supiera de su secreto. Moviendo el brazo al descanso del sofá, continuó:
-¿Y qué clase de conversaciones señorita Alejandra?
Alejandra ingenuamente extendió la hoja de papel que apretujaba en su bolsillo, era la misma hoja de papel que Abel le extendió el día anterior.
Miguel tomó la hoja discretamente y acomodándose los anteojos, leyó en silencio. De vez en cuando sus ojos crecían mientras afirmaba con la cabeza, como sorprendido. Y tras un par de minutos, dobló la hoja y la regresó a Alejandra.
-Qué bonito poema, quien iba a decir que el pasante era tan buen escritor.
-Espero no equivocarme Miguel.
-Todo irá excelente pequeña, ya verás.
En el pabellón, parecía comenzar una amena y confiable conversación. Miguel si se caracterizaba por algo era por su confianza que inspiraba a las pacientes, a veces para bien y otras veces para mal. Y aún así, la confianza no la había perdido.
Mientras tanto, caminaba en la enorme avenida, un joven con bata. Miraba al cielo mientras caminaba con prisa hacia su destino. Las palabras y pensamientos en su mente lo traicionaban y chocaban entre sí. Todo eso imposible de esconder, pues Abel nunca fue bueno para ocultar sus sentimientos o pensamientos.
"Estás cayendo de nuevo Abel, ten cuidado, no es solo una chica más... es una paciente. ¿Estás seguro de que fue buena idea corresponderle? Qué bueno que cambié mi caligrafía, yo nunca escribo con mayúscula... qué bonita es.
'Supervisor de tu mirada', la idea es original. Solamente te pido una cosa: no me traiciones por favor."
Era Abel aquel chico... quien ya no caminaba con preocupación en el rostro. Se le miraba sonriente y feliz, recordaba sus ex amores e incluso a sus pequeñas admiradoras del hospital; y haciendo esto, pidió al cielo que no fuera una equivocación más. A pesar de tener autoestima aceptable y amar su trabajo, esta vez su felicidad era completamente distinta. Una desición interna le hizo cambiar completamente de ser serio a ser alegre una vez más: El abrir su corazón nuevamente al amor.
15:05 hrs
Pabellón de UAM
-Yo estoy aquí... porque intenté matarme con gotas de clonazepam- Decía una pequeña de piel morena y cabello rizado, mirando hacia el suelo y sentada en el sofá.
-¿Pero por qué niña?
-Tuve problemas con mi ex novio, me quería manipular, me dijo que para andar con él tenía que comenzar a fumar y tomar. Cuando me dijeron que me quería para otra cosa lo dejé... obviamente saltaron a la defensa sus amigas.
-¿Te pegaron?
-Los golpes no fueron lo que me dolió. Me dijeron que cómo Hugo puede andar con una niña babosa y fea como yo, me empujaron y me hicieron llorar... me dijeron muchas cosas.- Terminaba de contar Yahaira con lágrimas en los ojos, que curiosamente; no alteraron en lo más mínimo su tono de voz.
-Ay pequeña, tranquila... los hombres son crueles para conseguir lo que quieren.
Yahaira solamente secaba sus lágrimas y tomaba aire. El recuerdo le hacía sentir su autoestima por los suelos, pues siempre se consideró una niña cualquiera, sin ningún atriburo en particular. El rechazo de sus compañeras de clase la hacían sentirse patética, y pasó de ser una niña alegre que amaba el baile, a ser una niña retraída, tímida que apenas se preocupaba por lo que iba a vestir ese día. Por eso el internamiento no le molestaba tanto, la única opción de vestido era el pants color vino.
Después de recuperar el aliento, Yahaira preguntó:
-¿Y tú por qué estás aquí?
Alejandra tomó aire y lo dejó escapar en un suspiro mientras su mirada se desviaba. Hizo una mueca con la boca que duró los próximos tres segundos.
-¡Qué buena noticia, mi amor!-Exclamaba un chico de complexión robusta, su atuendo típico de los barrios de Iztapalapa delataba una personalidad nada noble.
-Entonces... ¿me vas a responder bien?- Preguntaba la pequeña de cabello rojizo, quien lucía una blusa color salmón y unos jeans ajustados. Su rostro se iluminaba de alegría al notar la respuesta positiva de su amor.
-¡Claro que si! Podemos vivir en casa de mi madre y yo comenzaré a trabajar para nosotros. Vamos a ser muy felices ya verás.
-¡Te amo! Gracias por tu apoyo- La pequeña abrazaba al joven, un lazo de sangre era ya el que los unía, sin embargo, ese abrazo disfrazaba una inquietud dentro del corazón de la pequeña pelirroja.
Alejandra pestañeó por un momento, como volviendo en sí. Soltó otro suspiro y volteó a mirar a su compañera Yahaira, quien esperaba una respuesta con curiosidad.
-Perdóname niña, no puedo decirte, si te cuento será volver a revivir y eso me hará recaer...
-Ok, no te preocupes...- Respondió Yahaira con una sonrisa en los labios.
-Lo que si te puedo decir- Interrumpió Alejandra -es que quedé marcada de por vida por mi ex novio.
Yahaira pensaba... es como si de pronto se diera cuenta que era algo realmente serio. En ese momento sintió que no debía saberlo.
-Paciente Yahaira, el psicólogo ya llegó.
La voz interrumpuó la conversación, para luego despedirse las dos niñas.
Alejandra se quedó sola entonces, mirando al techo; metió la mano en el bolsillo de su pants y apretujó con fuerza una hoja de papel. Su expresión deprimida cambió suplantándola una sonrisa, de nuevo mostrando ese húmedo de sus labios rojísimos.
-¿Todo bien señorita?- Interrumpía un enfermero de complexión robusta y anteojos. Su nombre era Miguel, encargado del turno de la tarde.
-Si Miguel, gracias -Respondió Alejandra, quien soltó la hoja de papel en el momento preciso.
-¿Cómo va todo con su príncipe azul?
-Ay Miguel... -Alejandra en ese momento, suspiró fingiendo desilusión. -¿cuál príncipe?
-El de la cocina, hoy los vi platicando, cuéntame niña, ¿qué pasó?.
Alejandra suspiró de nuevo, y esta vez su alegría de recordar lo sucedido en la tarde fue imposible de ocultar:
-Hola señor supervisor.
-Hola niña...
-Me gustó mucho su poema, gracias.
-Me alegra que te haya gustado.
Alejandra tomaba un sorbo de su vaso de agua, y tomando valor, se atrevió a preguntar.
-¿Yo también te gusto?
Abel, con las manos juntas y la mirada clavada a la barra, dejó escapar una respuesta positiva de su boca. No se notaba muy convencido, lo que despertó sospechas en Alejandra.
-Sí claro...
-Enserio, no me estaría arriesgando a lo tonto si no me gustaras.
Alejandra sonrió, e intentando ahogar sus palabras con agua, bebió otro trago.
-Mañana te escribo una carta, ¿vale? -Dicho esto, y Abel habiendo afirmado con la cabeza, se retiró a la mesa.
-Ay Miguel, estoy enamorada.
-Lo sabía mi niña, se le nota a kilómetros. -Sonreía Miguel, mientras se ponía cómodo en el enorme sofá junto a la pequeña paciente.
-Es super lindo enfermero.
-¿Ya lo has tratado?
-No... no mucho- contestaba Alejandra, -pero, hemos tenido... conversaciones.
En ese momento, Miguel soltó a reír discretamente, como si ya supiera de su secreto. Moviendo el brazo al descanso del sofá, continuó:
-¿Y qué clase de conversaciones señorita Alejandra?
Alejandra ingenuamente extendió la hoja de papel que apretujaba en su bolsillo, era la misma hoja de papel que Abel le extendió el día anterior.
Miguel tomó la hoja discretamente y acomodándose los anteojos, leyó en silencio. De vez en cuando sus ojos crecían mientras afirmaba con la cabeza, como sorprendido. Y tras un par de minutos, dobló la hoja y la regresó a Alejandra.
-Qué bonito poema, quien iba a decir que el pasante era tan buen escritor.
-Espero no equivocarme Miguel.
-Todo irá excelente pequeña, ya verás.
En el pabellón, parecía comenzar una amena y confiable conversación. Miguel si se caracterizaba por algo era por su confianza que inspiraba a las pacientes, a veces para bien y otras veces para mal. Y aún así, la confianza no la había perdido.
Mientras tanto, caminaba en la enorme avenida, un joven con bata. Miraba al cielo mientras caminaba con prisa hacia su destino. Las palabras y pensamientos en su mente lo traicionaban y chocaban entre sí. Todo eso imposible de esconder, pues Abel nunca fue bueno para ocultar sus sentimientos o pensamientos.
"Estás cayendo de nuevo Abel, ten cuidado, no es solo una chica más... es una paciente. ¿Estás seguro de que fue buena idea corresponderle? Qué bueno que cambié mi caligrafía, yo nunca escribo con mayúscula... qué bonita es.
'Supervisor de tu mirada', la idea es original. Solamente te pido una cosa: no me traiciones por favor."
Era Abel aquel chico... quien ya no caminaba con preocupación en el rostro. Se le miraba sonriente y feliz, recordaba sus ex amores e incluso a sus pequeñas admiradoras del hospital; y haciendo esto, pidió al cielo que no fuera una equivocación más. A pesar de tener autoestima aceptable y amar su trabajo, esta vez su felicidad era completamente distinta. Una desición interna le hizo cambiar completamente de ser serio a ser alegre una vez más: El abrir su corazón nuevamente al amor.
Amor psiquiátrico (Parte 10) - Supervisando tu mirada
Miércoles 9 de marzo
10:20 hrs.
Unidad de Adolescentes Mujeres
-(...) puede que lo quieras mucho pequeña, pero no se trata solamente de escaparse para irse a vivir con él, creo que lo que pasó te ha hecho entender eso, estás muy chiquita aún.
-Si psicólogo, he aprendido que no es el único chico con el que podría andar.
-Oh... ¿te gusta alguien más?
-Si, después de lo que pasó lo conocí, es guapo pero quizás nunca me haga caso.
-¿Por qué no? podrías intentarlo.
-¿Y si este chavo está enamorado de otra persona, es todavía posible?
-Puede ser Pamela, puede ser...- Respondía su joven psicólogo a una pequeñita de apenas 12 años.
-Gracias psicólogo, puede que lo intente.
La conversación entre Pamela y su psicólogo era una más entre las múltiples terapias personales del pabellón. No era raro que a veces los jovenes e inexpertos psicólogos terminaran entablando amistad con las chicas, que aunque era poco ético; la picardía y simpatía los terminaba persuadiendo. Y Pamela no era la excepción, su sonrisa pícara y su complexión de niña ocultaban muy bien lo que era en realidad.
Los minutos pasaban hasta que se despidieron las pequeñas de sus respectivos psicólogos, Pamela se alejó con una sonrisa en los labios hasta que se topó con su compañera y (según ella) rival: Alejandra. La expresión severa de su morena tez se rompía al mostrar una sonrisa con sus labios rojísimos y húmedos, no era la misma desde ayer en la tarde; esta vez el recuerdo que antes la deprimía, se dispersaba con una simple hoja de papel.
-¿Cómo te fue Ale?
-Muy bien, ¿y a ti?
-Bien, gracias, ¿y por qué tan feliz? ¿enamorada, desvelada o preocupada?- Al preguntar esto, Pamela mostraba su sonrisa bromista, pronto esa pregunta sería su firma particular.
Alejandra no respondió al instante mas que mostrando una sonrisa con sus dientes aperlados asomandose entre sus labios rojos. Cuando su rubor se dispersó, se atrevió a contestar.
-¿Quieres ver algo?
-A ver.
Las dos chicas corrieron hacia el enorme salón principal, donde el resto de las pacientes ya se encontraban conversando. Dejandose caer en el sofá, Alejandra sacó de entre su ropa una hoja de papel bien doblada, y se la extendió a Pamela, quien discretamente y ocultándola en el respaldo del sofá, prosiguió a leerla; y al cabo de un par de minutos mostró su expresión sorpresiva en su rostro, que intentó cubrir con la mano en la boca.
-¡Está lindísimo! ¿es de...?
-De Abel. Me lo dio ayer.
-¿Es tu novio?- Preguntaba Pamela sorprendida, pero sin levantar la voz.
-No, o no sé... pero lo será.
Al escuchar esto, Pamela mostró una expresión desafiante, nada agresiva, mas bien alegre. Ocultando la carta detras de su lugar de asiento, abrió la boca para decir:
-Te apuesto a que te lo bajo.
-Claro Pamela, ¿apostamos?
-Si te lo bajo...-contestaba Pamela, ahora con un acento arrogante.
En las manos de la pequeña Pamela descansaba una carta mientras las dos niñas discutían. Un poema escrito en verso. Era tan explícito y comprometedor que confundía hasta al mismísimo autor, un chico de sonrisa juvenil y corte que hacía juego con esa bata tan formal. Parecería increíble que tan sonriente y juguetón joven fuera tan sentimental.
Nos miramos con indiferencia
al encontrarnos en la mañana
de lejos notas mi presencia
pero no decimos nada.
Una mirada basta
para lograr sonreír
has alegrado mi día
con esos ojos que se clavan
como espada de faquir.
Y buscamos un pretexto
el que sea...
para acercarnos
tentados por lo prohibido
de que nos vean juntos hablando.
Si encerrada no estuvieras,
ni yo fuera un simple empleado,
si no fueran enfermeras
las que te están vigilando
nuestros labios jugarían
en vez de solo mirarnos.
Por ahora me conformo
con arrancarte una sonrisa
sonrisa que cada mañana
alegra el resto del día.
Y este día llega a su fin
dormiré anhelando ser tu almohada
pues por ahora solo puedo ser
el SUPERVISOR DE TU MIRADA.
Las dos chiquillas lo tomaron como un juego más. En vez de declaración de guerra parecían seguir en unidad, a pesar que los confrontamientos eran comunes en el pabellón. Alejandra no era amiga de Pamela como lo era con Gaby, a quien de cariño le decía "Yuya"; pero sin embargo tampoco era alguien a quien consideraba enemiga, como a la malcriada Cristal.
Inmediatamente se rompió el ambiente de convivencia la hora de la comida, Abel ya cruzaba la puerta del pabellón y se dirigía con la mirada clavada al suelo, hacia la cocina. Al mirarlo, Alejandra apoyó su rostro en el respaldo del sofá como intentando ocultarse. Pamela hizo lo mismo, quien al mirar a Abel, soltó un suspiro.
-Ay, ustedes y su supervisor...- Exclamaba Yahaira desde el otro extremo del sofá, quien apenas despertaba de su siesta al escuchar el llamado para la comida por parte de las enfermeras.
Yahaira era una niña de 14 años, tez morena y cabello rizado oscuro. Era ese caso en el que el patrón se rompe, pues en vez de ser alocada y atrevida como las chicas de su edad (y particularmente, las del pabellón), Yahaira era tímida y callada. En vez de acostumbrar hablar de lo atractivos que eran los enfermeros -o el supervisor-, prefería dormir. Esto le traía constantemente problemas con los médicos, quienes interpretaban esa somnolencia como síntoma de agravamiento de su depresión.
-¿Apoco no está bien guapo Yahaira? -Preguntaba Pamela a una somnolienta Yahaira.
-Pues...-decía Yahaira, haciendo una mueca característica con su labio superior, -si... pero siempre diciendo lo mismo.
Alejandra y Pamela solamente sonrieron y corrieron a la barra, donde las charolas estaban ya servidas.
"Que no me toque el supervisor...". Rogaba pensando Alejandra, pues a pesar de sentir algo especial hacia el chico de la cocina, la vergüenza podría traicionarla. Y en vano fue, pues la charola del día se la acercaba Abel, quien lucía ese día una camisa color salmón con rayas rojas, que era resaltada por su acostumbrada bata blanca. El joven al notar la presencia de la pequeña, también agachó la mirada, apenas asomandola para no tirar la comida.
-Hola señor supervisor- Saludó Alejandra seriamente y sin atreverse a mirar a los ojos a Abel.
-Hola niña- Respondía Abel, quien al escuchar "supervisor", notó que ya había leído la hoja de papel que le dio hace apenas 24 horas.
Quizás las intenciones de Abel fueron mal interpretadas. Quizás realmente se sintió atraído hacia la pequeña paciente. Pero una cosa era segura: El torbellino de sucesos apenas comenzaba...
10:20 hrs.
Unidad de Adolescentes Mujeres
-(...) puede que lo quieras mucho pequeña, pero no se trata solamente de escaparse para irse a vivir con él, creo que lo que pasó te ha hecho entender eso, estás muy chiquita aún.
-Si psicólogo, he aprendido que no es el único chico con el que podría andar.
-Oh... ¿te gusta alguien más?
-Si, después de lo que pasó lo conocí, es guapo pero quizás nunca me haga caso.
-¿Por qué no? podrías intentarlo.
-¿Y si este chavo está enamorado de otra persona, es todavía posible?
-Puede ser Pamela, puede ser...- Respondía su joven psicólogo a una pequeñita de apenas 12 años.
-Gracias psicólogo, puede que lo intente.
La conversación entre Pamela y su psicólogo era una más entre las múltiples terapias personales del pabellón. No era raro que a veces los jovenes e inexpertos psicólogos terminaran entablando amistad con las chicas, que aunque era poco ético; la picardía y simpatía los terminaba persuadiendo. Y Pamela no era la excepción, su sonrisa pícara y su complexión de niña ocultaban muy bien lo que era en realidad.
Los minutos pasaban hasta que se despidieron las pequeñas de sus respectivos psicólogos, Pamela se alejó con una sonrisa en los labios hasta que se topó con su compañera y (según ella) rival: Alejandra. La expresión severa de su morena tez se rompía al mostrar una sonrisa con sus labios rojísimos y húmedos, no era la misma desde ayer en la tarde; esta vez el recuerdo que antes la deprimía, se dispersaba con una simple hoja de papel.
-¿Cómo te fue Ale?
-Muy bien, ¿y a ti?
-Bien, gracias, ¿y por qué tan feliz? ¿enamorada, desvelada o preocupada?- Al preguntar esto, Pamela mostraba su sonrisa bromista, pronto esa pregunta sería su firma particular.
Alejandra no respondió al instante mas que mostrando una sonrisa con sus dientes aperlados asomandose entre sus labios rojos. Cuando su rubor se dispersó, se atrevió a contestar.
-¿Quieres ver algo?
-A ver.
Las dos chicas corrieron hacia el enorme salón principal, donde el resto de las pacientes ya se encontraban conversando. Dejandose caer en el sofá, Alejandra sacó de entre su ropa una hoja de papel bien doblada, y se la extendió a Pamela, quien discretamente y ocultándola en el respaldo del sofá, prosiguió a leerla; y al cabo de un par de minutos mostró su expresión sorpresiva en su rostro, que intentó cubrir con la mano en la boca.
-¡Está lindísimo! ¿es de...?
-De Abel. Me lo dio ayer.
-¿Es tu novio?- Preguntaba Pamela sorprendida, pero sin levantar la voz.
-No, o no sé... pero lo será.
Al escuchar esto, Pamela mostró una expresión desafiante, nada agresiva, mas bien alegre. Ocultando la carta detras de su lugar de asiento, abrió la boca para decir:
-Te apuesto a que te lo bajo.
-Claro Pamela, ¿apostamos?
-Si te lo bajo...-contestaba Pamela, ahora con un acento arrogante.
En las manos de la pequeña Pamela descansaba una carta mientras las dos niñas discutían. Un poema escrito en verso. Era tan explícito y comprometedor que confundía hasta al mismísimo autor, un chico de sonrisa juvenil y corte que hacía juego con esa bata tan formal. Parecería increíble que tan sonriente y juguetón joven fuera tan sentimental.
Nos miramos con indiferencia
al encontrarnos en la mañana
de lejos notas mi presencia
pero no decimos nada.
Una mirada basta
para lograr sonreír
has alegrado mi día
con esos ojos que se clavan
como espada de faquir.
Y buscamos un pretexto
el que sea...
para acercarnos
tentados por lo prohibido
de que nos vean juntos hablando.
Si encerrada no estuvieras,
ni yo fuera un simple empleado,
si no fueran enfermeras
las que te están vigilando
nuestros labios jugarían
en vez de solo mirarnos.
Por ahora me conformo
con arrancarte una sonrisa
sonrisa que cada mañana
alegra el resto del día.
Y este día llega a su fin
dormiré anhelando ser tu almohada
pues por ahora solo puedo ser
el SUPERVISOR DE TU MIRADA.
Las dos chiquillas lo tomaron como un juego más. En vez de declaración de guerra parecían seguir en unidad, a pesar que los confrontamientos eran comunes en el pabellón. Alejandra no era amiga de Pamela como lo era con Gaby, a quien de cariño le decía "Yuya"; pero sin embargo tampoco era alguien a quien consideraba enemiga, como a la malcriada Cristal.
Inmediatamente se rompió el ambiente de convivencia la hora de la comida, Abel ya cruzaba la puerta del pabellón y se dirigía con la mirada clavada al suelo, hacia la cocina. Al mirarlo, Alejandra apoyó su rostro en el respaldo del sofá como intentando ocultarse. Pamela hizo lo mismo, quien al mirar a Abel, soltó un suspiro.
-Ay, ustedes y su supervisor...- Exclamaba Yahaira desde el otro extremo del sofá, quien apenas despertaba de su siesta al escuchar el llamado para la comida por parte de las enfermeras.
Yahaira era una niña de 14 años, tez morena y cabello rizado oscuro. Era ese caso en el que el patrón se rompe, pues en vez de ser alocada y atrevida como las chicas de su edad (y particularmente, las del pabellón), Yahaira era tímida y callada. En vez de acostumbrar hablar de lo atractivos que eran los enfermeros -o el supervisor-, prefería dormir. Esto le traía constantemente problemas con los médicos, quienes interpretaban esa somnolencia como síntoma de agravamiento de su depresión.
-¿Apoco no está bien guapo Yahaira? -Preguntaba Pamela a una somnolienta Yahaira.
-Pues...-decía Yahaira, haciendo una mueca característica con su labio superior, -si... pero siempre diciendo lo mismo.
Alejandra y Pamela solamente sonrieron y corrieron a la barra, donde las charolas estaban ya servidas.
"Que no me toque el supervisor...". Rogaba pensando Alejandra, pues a pesar de sentir algo especial hacia el chico de la cocina, la vergüenza podría traicionarla. Y en vano fue, pues la charola del día se la acercaba Abel, quien lucía ese día una camisa color salmón con rayas rojas, que era resaltada por su acostumbrada bata blanca. El joven al notar la presencia de la pequeña, también agachó la mirada, apenas asomandola para no tirar la comida.
-Hola señor supervisor- Saludó Alejandra seriamente y sin atreverse a mirar a los ojos a Abel.
-Hola niña- Respondía Abel, quien al escuchar "supervisor", notó que ya había leído la hoja de papel que le dio hace apenas 24 horas.
Quizás las intenciones de Abel fueron mal interpretadas. Quizás realmente se sintió atraído hacia la pequeña paciente. Pero una cosa era segura: El torbellino de sucesos apenas comenzaba...
martes, 24 de enero de 2012
Amor psiquiátrico (Parte 9) - Dime que me quieres
Martes 8 de marzo
Jardines
13:05
La tarde era calurosa en la ciudad. Y particularmente, en el hospital psiquiátrico; los pasillos exteriores eran protegidos del sol por estar peculiarmente techados: Cruzaban un pequeño e improvisado jardincito de césped y el techado era sostenido por columnas discretas. Ahí buscaban refugio del sol las pequeñas células de pacientes con visitas: Eran jovencitas con el ya conocido uniforme color vino acompañadas de sus familias, casi siempre madre y/o padre y uno que otro desconocido; a veces novio, a veces hermano, o amigo...
A diferencia de las demás, refugiándose del sol junto al muro limitante del hospital; se encontraba una jovencita de estatura pequeña, cabello rojizo y tez morena; era Alejandra, quien ya parecía platicar de forma normal ante su madre con la enorme cicatriz cortante en el rostro, y otro joven, de una edad que rondaba los 20 años.
-Qué lástima que pensaras eso Ale...- reprochaba la mujer.
-No me agrada eso mami, perdón...
-Podríamos comenzar de cero, ¿no crees?
-En cuanto salga de aquí lo intentaré- Contestaba la niña después de un breve suspiro mientras jugaba con el césped.
-Dios te ama hija, estoy seguro que volverá a unirnos como ya lo hizo una vez- terminó la mujer.
De pronto, un silencio incómodo inundó el ambiente, acompañado de una suave brisa que refrescó el ardiente clima. Alejandra alzó la mirada en dirección a una pequeña ventanilla de la que salía vapor. Mientras a lo lejos; un hombre vestido de blanco con una cofia en la cabeza ordenaba unos botes vacíos.
-¿Sabes algo mamá?- Dijo Alejandra, dando inicio a la reconciliación con su madre. -Conocí a un amigo nuevo, es el supervisor.
-¿Ah si?- Preguntó curiosa la madre -¿Y qué traes con él, eh?- volvió a preguntar, esta vez bromista.
-Nada mami- Responde Alejandra sonriendo y agachando la mirada, -es mi amigo, es muy buena onda, alegre... guapo.
-¿Te gusta, verdad?- Pregunta la madre nuevamente, sin dejar su lado bromista.
-¡No mamá! es mi amigo nada más- Contestó bajando la voz la pequeña, después como buscando algo perdido entre el césped.
Buscando encontró de inmediato, una bolsa en la que venía guardado un tamal. Inmediatamente la tomó y se puso de pie, como escapando de la conversación.
-Ahorita vengo, voy a tirar la basura que está prohibido dejarla aquí.
Su madre no dijo nada, y el joven que la acompañaba había estado callado desde que llegaron. Mientras, Alejandra aún agachaba la mirada y de pronto la alzó buscando el bote de basura más próximo -a 10 metros, encima del pasillo techado-. Y ahí con el bote, apoyado en un pilar azul, un joven conocido leyendo una hoja de papel y vestido de camisa azul con salmón debajo de una bata blanca.
"Dios mío, es..." Ni siquiera terminando de articular pensamiento, Abel levantó la mirada. Alejandra se sentía morir de vergüenza al mirar al chico, por lo que reaccionó diferente al acercarse él a decir "hola": Dijo un "nos observan", Abel se alejó a la cocineta, y Alejandra prosiguió a tirar la basura.
"Condenada doctora..." pensaba, "si no hubiera estado acá...".
La pequeña regresaba con su madre, sin dejar de mirar a su psicóloga que se alejaba en el pasillo. Y al llegar, no pasó ni un minuto cuando se dio la orden de visita terminada.
-Te vengo a ver el viernes Ale.
-Si mami, gracias.
-Espero que te agradara este día para ti Ale, te quiero- dijo esta vez el joven acompañante, seguido de un abrazo entre los tres.
Emprendiendo el paso de vuelta a ese triste pabellón, Alejandra se despidió de su madre en la puerta. Y después, con los ojos húmedos, caminó hacia la barra de la cocineta, esperando ya contar con su nuevo amigo.
-Hola chicas- Se escuchó retumbando la voz del joven saludando a las compañeras. Seguido de un saludo en respuesta.
Alejandra caminó hacia la ventana de cocina, con las manos en los bolsillos. Al llegar con Abel, lo miró y lo saludó.
-Hola.
-Hola- Contestó Abel, muy diferente al resto de las chicas.
-Toma esto, te lo regalo- Extendió la mano con un portarretratos hecho de fomi y abatelenguas. Estaba pintado de color azul y adornado con diamantina.
-Gracias- Contestó Abel, quien de la sorpresa, ocultó en su bata el presente, sin dejar de notar un papel color azul debajo de él.
Alejandra se alejó al instante después de tomar su charola. Por mientras, Abel preso de curiosidad se ocultó entre el muro de la cocineta. Comenzó a desdoblar el papel, que al primer desdoblez, reveló un mensaje:
"De: una niña que te quiere mucho y has hecho inmensamente feliz"
Al instante, Abel dejó escapar una sonrisa, para seguir con el segundo desdoblez, que reveló otro mensaje:
"Para: El chico que me ha robado el sueño y cuando lo veo me río y me sonrojo, te quiero mucho"
Esta vez, mostrando una sonrisa más notoria; Abel no pudo evitar emocionarse como niño pequeño. Preso ya de la curiosidad, siguió desdoblando, cuidando de no ser visto por su compañera de cocina: Monica.
"Primero que todo espero que estes bien. Quisiera decirte que desde que te conocio me caiste muy bien y me gustaste mucho, te me haces un chavo muy alegre y lindo y te quiero muchisimo. Pero tambien quisiera que me digas sinceramente si quieres algo serio conmigo o solo una amistad pues no me gustaria que jugaras con mis sentimientos. Asi que dime lo que piensas de esto y si de verdad te gustaria que siguieramos teniendo contacto o solo soy un pasatiempo.
Te quiero mucho, cuidate mucho
Ale" (sic).
El mensaje era claro, doblando la carta y aún sonriendo de alegría; Abel dejó de pensar lógicamente, ahora solo había una verdad: "Le gusto, me gusta".
Metiendo las manos en los bolsillos, caminó hacia la ventanilla apretujando con la mano un papel ya no blanco, sino rojo.
"Sabía que al final éste, terminaría siendo para ti". Pensaba Abel para sí mismo, mientras miraba cómo se acercaba Alejandra hacia él, y recordando el momento en el que escribió sobre la hoja blanca.
-¿Y bien?- Preguntó de nuevo curiosa la jovencita, nuevamente disimulando con su vaso de agua.
-Tengo algo para ti- Contestó el chico, mostrando la carta oculta en su manga blanca. La cual deslizó al ras de la barra hacia la mano de la niña. -Cuídala por favor, no se la enseñes a nadie.
-No te preocupes, gracias.
Se alejaba Alejandra, no sin antes rozar sus dedos con los de su ya enamorado. Y, como la vez pasada; se alejó a prisa al baño. Donde comenzó a leer esa carta tan esperada...
Jardines
13:05
La tarde era calurosa en la ciudad. Y particularmente, en el hospital psiquiátrico; los pasillos exteriores eran protegidos del sol por estar peculiarmente techados: Cruzaban un pequeño e improvisado jardincito de césped y el techado era sostenido por columnas discretas. Ahí buscaban refugio del sol las pequeñas células de pacientes con visitas: Eran jovencitas con el ya conocido uniforme color vino acompañadas de sus familias, casi siempre madre y/o padre y uno que otro desconocido; a veces novio, a veces hermano, o amigo...
A diferencia de las demás, refugiándose del sol junto al muro limitante del hospital; se encontraba una jovencita de estatura pequeña, cabello rojizo y tez morena; era Alejandra, quien ya parecía platicar de forma normal ante su madre con la enorme cicatriz cortante en el rostro, y otro joven, de una edad que rondaba los 20 años.
-Qué lástima que pensaras eso Ale...- reprochaba la mujer.
-No me agrada eso mami, perdón...
-Podríamos comenzar de cero, ¿no crees?
-En cuanto salga de aquí lo intentaré- Contestaba la niña después de un breve suspiro mientras jugaba con el césped.
-Dios te ama hija, estoy seguro que volverá a unirnos como ya lo hizo una vez- terminó la mujer.
De pronto, un silencio incómodo inundó el ambiente, acompañado de una suave brisa que refrescó el ardiente clima. Alejandra alzó la mirada en dirección a una pequeña ventanilla de la que salía vapor. Mientras a lo lejos; un hombre vestido de blanco con una cofia en la cabeza ordenaba unos botes vacíos.
-¿Sabes algo mamá?- Dijo Alejandra, dando inicio a la reconciliación con su madre. -Conocí a un amigo nuevo, es el supervisor.
-¿Ah si?- Preguntó curiosa la madre -¿Y qué traes con él, eh?- volvió a preguntar, esta vez bromista.
-Nada mami- Responde Alejandra sonriendo y agachando la mirada, -es mi amigo, es muy buena onda, alegre... guapo.
-¿Te gusta, verdad?- Pregunta la madre nuevamente, sin dejar su lado bromista.
-¡No mamá! es mi amigo nada más- Contestó bajando la voz la pequeña, después como buscando algo perdido entre el césped.
Buscando encontró de inmediato, una bolsa en la que venía guardado un tamal. Inmediatamente la tomó y se puso de pie, como escapando de la conversación.
-Ahorita vengo, voy a tirar la basura que está prohibido dejarla aquí.
Su madre no dijo nada, y el joven que la acompañaba había estado callado desde que llegaron. Mientras, Alejandra aún agachaba la mirada y de pronto la alzó buscando el bote de basura más próximo -a 10 metros, encima del pasillo techado-. Y ahí con el bote, apoyado en un pilar azul, un joven conocido leyendo una hoja de papel y vestido de camisa azul con salmón debajo de una bata blanca.
"Dios mío, es..." Ni siquiera terminando de articular pensamiento, Abel levantó la mirada. Alejandra se sentía morir de vergüenza al mirar al chico, por lo que reaccionó diferente al acercarse él a decir "hola": Dijo un "nos observan", Abel se alejó a la cocineta, y Alejandra prosiguió a tirar la basura.
"Condenada doctora..." pensaba, "si no hubiera estado acá...".
La pequeña regresaba con su madre, sin dejar de mirar a su psicóloga que se alejaba en el pasillo. Y al llegar, no pasó ni un minuto cuando se dio la orden de visita terminada.
-Te vengo a ver el viernes Ale.
-Si mami, gracias.
-Espero que te agradara este día para ti Ale, te quiero- dijo esta vez el joven acompañante, seguido de un abrazo entre los tres.
Emprendiendo el paso de vuelta a ese triste pabellón, Alejandra se despidió de su madre en la puerta. Y después, con los ojos húmedos, caminó hacia la barra de la cocineta, esperando ya contar con su nuevo amigo.
-Hola chicas- Se escuchó retumbando la voz del joven saludando a las compañeras. Seguido de un saludo en respuesta.
Alejandra caminó hacia la ventana de cocina, con las manos en los bolsillos. Al llegar con Abel, lo miró y lo saludó.
-Hola.
-Hola- Contestó Abel, muy diferente al resto de las chicas.
-Toma esto, te lo regalo- Extendió la mano con un portarretratos hecho de fomi y abatelenguas. Estaba pintado de color azul y adornado con diamantina.
-Gracias- Contestó Abel, quien de la sorpresa, ocultó en su bata el presente, sin dejar de notar un papel color azul debajo de él.
Alejandra se alejó al instante después de tomar su charola. Por mientras, Abel preso de curiosidad se ocultó entre el muro de la cocineta. Comenzó a desdoblar el papel, que al primer desdoblez, reveló un mensaje:
"De: una niña que te quiere mucho y has hecho inmensamente feliz"
Al instante, Abel dejó escapar una sonrisa, para seguir con el segundo desdoblez, que reveló otro mensaje:
"Para: El chico que me ha robado el sueño y cuando lo veo me río y me sonrojo, te quiero mucho"
Esta vez, mostrando una sonrisa más notoria; Abel no pudo evitar emocionarse como niño pequeño. Preso ya de la curiosidad, siguió desdoblando, cuidando de no ser visto por su compañera de cocina: Monica.
"Primero que todo espero que estes bien. Quisiera decirte que desde que te conocio me caiste muy bien y me gustaste mucho, te me haces un chavo muy alegre y lindo y te quiero muchisimo. Pero tambien quisiera que me digas sinceramente si quieres algo serio conmigo o solo una amistad pues no me gustaria que jugaras con mis sentimientos. Asi que dime lo que piensas de esto y si de verdad te gustaria que siguieramos teniendo contacto o solo soy un pasatiempo.
Te quiero mucho, cuidate mucho
Ale" (sic).
El mensaje era claro, doblando la carta y aún sonriendo de alegría; Abel dejó de pensar lógicamente, ahora solo había una verdad: "Le gusto, me gusta".
Metiendo las manos en los bolsillos, caminó hacia la ventanilla apretujando con la mano un papel ya no blanco, sino rojo.
"Sabía que al final éste, terminaría siendo para ti". Pensaba Abel para sí mismo, mientras miraba cómo se acercaba Alejandra hacia él, y recordando el momento en el que escribió sobre la hoja blanca.
-¿Y bien?- Preguntó de nuevo curiosa la jovencita, nuevamente disimulando con su vaso de agua.
-Tengo algo para ti- Contestó el chico, mostrando la carta oculta en su manga blanca. La cual deslizó al ras de la barra hacia la mano de la niña. -Cuídala por favor, no se la enseñes a nadie.
-No te preocupes, gracias.
Se alejaba Alejandra, no sin antes rozar sus dedos con los de su ya enamorado. Y, como la vez pasada; se alejó a prisa al baño. Donde comenzó a leer esa carta tan esperada...
domingo, 22 de enero de 2012
Amor psiquiátrico (Parte 8) - Una respuesta improvisada
Lunes 7 de marzo
Cocina
10:00 am
"El fin de semana pasó volando y ni siquiera sé qué hacer, no sé por qué me puse nervioso, es solamente una niña confundida y enamoradiza"- Abel, cuya fisonomía era cubierta por una cofia de cocina y un cubrebocas; pensaba aún en un tema que le había quitado la tranquilidad durante un par de días.
"Es bonita; y sin embargo debe haber una razón del por qué se encuentra acá".
La pugna interna entre el joven y su conciencia no era pretexto para cumplir con el deber de ser profesional, y eso incluía la ética. Él lo sabía, y lo pensaba mientras limpiaba los restos de comida en el termómetro de cocina.
-¿Te dejó pensando una niña verdad?- Preguntó sorpresivamente Rosa, la auxiliar de cocina que acostumbraba bromear con Abel sobre mujeres.
-Eh... no, es que anoche no dormí y ando desvelado- Replicó Abel, guardando el termómetro en su estuche.
-Si claro, ahora así se le dice, ¿verdad? eso te pasa por loco- Continuaba la broma la señora Rosa mientras terminaba de vaciar la sopa caliente en el contenedor de comida.
Abel solamente sonrió a la señora, mientras por dentro seguía pensando en la incómoda situación de la semana pasada. Luego, se retiró hasta el asiento de su oficina, donde tomó una hoja en blanco como queriendo escribir, pero en vez de eso llegó a su mente una situación muy similar de hace un par de meses.
Era Nidia, el color de su cabello era igual al de Alejandra y tenían casi la misma edad, solo que en vez de Alejandra, era de tez clara y un poco más alta, su semblante no era tan severo además. Nidia era una chica especial, pues era la única que agachaba la cabeza levantando los ojos cada vez que él cruzaba la puerta del pabellón, para luego tímidamente sonreír y dejar escapar un "hola". Abel mientras, cortesmente devolvía el saludo.
-¿Hoy estuvo bien el servicio enfermero?- Preguntaba Abel a un corpulento enfermero Pedro.
-Si, gracias.
-Oye... -interrumpía una niña de cabello rojizo, -¿por qué dejas que Fabiola te maltrate?
-No me maltrata- Respondía sorprendido Abel.
-¿Ah no?
-No...
-Oye amigo, ¿eres casado?- Interrumpía otra voz, era Fabiola, la chiquilla bipolar de 13 años.
-No Fabiola, y tampoco tengo hijos- Contestó Abel, sonriendo y ya un poco ruborizado.
Dicho esto, se despidió aún con la voz de Fabiola y otras chicas haciendo preguntas acerca de su situación sentimental y personal. Él simplemente agachó la cabeza, y sonrojado se retiraba hasta la puerta.
"Me caía bien, qué bueno que ya no regresó a este lugar tan deprimente". Pensó Abel ya de regreso de su recuerdo. Mientras tanto, su mirada seguía su mano escribiendo sobre la hoja de papel.
Y así pasó el día hasta la una de la tarde, hora de la comida. Abel dobló la hoja y la guardó en su bata para leerla más tarde, era costumbre suya leer sus ensayos con la cabeza "fría" y autocriticar sus obras. Hecho esto, se dirigió al pabellón.
En el camino, los nervios le mataban al recordar la supuesta promesa de una respuesta a Alejandra, sin darse cuenta de cuando pasó, ya estaba cruzando la puerta.
-Buenas tardes. Saludaron mutuamente el chico y la guardia de seguridad al abrirse la puerta. Y al entrar, buscó en vano a Alejandra con la mirada, no se encontraba visible...
"¿Por qué le dije eso? ¿que no era mejor alejarse?". Pensaba mientras resignado de su búsqueda visual, se dirigía hacia la cocineta.
-Hola Maricela...
-Hola Abel.
"¿En qué estaba pensando?". Sacaba Abel la hoja de su bolsillo y proseguía a leerla recargado en la barra de la cocineta. Sin siquiera darse cuenta que las charolas estaban ya servidas, pues se le había hecho tarde.
-¿Yo escribí esto?- Dijo para sí mismo Abel al leer los párrafos en su hoja. Inmediatamente la dobló cuando miró a Alejandra que apareció sorpresivamente, agachando los ojos y sonriendo. Hecho esto, bebió un sorbo y rompió el silencio.
-¿Y bien?
-¿Y bien qué?
Alejandra suspiró con una expresión frustrada, y le recordó su promesa de respuesta. Miró a Abel, quien sostenía una hoja blanca en la mano.
-La respuesta, si, perdón, estoy un poco distraído- contestó el chico sonriendo de nervios.
-¿Y entonces?-Volvió a preguntar ansiosa Alejandra.
-Chicas, a formarse ya- interrumpió una voz de enfermera retumbando en el pabellón.
Volteó sorprendida la pequeña, disimulando con su característico vaso en la boca, quien regresó la mirada a su joven supervisor diciendole en voz baja:
-Escribeme algo, por favor.
La niña se alejó un poco para mezclarse con las otras chicas. Y realizando el mismo ritual, entregó Abel la ración diaria a cada una de las pacientes.
"No se le va a olvidar" pensaba el chico, quien apretujaba su bolígrafo guardado en su bolsillo de la bata. Tomó después una servilleta en la que pensó escribir.
"Qué linda es", pensó nuevamente mientras miraba su labio inferior que mordía sonriente por la plática con sus amigas. Lentamente se deslizaba entre sus dientes blancos, dejandole un rastro húmedo que resaltaba aún más el color rojizo de sus labios.
Prosiguiendo a escribir, ahora solo pensaba en Alejandra no como paciente. Sonrió y escribió un breve recado en la servilleta:
"me agradas, espero que sigamos teniendo contacto"
Tiempo suficiente, cuando Alejandra se acercaba nuevamente a la barra para "rellenar su vaso". No se atrevía a alzar la mirada, solamente lo llenaba, esperando la primer palabra del joven.
-Ya lo tengo- contestó el chico, mostrando un trozo de papel blanco debajo de su mano derecha.
-No se lo enseñes a nadie y ten mucho cuidado por favor- complementó.
-Claro que si...-respondió la jovencita, haciendo notorio lo obvio, y ocultando hábilmente su servilleta dentro de su manga.
Después de eso, se alejó sin decir más, como si solo esperara ese momento. Abel observaba desde la ventana a la niña que se sentaba y ocultando con las manos la servilleta, comenzó a leer.
"¿Qué estoy haciendo?" Preguntaba Abel, ya más convencido que confundido.
"Me roba la atención tu manera de mirarme y tu disimulo cuando platicamos. Ni idea del por qué estás aquí, tal vez algún día lo sepa, pero por el momento puedo dedicarme a contemplar en secreto -muy en secreto- tu mirada. Anhelaría tanto una oportunidad de conversar en privado contigo, me caes bien..."
-Yo también te gusto, ¿verdad?- interrumpió Alejandra, nuevamente rellenando el vaso ya vacío.
-... si- responde Abel, después de un breve silencio seguido de un corto suspiro.
-Si claro- Alejandra decía, aún incrédula a la respuesta del joven.
-Es enserio niña- contestó el chico, ya más convencido de lo que en verdad sentía, -si no fuera así, ¿por qué me arriesgaría a escribirte? creeme, siento algo por ti.
-Mañana te escribo una carta, ¿vale?- dijo Alejandra, apretando los labios y mostrando ya una expresión de alegría.
-Ok, yo te daré algo también.
Dicho esto, la niña se alejó con paso ágil y veloz a su silla, como saltando de alegría.
-Trabajo terminado Mari- dijo Abel después de un silencio considerable, mientras proseguía a alejarse para salir del pabellón.
-Si, gracias niño.
En realidad no se refería al trabajo de pabellón. La visita fue exclusiva para cumplir su prometida respuesta. Esa fue su labor, y al día siguiente seguiría igual.
Cocina
10:00 am
"El fin de semana pasó volando y ni siquiera sé qué hacer, no sé por qué me puse nervioso, es solamente una niña confundida y enamoradiza"- Abel, cuya fisonomía era cubierta por una cofia de cocina y un cubrebocas; pensaba aún en un tema que le había quitado la tranquilidad durante un par de días.
"Es bonita; y sin embargo debe haber una razón del por qué se encuentra acá".
La pugna interna entre el joven y su conciencia no era pretexto para cumplir con el deber de ser profesional, y eso incluía la ética. Él lo sabía, y lo pensaba mientras limpiaba los restos de comida en el termómetro de cocina.
-¿Te dejó pensando una niña verdad?- Preguntó sorpresivamente Rosa, la auxiliar de cocina que acostumbraba bromear con Abel sobre mujeres.
-Eh... no, es que anoche no dormí y ando desvelado- Replicó Abel, guardando el termómetro en su estuche.
-Si claro, ahora así se le dice, ¿verdad? eso te pasa por loco- Continuaba la broma la señora Rosa mientras terminaba de vaciar la sopa caliente en el contenedor de comida.
Abel solamente sonrió a la señora, mientras por dentro seguía pensando en la incómoda situación de la semana pasada. Luego, se retiró hasta el asiento de su oficina, donde tomó una hoja en blanco como queriendo escribir, pero en vez de eso llegó a su mente una situación muy similar de hace un par de meses.
Era Nidia, el color de su cabello era igual al de Alejandra y tenían casi la misma edad, solo que en vez de Alejandra, era de tez clara y un poco más alta, su semblante no era tan severo además. Nidia era una chica especial, pues era la única que agachaba la cabeza levantando los ojos cada vez que él cruzaba la puerta del pabellón, para luego tímidamente sonreír y dejar escapar un "hola". Abel mientras, cortesmente devolvía el saludo.
-¿Hoy estuvo bien el servicio enfermero?- Preguntaba Abel a un corpulento enfermero Pedro.
-Si, gracias.
-Oye... -interrumpía una niña de cabello rojizo, -¿por qué dejas que Fabiola te maltrate?
-No me maltrata- Respondía sorprendido Abel.
-¿Ah no?
-No...
-Oye amigo, ¿eres casado?- Interrumpía otra voz, era Fabiola, la chiquilla bipolar de 13 años.
-No Fabiola, y tampoco tengo hijos- Contestó Abel, sonriendo y ya un poco ruborizado.
Dicho esto, se despidió aún con la voz de Fabiola y otras chicas haciendo preguntas acerca de su situación sentimental y personal. Él simplemente agachó la cabeza, y sonrojado se retiraba hasta la puerta.
"Me caía bien, qué bueno que ya no regresó a este lugar tan deprimente". Pensó Abel ya de regreso de su recuerdo. Mientras tanto, su mirada seguía su mano escribiendo sobre la hoja de papel.
Y así pasó el día hasta la una de la tarde, hora de la comida. Abel dobló la hoja y la guardó en su bata para leerla más tarde, era costumbre suya leer sus ensayos con la cabeza "fría" y autocriticar sus obras. Hecho esto, se dirigió al pabellón.
En el camino, los nervios le mataban al recordar la supuesta promesa de una respuesta a Alejandra, sin darse cuenta de cuando pasó, ya estaba cruzando la puerta.
-Buenas tardes. Saludaron mutuamente el chico y la guardia de seguridad al abrirse la puerta. Y al entrar, buscó en vano a Alejandra con la mirada, no se encontraba visible...
"¿Por qué le dije eso? ¿que no era mejor alejarse?". Pensaba mientras resignado de su búsqueda visual, se dirigía hacia la cocineta.
-Hola Maricela...
-Hola Abel.
"¿En qué estaba pensando?". Sacaba Abel la hoja de su bolsillo y proseguía a leerla recargado en la barra de la cocineta. Sin siquiera darse cuenta que las charolas estaban ya servidas, pues se le había hecho tarde.
-¿Yo escribí esto?- Dijo para sí mismo Abel al leer los párrafos en su hoja. Inmediatamente la dobló cuando miró a Alejandra que apareció sorpresivamente, agachando los ojos y sonriendo. Hecho esto, bebió un sorbo y rompió el silencio.
-¿Y bien?
-¿Y bien qué?
Alejandra suspiró con una expresión frustrada, y le recordó su promesa de respuesta. Miró a Abel, quien sostenía una hoja blanca en la mano.
-La respuesta, si, perdón, estoy un poco distraído- contestó el chico sonriendo de nervios.
-¿Y entonces?-Volvió a preguntar ansiosa Alejandra.
-Chicas, a formarse ya- interrumpió una voz de enfermera retumbando en el pabellón.
Volteó sorprendida la pequeña, disimulando con su característico vaso en la boca, quien regresó la mirada a su joven supervisor diciendole en voz baja:
-Escribeme algo, por favor.
La niña se alejó un poco para mezclarse con las otras chicas. Y realizando el mismo ritual, entregó Abel la ración diaria a cada una de las pacientes.
"No se le va a olvidar" pensaba el chico, quien apretujaba su bolígrafo guardado en su bolsillo de la bata. Tomó después una servilleta en la que pensó escribir.
"Qué linda es", pensó nuevamente mientras miraba su labio inferior que mordía sonriente por la plática con sus amigas. Lentamente se deslizaba entre sus dientes blancos, dejandole un rastro húmedo que resaltaba aún más el color rojizo de sus labios.
Prosiguiendo a escribir, ahora solo pensaba en Alejandra no como paciente. Sonrió y escribió un breve recado en la servilleta:
"me agradas, espero que sigamos teniendo contacto"
Tiempo suficiente, cuando Alejandra se acercaba nuevamente a la barra para "rellenar su vaso". No se atrevía a alzar la mirada, solamente lo llenaba, esperando la primer palabra del joven.
-Ya lo tengo- contestó el chico, mostrando un trozo de papel blanco debajo de su mano derecha.
-No se lo enseñes a nadie y ten mucho cuidado por favor- complementó.
-Claro que si...-respondió la jovencita, haciendo notorio lo obvio, y ocultando hábilmente su servilleta dentro de su manga.
Después de eso, se alejó sin decir más, como si solo esperara ese momento. Abel observaba desde la ventana a la niña que se sentaba y ocultando con las manos la servilleta, comenzó a leer.
"¿Qué estoy haciendo?" Preguntaba Abel, ya más convencido que confundido.
"Me roba la atención tu manera de mirarme y tu disimulo cuando platicamos. Ni idea del por qué estás aquí, tal vez algún día lo sepa, pero por el momento puedo dedicarme a contemplar en secreto -muy en secreto- tu mirada. Anhelaría tanto una oportunidad de conversar en privado contigo, me caes bien..."
-Yo también te gusto, ¿verdad?- interrumpió Alejandra, nuevamente rellenando el vaso ya vacío.
-... si- responde Abel, después de un breve silencio seguido de un corto suspiro.
-Si claro- Alejandra decía, aún incrédula a la respuesta del joven.
-Es enserio niña- contestó el chico, ya más convencido de lo que en verdad sentía, -si no fuera así, ¿por qué me arriesgaría a escribirte? creeme, siento algo por ti.
-Mañana te escribo una carta, ¿vale?- dijo Alejandra, apretando los labios y mostrando ya una expresión de alegría.
-Ok, yo te daré algo también.
Dicho esto, la niña se alejó con paso ágil y veloz a su silla, como saltando de alegría.
-Trabajo terminado Mari- dijo Abel después de un silencio considerable, mientras proseguía a alejarse para salir del pabellón.
-Si, gracias niño.
En realidad no se refería al trabajo de pabellón. La visita fue exclusiva para cumplir su prometida respuesta. Esa fue su labor, y al día siguiente seguiría igual.
viernes, 20 de enero de 2012
Amor psiquiátrico (Parte 7) - La visita
Viernes 4 de marzo
9:55 hrs.
Pabellón UAM
Era un día, solo un día... pues las sombras de la depresión y las lágrimas en los ojos no permitían ver siquiera si era de noche o de día a la pequeña de cabello rojizo. Aún continuaba después de varias horas -tal vez días- con el pantalón color guinda de su pijama; y con el rostro cubierto de lágrimas apoyado sobre su almohada. Resonaba en su cabeza las palabras de Daniel, su novio; curiosamente acompañados de una voz infantil en su mente, que no decía palabra estructurada, simplemente "hablaba".
"Termina con todo esto de una vez y busca la navaja".
Alejandra no hizo más que obedecer a su pútrida conciencia. Puede que tuviera razón aquella voz interna, pesadamente estiró su mano hacia abajo de su cama y sacó el puntiagudo y afilado cuchillo de cocina que tanto había guardado sin tener el valor de utilizarlo. Se incorporó lentamente para sentarse aún llorando, y lo deslizó entre su mano que lo aprisionaba con sus juveniles dedos. El frío y metálico filo de pronto, fue seguido de un calor líquido escarlata que brotaba de entre sus palmas lo que hizo escapar un leve quejido de los labios de Alejandra, era aliviante... no sabía si dolía más el filo cortando su piel o el vacío helado en su corazón. Ahora el cuchillo lo deslizaba en su muñeca cortando sus venas, el ardor y el dolor más agudo en esta zona más sensible no hizo más que seguirle dando ánimos para continuar, sabrá Dios cuantas veces más cortó...
-Lourdes... despierta niña, ya fue demasiado, has dormido casi dos días.
Alejandra con una pesadez enorme en sus ojos pudo apenas abrirlos, para identificar la sonrisa alegre de Lolita, la enfermera. Intentó articular palabra pero no lo logró, sus labios se iban de lado debido al efecto del sedante que le habían inyectado hasta -según su perspectiva- hace apenas unas horas. Lo último que recordó fue una nostalgia seguida de lágrimas, a los médicos y enfermeros hablando junto a ella y un profundo sueño. Su muñeca y su mano derechas aún dolían, como si el dolor cortante de aquella vez hubiese revivido en carne propia dentro del mismo sueño.
-Te voy a dar una oportunidad Lourdes-, decía Miriam, la médico a cargo de la unidad. -Llamé a tu mamá para que pueda venir a verte, pero si vuelves a llorar tendré que volver a sedarte y cancelar tu visita.
Alejandra aún no entendía lo que sucedió, solamente sentía esa pesadez sedante del clonazepam. Sin dirigir palabra alguna, deglutió la pastilla que le dio la enfermera, que casi instantáneamente la reincorporó a su estado normal. Afuera ya estaban todas las niñas con sus familiares, sus charlas a la interperie y dentro del pabellón las delataba. Y a lo lejos una figura robusta y de estatura mediana que descansaba en los asientos junto a la cocina del pabellón, la esperaba; era su madre.
-Hola Lidia...-dijo Lourdes dirigiendose hacia su progenitora.
-Hola mi niña...
Por otro lado, Abel realizaba sus visitas a pabellón. Para él no había día de permisos, solamente era una rutina de trabajo, y de hecho; los martes y viernes eran días con carga extra de labores. Miraba a los pacientes conversando y comiendo en todo el hospital junto a sus familiares: Chicos conversando seriamente con algún padre, chicas comiendo en el jardín, o incluso abrazadas de sus respectivos novios aunque estuviera prohibido. No faltaban los juegos y risas en los columpios del jardín.
Abel siempre acostumbraba visitar el pabellón de las niñas al final por ser el más alejado. Y al cruzar la puerta la miró: Era Alejandra, quien ni siquiera se percató de su llegada. El chico aún recordaba el insomnio que le provocó hace unos días esa niña con su cartita de amor. Caminó lentamente y notó la mirada de Alejandra, quien le sonrió.
-Dios... qué pena.
Abel no hizo más que devolverle la sonrisa, doblar al pasillo y entrar a la cocina.
-Todo en orden... ahora viene la parte problemática. Menos mal que está con su mamá.
Abel abrió de nuevo la puerta y dispuesto a salir del pabellón sin ser notado, al levantar la vista se encontró frente a frente con su admiradora. De pie con un vaso de agua en la boca sostenido con la mano se acercó como si nada. Abel sintió un escalofrío inexplicable y un rubor en el rostro.
-Hola Sr. supervisor,¿tiene agua?- Preguntó Alejandra respetuosamente, como si nunca hubiese pasado nada.
-No Ale... lo siento.
Entre ellos después, hubo silencio. Un silencio incómodo que pareció largo a pesar de ser solo un par de breves segundos. Y sin embargo, ninguno de los dos abandonó el pequeño pasillo.
-¿Qué piensa de la carta?- Preguntó Ale, rompiendo el silencio incómodo y recuperando la misma mirada de siempre.
-No lo sé- Contestó Abel mientras sonreía tocándose la nuca, como lo hacía cuando se sentía nervioso.
-¿Me puede dar una respuesta?
Abel pensó unos segundos, mirando hacia abajo con las manos en la cintura lo meditó, e inmediatamente para salir de la situación bochornosa respondió:
-Te doy una respuesta el lunes, ¿está bien?
-¡Vale!- Respondió Alejandra, quien se alejó sonriente hacia el asiento donde su madre.
Regresando alegre, tomó asiento ya más animada y masticando el borde de su vaso casi vacío. Esta acción la acompañaba su sonrisa aperlada y sus labios rojizos y húmedos que se asomaban a traves del vaso transparente y de plástico.
-¿Dónde estabas Alejandra?- Preguntó su madre con un semblante serio, semblante que remarcaba más una cicatriz en el rostro.
-Fui a pedirle agua al nutriólogo, pero no tenía- Contestaba, mientras volteaba mirando a este chico de la bata blanca alejarse hacia la puerta. Observó cómo se detenía con la mano en la cintura mientras la guardia de seguridad abría ruidosamente el cerrojo. Observó a los ojos a Abel, para despedirse de él con una sonrisa que él correspondió disimuladamente. Le daría una respuesta el lunes, ella lo sabía, él se lo había prometido...
9:55 hrs.
Pabellón UAM
Era un día, solo un día... pues las sombras de la depresión y las lágrimas en los ojos no permitían ver siquiera si era de noche o de día a la pequeña de cabello rojizo. Aún continuaba después de varias horas -tal vez días- con el pantalón color guinda de su pijama; y con el rostro cubierto de lágrimas apoyado sobre su almohada. Resonaba en su cabeza las palabras de Daniel, su novio; curiosamente acompañados de una voz infantil en su mente, que no decía palabra estructurada, simplemente "hablaba".
"Termina con todo esto de una vez y busca la navaja".
Alejandra no hizo más que obedecer a su pútrida conciencia. Puede que tuviera razón aquella voz interna, pesadamente estiró su mano hacia abajo de su cama y sacó el puntiagudo y afilado cuchillo de cocina que tanto había guardado sin tener el valor de utilizarlo. Se incorporó lentamente para sentarse aún llorando, y lo deslizó entre su mano que lo aprisionaba con sus juveniles dedos. El frío y metálico filo de pronto, fue seguido de un calor líquido escarlata que brotaba de entre sus palmas lo que hizo escapar un leve quejido de los labios de Alejandra, era aliviante... no sabía si dolía más el filo cortando su piel o el vacío helado en su corazón. Ahora el cuchillo lo deslizaba en su muñeca cortando sus venas, el ardor y el dolor más agudo en esta zona más sensible no hizo más que seguirle dando ánimos para continuar, sabrá Dios cuantas veces más cortó...
-Lourdes... despierta niña, ya fue demasiado, has dormido casi dos días.
Alejandra con una pesadez enorme en sus ojos pudo apenas abrirlos, para identificar la sonrisa alegre de Lolita, la enfermera. Intentó articular palabra pero no lo logró, sus labios se iban de lado debido al efecto del sedante que le habían inyectado hasta -según su perspectiva- hace apenas unas horas. Lo último que recordó fue una nostalgia seguida de lágrimas, a los médicos y enfermeros hablando junto a ella y un profundo sueño. Su muñeca y su mano derechas aún dolían, como si el dolor cortante de aquella vez hubiese revivido en carne propia dentro del mismo sueño.
-Te voy a dar una oportunidad Lourdes-, decía Miriam, la médico a cargo de la unidad. -Llamé a tu mamá para que pueda venir a verte, pero si vuelves a llorar tendré que volver a sedarte y cancelar tu visita.
Alejandra aún no entendía lo que sucedió, solamente sentía esa pesadez sedante del clonazepam. Sin dirigir palabra alguna, deglutió la pastilla que le dio la enfermera, que casi instantáneamente la reincorporó a su estado normal. Afuera ya estaban todas las niñas con sus familiares, sus charlas a la interperie y dentro del pabellón las delataba. Y a lo lejos una figura robusta y de estatura mediana que descansaba en los asientos junto a la cocina del pabellón, la esperaba; era su madre.
-Hola Lidia...-dijo Lourdes dirigiendose hacia su progenitora.
-Hola mi niña...
Por otro lado, Abel realizaba sus visitas a pabellón. Para él no había día de permisos, solamente era una rutina de trabajo, y de hecho; los martes y viernes eran días con carga extra de labores. Miraba a los pacientes conversando y comiendo en todo el hospital junto a sus familiares: Chicos conversando seriamente con algún padre, chicas comiendo en el jardín, o incluso abrazadas de sus respectivos novios aunque estuviera prohibido. No faltaban los juegos y risas en los columpios del jardín.
Abel siempre acostumbraba visitar el pabellón de las niñas al final por ser el más alejado. Y al cruzar la puerta la miró: Era Alejandra, quien ni siquiera se percató de su llegada. El chico aún recordaba el insomnio que le provocó hace unos días esa niña con su cartita de amor. Caminó lentamente y notó la mirada de Alejandra, quien le sonrió.
-Dios... qué pena.
Abel no hizo más que devolverle la sonrisa, doblar al pasillo y entrar a la cocina.
-Todo en orden... ahora viene la parte problemática. Menos mal que está con su mamá.
Abel abrió de nuevo la puerta y dispuesto a salir del pabellón sin ser notado, al levantar la vista se encontró frente a frente con su admiradora. De pie con un vaso de agua en la boca sostenido con la mano se acercó como si nada. Abel sintió un escalofrío inexplicable y un rubor en el rostro.
-Hola Sr. supervisor,¿tiene agua?- Preguntó Alejandra respetuosamente, como si nunca hubiese pasado nada.
-No Ale... lo siento.
Entre ellos después, hubo silencio. Un silencio incómodo que pareció largo a pesar de ser solo un par de breves segundos. Y sin embargo, ninguno de los dos abandonó el pequeño pasillo.
-¿Qué piensa de la carta?- Preguntó Ale, rompiendo el silencio incómodo y recuperando la misma mirada de siempre.
-No lo sé- Contestó Abel mientras sonreía tocándose la nuca, como lo hacía cuando se sentía nervioso.
-¿Me puede dar una respuesta?
Abel pensó unos segundos, mirando hacia abajo con las manos en la cintura lo meditó, e inmediatamente para salir de la situación bochornosa respondió:
-Te doy una respuesta el lunes, ¿está bien?
-¡Vale!- Respondió Alejandra, quien se alejó sonriente hacia el asiento donde su madre.
Regresando alegre, tomó asiento ya más animada y masticando el borde de su vaso casi vacío. Esta acción la acompañaba su sonrisa aperlada y sus labios rojizos y húmedos que se asomaban a traves del vaso transparente y de plástico.
-¿Dónde estabas Alejandra?- Preguntó su madre con un semblante serio, semblante que remarcaba más una cicatriz en el rostro.
-Fui a pedirle agua al nutriólogo, pero no tenía- Contestaba, mientras volteaba mirando a este chico de la bata blanca alejarse hacia la puerta. Observó cómo se detenía con la mano en la cintura mientras la guardia de seguridad abría ruidosamente el cerrojo. Observó a los ojos a Abel, para despedirse de él con una sonrisa que él correspondió disimuladamente. Le daría una respuesta el lunes, ella lo sabía, él se lo había prometido...
jueves, 19 de enero de 2012
Amor psiquiátrico (Parte 6) - Gracias Abel
Después de unos minutos, Abel en la ventanilla recibía las charolas vacías de las niñas. A veces la rutina era muy repetitiva, lo que ocasionaba una mecanización de su labor. Acostumbrando a mirar a los ojos tomaba las charolas y las depositaba en la tarja para lavar trastos.
Fue curioso sentir como sus miradas eran correspondidas, hasta notó la mano fría de una pequeña sobre la de él, interrumpida por la textura de una gruesa servilleta. Después de cruzar miradas, la chiquilla señaló con los ojos su mano izquierda, la misma que tenía el improvisado mensaje.
-Ten, te lo manda Ale.
Fueron las palabras que escuchó Abel de aquella niña que sonreía mientras entregaba el trozo de papel.
¡Alejandra! Claro, la niña que le preguntó su nombre aquella tarde. En el fondo sospechaba el contenido del mensaje, pero no se atrevía a declarar nada seguro, después de todo aún era "un simple supervisor". ¿Qué sería tan importante como para arriesgarse a mandar recaditos?
-Gracias- Dijo confuso Abel, ya sin su sonrisa característica al charlar, y sin saber si debía decir otra cosa. Tomó la servilleta doblada en cuatro y hábilmente la escondió en la manga de su bata con los dedos, pues podría traerle problemas y malos entendidos todo esto. No era malo el chico, simplemente curioso... y precavido.
Pensaba para sí mismo sin lograr ensamblar frase adecuada para la situación, mientras sostenía la servilleta con los dedos aún dentro de su manga; procurando que no se caiga.
Con algo de duda, esperó a que el resto de las niñas abandonaran la ventanilla para retirarse discretamente hacia el interior de la cocineta. Y ahí, preso de curiosidad, miró alrededor, donde solo se encontraba su amiga Maricela. Dejó caer la servilleta de su manga sobre su mano y la desdobló con paciencia, para poder leerla.
"gracias Abel (...)"
Mientras proseguía con su lectura, un escalofrío corrió por su espalda, que posteriormente se transformó en un calor ruborizante al llegar a su rostro. Sus ojos se abrieron más al leer las próximas palabras. Inmediatamente, colorado por el rubor; dobló la servilleta entre sus manos temblorosas de nervios. En los meses que llevaba ahí trabajando, estaba consciente de la gravedad del asunto y de lo que podría suceder; y sin embargo, no estaba molesto ni asustado, aún procesaba su estado de ánimo.
-Maricela... mira- Mostró la servilleta a su amiga, quien se encontraba lavando la loza sucia.
Al leer el recado, Maricela no pudo evitar soltar una risa discreta. Le provocaba gracia la situación de Abel y hasta curiosidad.
-¿Ya ves lo que te sacas por andar de loco con las chicas?- Decía Maricela aún entre risas. Y junto a ella, su amiga Monica la acompañaba con la risa al leer el recado en la servilleta. Abel no pudo hacer más que callar y mirar avergonzado hacia el piso, sin saber aún como reaccionar.
-¡Ay niño! ¡son niñas! te pones super nervioso por... niñas.- Bromeaba Maricela, aún haciendole gracia la situación, -de seguro te quedas sin habla con alguna chica más bonita, ¿verdad?- Terminaba de hablar, mientras Mónica solo miraba sonriente.
Aben sin aún digerirlo, desdobló nuevamente la servilleta para leer de nuevo. Pues, aunque le preocupaba, en el fondo se enterneció por atrevida declaración.
"gracias Abel
la verdad
me gustas
Ale"
Era real, la chica nueva se sentía atraída hacia él. La situación era muy parecida a hace un par de meses: Recordó a una chica cortísima edad, Michelle; su paciente a cargo para cargarle la charola debido a un temblor en su mano. Recordó cómo le coqueteaba con sonrisas y guiños indiscretos. Acostumbraba decirle cuánto lo extrañaba e incluso tomarle la mano después de colocar la charola en la mesa.
También recordó a otra jovencita: Nidia. Tenía la misma edad que Alejandra y lo esperaba con la mirada al entrar y salir del pabellón con una sonrisa y mirada de amor. Durante la comida era tímida y no miraba a Abel, pero durante otros momentos de distanciamiento aprovechaba la ocasión para saludarlo y despedirse de él mientras sonreía tontamente mientras sus amigas se burlaban de ella cuando Abel le respondía el saludo. Un par de veces habían cruzado palabras, cualquier pretexto era bueno para que él le alegrara el día con unas breves frases triviales del trabajo.
Pero Alejandra era diferente, nunca dio señal alguna y declaró sus sentimientos directamente, aunque no pudo decirlo frente a frente.
¡Qué vergüenza! Abel no sabía por qué su rostro se encontraba caliente y sus manos sudorosas. En el fondo se sintió bien, como se siente cualquier chico de su edad al tener una admiradora. Respirando profundamente, dobló la servilleta de nuevo y la guardó en su bolsillo. Solo quería salir de ahí sin que su enamorada secreta se diera cuenta.
Pero era imposible... seguramente ella estaba ahí afuera esperando. Y sin más ni menos, decidió darle prisa a ese momento vergonzoso.
-Me voy Maricela, me llevo las ollas vacías- Fueron las palabras de Monica, palabras que no dudó Abel en aprovechar.
-Voy contigo-contestó- ya no tengo nada que hacer aquí y tengo que irme.
Abel se pegó a Monica, y juntos salieron de la cocineta. Inmediatamente buscó con la mirada a su admiradora, quien no tardó en aparecer en el sofá del pabellón junto a dos chicas más. De vergüenza aún, se encogió entre hombros e hizo un ademán de despedida, mismo que Alejandra respondió con una sonrisa. Abel volteó a la puerta cuando vio de nuevo a la chica que le entregó la carta, era Gaby, quien antes de llegar a la puerta caminó junto a él con sigilo y sin decir nada, le entregó otra servilleta.
Al cruzar la puerta del pabellón, lo último que escuchó Abel fueron carcajadas de adolescentes, quienes aún se reían de semejante travesura.
-¡Escuchalas! se ríen- Exclamaba Abel a Mónica, quien solo respondió sonriendo -Esto es problemático...
-Y eso no es todo...- Pensó luego, mientras apretaba la otra servilleta con la mano en el bolsillo. -Veamos...
"de verdad me gustas mucho
espero mi sentimiento
sea bien correspondido"
Fue curioso sentir como sus miradas eran correspondidas, hasta notó la mano fría de una pequeña sobre la de él, interrumpida por la textura de una gruesa servilleta. Después de cruzar miradas, la chiquilla señaló con los ojos su mano izquierda, la misma que tenía el improvisado mensaje.
-Ten, te lo manda Ale.
Fueron las palabras que escuchó Abel de aquella niña que sonreía mientras entregaba el trozo de papel.
¡Alejandra! Claro, la niña que le preguntó su nombre aquella tarde. En el fondo sospechaba el contenido del mensaje, pero no se atrevía a declarar nada seguro, después de todo aún era "un simple supervisor". ¿Qué sería tan importante como para arriesgarse a mandar recaditos?
-Gracias- Dijo confuso Abel, ya sin su sonrisa característica al charlar, y sin saber si debía decir otra cosa. Tomó la servilleta doblada en cuatro y hábilmente la escondió en la manga de su bata con los dedos, pues podría traerle problemas y malos entendidos todo esto. No era malo el chico, simplemente curioso... y precavido.
Pensaba para sí mismo sin lograr ensamblar frase adecuada para la situación, mientras sostenía la servilleta con los dedos aún dentro de su manga; procurando que no se caiga.
Con algo de duda, esperó a que el resto de las niñas abandonaran la ventanilla para retirarse discretamente hacia el interior de la cocineta. Y ahí, preso de curiosidad, miró alrededor, donde solo se encontraba su amiga Maricela. Dejó caer la servilleta de su manga sobre su mano y la desdobló con paciencia, para poder leerla.
"gracias Abel (...)"
Mientras proseguía con su lectura, un escalofrío corrió por su espalda, que posteriormente se transformó en un calor ruborizante al llegar a su rostro. Sus ojos se abrieron más al leer las próximas palabras. Inmediatamente, colorado por el rubor; dobló la servilleta entre sus manos temblorosas de nervios. En los meses que llevaba ahí trabajando, estaba consciente de la gravedad del asunto y de lo que podría suceder; y sin embargo, no estaba molesto ni asustado, aún procesaba su estado de ánimo.
-Maricela... mira- Mostró la servilleta a su amiga, quien se encontraba lavando la loza sucia.
Al leer el recado, Maricela no pudo evitar soltar una risa discreta. Le provocaba gracia la situación de Abel y hasta curiosidad.
-¿Ya ves lo que te sacas por andar de loco con las chicas?- Decía Maricela aún entre risas. Y junto a ella, su amiga Monica la acompañaba con la risa al leer el recado en la servilleta. Abel no pudo hacer más que callar y mirar avergonzado hacia el piso, sin saber aún como reaccionar.
-¡Ay niño! ¡son niñas! te pones super nervioso por... niñas.- Bromeaba Maricela, aún haciendole gracia la situación, -de seguro te quedas sin habla con alguna chica más bonita, ¿verdad?- Terminaba de hablar, mientras Mónica solo miraba sonriente.
Aben sin aún digerirlo, desdobló nuevamente la servilleta para leer de nuevo. Pues, aunque le preocupaba, en el fondo se enterneció por atrevida declaración.
"gracias Abel
la verdad
me gustas
Ale"
Era real, la chica nueva se sentía atraída hacia él. La situación era muy parecida a hace un par de meses: Recordó a una chica cortísima edad, Michelle; su paciente a cargo para cargarle la charola debido a un temblor en su mano. Recordó cómo le coqueteaba con sonrisas y guiños indiscretos. Acostumbraba decirle cuánto lo extrañaba e incluso tomarle la mano después de colocar la charola en la mesa.
También recordó a otra jovencita: Nidia. Tenía la misma edad que Alejandra y lo esperaba con la mirada al entrar y salir del pabellón con una sonrisa y mirada de amor. Durante la comida era tímida y no miraba a Abel, pero durante otros momentos de distanciamiento aprovechaba la ocasión para saludarlo y despedirse de él mientras sonreía tontamente mientras sus amigas se burlaban de ella cuando Abel le respondía el saludo. Un par de veces habían cruzado palabras, cualquier pretexto era bueno para que él le alegrara el día con unas breves frases triviales del trabajo.
Pero Alejandra era diferente, nunca dio señal alguna y declaró sus sentimientos directamente, aunque no pudo decirlo frente a frente.
¡Qué vergüenza! Abel no sabía por qué su rostro se encontraba caliente y sus manos sudorosas. En el fondo se sintió bien, como se siente cualquier chico de su edad al tener una admiradora. Respirando profundamente, dobló la servilleta de nuevo y la guardó en su bolsillo. Solo quería salir de ahí sin que su enamorada secreta se diera cuenta.
Pero era imposible... seguramente ella estaba ahí afuera esperando. Y sin más ni menos, decidió darle prisa a ese momento vergonzoso.
-Me voy Maricela, me llevo las ollas vacías- Fueron las palabras de Monica, palabras que no dudó Abel en aprovechar.
-Voy contigo-contestó- ya no tengo nada que hacer aquí y tengo que irme.
Abel se pegó a Monica, y juntos salieron de la cocineta. Inmediatamente buscó con la mirada a su admiradora, quien no tardó en aparecer en el sofá del pabellón junto a dos chicas más. De vergüenza aún, se encogió entre hombros e hizo un ademán de despedida, mismo que Alejandra respondió con una sonrisa. Abel volteó a la puerta cuando vio de nuevo a la chica que le entregó la carta, era Gaby, quien antes de llegar a la puerta caminó junto a él con sigilo y sin decir nada, le entregó otra servilleta.
Al cruzar la puerta del pabellón, lo último que escuchó Abel fueron carcajadas de adolescentes, quienes aún se reían de semejante travesura.
-¡Escuchalas! se ríen- Exclamaba Abel a Mónica, quien solo respondió sonriendo -Esto es problemático...
-Y eso no es todo...- Pensó luego, mientras apretaba la otra servilleta con la mano en el bolsillo. -Veamos...
"de verdad me gustas mucho
espero mi sentimiento
sea bien correspondido"
miércoles, 18 de enero de 2012
Amor psiquiátrico (Parte 5) - Confesión empapelada
Miércoles 2 de Marzo
12:35 pm
Pabellón de UAM
Ya comenzaba la segunda mitad del día. Alejandra se encontraba sentada en el mismo sofá con dos chicas, mientras el resto deambulaban por la enorme sala. Esta vez la chica nueva, de menor edad, las acompañaba.
Fecha y hora de ingreso: 1° de marzo, 19:05 hrs.
Paciente. Pamela Bello Mora
Edad: 12 años
Motivo de hospitalización. Presunto intento de suicidio.
Pamela era una niña diferente a las demás, cualquiera que la mirara no creería en ese supuesto intento de suicidio. Irradiaba una inquietud prematura para su edad esos ojos oscuros que, a diferencia del resto de las pacientes; reflejaban también gracia. Sin embargo, su complexión delgada propia del final de la infancia; delataban su verdadera edad. El cabello negrísimo y corto le llegaba hasta los hombros, que hacía contraste con su sonrisa pícara y coqueta.
Durante la mañana congenió inmediatamente con Alejandra, con quien ya tenía cierto intercambio verbal esta tarde. Ninguna de las niñas sabía por qué estaba ahí, solamente platicaba acerca de su novio, y cómo sus padres frustraron la fuga de ambos.
-¿Es nutriólogo el chico de la mañana entonces?- Preguntó la pequeña, quien acababa de escuchar la historia del chico misterioso que llega a la hora de la comida; al preguntar por él cuando lo miró en la mañana durante su visita matutina.
-Si, pero ya está apartado para Ale- Respondió Gaby , mientras miraba de reojo a su amiga Ale.
-Mensa- Contestó Ale mientras golpeaba levemente con el codo a su amiga.
-¿Cómo se llama? dile a Pamela.
-Se llama Abel, de hecho está a punto de llegar...-Dijo Alejandra, mientras observaba el reloj de enfermería.
-¿No que no?- Preguntó Gaby con una sonrisa.
-Ay... ¡que no!- Exclamó Alejandra, esta vez con un ligero rubor.
Seguida la misma rutina, las chicas repitieron el ritual de esa hora: Al llamado de la enfermera, todas avanzaban hacia los baños para lavarse las manos y poder formarse en la ventanilla. Alejandra, mientras esperaba; miraba fijamente la puerta pequeña de entrada al pabellón.
-¿Por qué estará acá precisamente un nutriólogo? -pensaba- es muy joven para trabajar, así que tal vez esté casado. Quiero agradecerle por lo de ayer, que bueno que no todos son loqueros serios y amargados en este hospital.
Como si de una invocación se tratara, Abel cruzaba esa puerta tomando el mismo rumbo hacia la cocineta, como siempre serio y dedicado. Solamente mirarlo, los pensamientos de Ale se interrumpieron por la voz de su nueva amiga Pamela.
-Es guapo, apuesto a que me lo ligo.
-Oye...- interrumpió Ale - Estás loca, es el supervisor.
-¿Y qué? ah si perdón... que ya lo apartaste, ¿verdad?- Contestó sonriente Pamela.
-Mensa...
Entre su vergüenza, Alejandra pensaba que Pamela tenía razón en algo: El chico era joven, demasiado para lucir ya una veterana bata blanca, lo que le daba cierto toque de importancia. Su manera formal de vestir resaltaba aún más su semblante juvenil y esa manera de mirar y sonreír a pacientes y enfermeras por igual hacían preguntarse si este chico era un coqueto de lo peor, o era solamente su carácter amable y risueño. Al pensar en eso, Alejandra tuvo cierto sentimiento de impotencia por ser solo una más de las pacientes, por pensar que aunque aquel chico le evitó una noche más de llanto; él solo estaba haciendo su trabajo y ni cuenta se había dado de que le alegró la tarde a una chica deprimida gracias a su actitud optimista.
-¡Hola cocinero!- Se escuchó distante el saludo alegre de la malcriada Cristal. El saludo que interrumpió los pensamientos de Alejandra para solamente acrecentar ese sentimiento de impotencia. A su vez que Pamela y Gabriela se alejaban secreteando hacia la mesa ya con su charola de comida, sin dejar de mirar a Alejandra.
Había ya llegado su turno, la chica pelirroja miró a su nuevo amigo y él le sonrió.
-Ahora si no te me escapaste- Dijo Abel aún sonriendo, recordándole a Ale su última conversación. Ella solamente correspondió la sonrisa que acrecentó ese remolino de sensaciones. Le llenó de alegría el saber que no se había olvidado de ella.
-Gracias Abel- pensaba Ale, mientras caminaba hacia la mesa y tomaba asiento.
-Te gusta, ¿verdad?- Preguntó Gabriela, quien no dejó ni responder a Alejandra cuando completó: -Pamela dice que le va a llegar.
Dicho esto, Alejandra no pudo evitar sentirse incómoda otra vez. Ese sentimiento ya comenzaba a confundirse con celos. Alejandra buscaba respuesta a la incómoda situación.
-Pamela loca...- Dejó escapar, con esfuerzo y sin dejar de mirar su plato de comida.
-¿Y tú qué tal Ale?- replicaba Gaby, -¿te gusta verdad?
-No...- Respondió esforzada, nuevamente Alejandra.
-Ay Ale...- Exclamó Gaby sonriendo, -hasta acá se notó que te pusiste celosa.
Sin mencionar palabra alguna solamente respondió Alejandra con una sonrisa. Se levantó de su asiento tranquilamente hacia la mesa donde estaba la enfermera Lolita, la más accesible y noble de todas las enfermeras. Quien se encontraba llenando hojas de enfermería en una mesa de comedor.
-Disculpe Lolita.
-¿Qué pasó mi niña?
-¿Me podría prestar su pluma un segundo por favor?
Lolita dudó al principio, mas no quería ocasionar desconfianzas...
-Está bien mi niña, pero me la regresas rápido o me irá como en feria, ¿de acuerdo?
-Sí, gracias Lolita, no tardo.
Lourdes corrió hacia la mesa y tomó un puñado de servilletas. Pensó unos segundos cuando comenzó a escribir en el trozo de papel.
-¿Qué vas a hacer?- Preguntó curiosa Gabriela.
-Tranquila, es un mensaje para el nutriólogo, solo quiero agradecerle lo de ayer.
"gracias Abel".
-Alejandra dobló la servilleta en cuatro partes y se la dio a su amiga.
-¿Se lo entregas por favor?- preguntó Ale.
-Si quieres... pero al final de la comida junto con la charola.
No faltó mucho, cuando Gabriela dispuesta a hacer el favor a su amiga; sintió un jaloneo en su suéter.
-Espérate- contestaba Alejandra, -deja escribir algo más.
-¿Qué vas hacer Alejandra?- decía Gaby, inquieta y curiosa.
Gabriela miraba fijamente las letras, y conforme avanzaba la escritura de Alejandra; sus ojos se abrieron más, junto con su boca cubierta por su mano izquierda, dejando escapar una sonrisa ahogada de sorpresa.
-¿Estás loca?- Dijo Gabriela en voz baja.
-Tú solo dáselo por favor, es la única manera de platicar con él- Dijo Alejandra casi rogando.
-Ay Ale...- Complementó Gabriela, cuando al instante Alejandra caminaba hacia el sofá ya terminada su comida.
Y ahí estaba el supervisor... recibiendo charolas vacías. Gaby no tuvo problema en aprisionar la servilleta entre su mano y el borde de su charola. Y al llegar su turno, miró al chico; señaló con los ojos su mano derecha con la servilleta y dijo en secreto:
-Tómalo, e lo manda Ale.
Abel con gesto de incógnita, no hizo más que tomar con cuidado la servilleta doblada; y como si nada, la guardó en la manga de su bata.
-Gracias- Respondió Abel sin saber qué más decir, aún con el rostro de incógnita.
Desde el sofá, Alejandra miraba a su amiga regresar con una sonrisa en el rostro; como quien ríe de una travesura. Sin embargo ni rastros de Abel, desapareció entre los muros de la cocineta.
-Estás loca- Susurró Gabriela, aún riendose de aquella experiencia...
12:35 pm
Pabellón de UAM
Ya comenzaba la segunda mitad del día. Alejandra se encontraba sentada en el mismo sofá con dos chicas, mientras el resto deambulaban por la enorme sala. Esta vez la chica nueva, de menor edad, las acompañaba.
Fecha y hora de ingreso: 1° de marzo, 19:05 hrs.
Paciente. Pamela Bello Mora
Edad: 12 años
Motivo de hospitalización. Presunto intento de suicidio.
Pamela era una niña diferente a las demás, cualquiera que la mirara no creería en ese supuesto intento de suicidio. Irradiaba una inquietud prematura para su edad esos ojos oscuros que, a diferencia del resto de las pacientes; reflejaban también gracia. Sin embargo, su complexión delgada propia del final de la infancia; delataban su verdadera edad. El cabello negrísimo y corto le llegaba hasta los hombros, que hacía contraste con su sonrisa pícara y coqueta.
Durante la mañana congenió inmediatamente con Alejandra, con quien ya tenía cierto intercambio verbal esta tarde. Ninguna de las niñas sabía por qué estaba ahí, solamente platicaba acerca de su novio, y cómo sus padres frustraron la fuga de ambos.
-¿Es nutriólogo el chico de la mañana entonces?- Preguntó la pequeña, quien acababa de escuchar la historia del chico misterioso que llega a la hora de la comida; al preguntar por él cuando lo miró en la mañana durante su visita matutina.
-Si, pero ya está apartado para Ale- Respondió Gaby , mientras miraba de reojo a su amiga Ale.
-Mensa- Contestó Ale mientras golpeaba levemente con el codo a su amiga.
-¿Cómo se llama? dile a Pamela.
-Se llama Abel, de hecho está a punto de llegar...-Dijo Alejandra, mientras observaba el reloj de enfermería.
-¿No que no?- Preguntó Gaby con una sonrisa.
-Ay... ¡que no!- Exclamó Alejandra, esta vez con un ligero rubor.
Seguida la misma rutina, las chicas repitieron el ritual de esa hora: Al llamado de la enfermera, todas avanzaban hacia los baños para lavarse las manos y poder formarse en la ventanilla. Alejandra, mientras esperaba; miraba fijamente la puerta pequeña de entrada al pabellón.
-¿Por qué estará acá precisamente un nutriólogo? -pensaba- es muy joven para trabajar, así que tal vez esté casado. Quiero agradecerle por lo de ayer, que bueno que no todos son loqueros serios y amargados en este hospital.
Como si de una invocación se tratara, Abel cruzaba esa puerta tomando el mismo rumbo hacia la cocineta, como siempre serio y dedicado. Solamente mirarlo, los pensamientos de Ale se interrumpieron por la voz de su nueva amiga Pamela.
-Es guapo, apuesto a que me lo ligo.
-Oye...- interrumpió Ale - Estás loca, es el supervisor.
-¿Y qué? ah si perdón... que ya lo apartaste, ¿verdad?- Contestó sonriente Pamela.
-Mensa...
Entre su vergüenza, Alejandra pensaba que Pamela tenía razón en algo: El chico era joven, demasiado para lucir ya una veterana bata blanca, lo que le daba cierto toque de importancia. Su manera formal de vestir resaltaba aún más su semblante juvenil y esa manera de mirar y sonreír a pacientes y enfermeras por igual hacían preguntarse si este chico era un coqueto de lo peor, o era solamente su carácter amable y risueño. Al pensar en eso, Alejandra tuvo cierto sentimiento de impotencia por ser solo una más de las pacientes, por pensar que aunque aquel chico le evitó una noche más de llanto; él solo estaba haciendo su trabajo y ni cuenta se había dado de que le alegró la tarde a una chica deprimida gracias a su actitud optimista.
-¡Hola cocinero!- Se escuchó distante el saludo alegre de la malcriada Cristal. El saludo que interrumpió los pensamientos de Alejandra para solamente acrecentar ese sentimiento de impotencia. A su vez que Pamela y Gabriela se alejaban secreteando hacia la mesa ya con su charola de comida, sin dejar de mirar a Alejandra.
Había ya llegado su turno, la chica pelirroja miró a su nuevo amigo y él le sonrió.
-Ahora si no te me escapaste- Dijo Abel aún sonriendo, recordándole a Ale su última conversación. Ella solamente correspondió la sonrisa que acrecentó ese remolino de sensaciones. Le llenó de alegría el saber que no se había olvidado de ella.
-Gracias Abel- pensaba Ale, mientras caminaba hacia la mesa y tomaba asiento.
-Te gusta, ¿verdad?- Preguntó Gabriela, quien no dejó ni responder a Alejandra cuando completó: -Pamela dice que le va a llegar.
Dicho esto, Alejandra no pudo evitar sentirse incómoda otra vez. Ese sentimiento ya comenzaba a confundirse con celos. Alejandra buscaba respuesta a la incómoda situación.
-Pamela loca...- Dejó escapar, con esfuerzo y sin dejar de mirar su plato de comida.
-¿Y tú qué tal Ale?- replicaba Gaby, -¿te gusta verdad?
-No...- Respondió esforzada, nuevamente Alejandra.
-Ay Ale...- Exclamó Gaby sonriendo, -hasta acá se notó que te pusiste celosa.
Sin mencionar palabra alguna solamente respondió Alejandra con una sonrisa. Se levantó de su asiento tranquilamente hacia la mesa donde estaba la enfermera Lolita, la más accesible y noble de todas las enfermeras. Quien se encontraba llenando hojas de enfermería en una mesa de comedor.
-Disculpe Lolita.
-¿Qué pasó mi niña?
-¿Me podría prestar su pluma un segundo por favor?
Lolita dudó al principio, mas no quería ocasionar desconfianzas...
-Está bien mi niña, pero me la regresas rápido o me irá como en feria, ¿de acuerdo?
-Sí, gracias Lolita, no tardo.
Lourdes corrió hacia la mesa y tomó un puñado de servilletas. Pensó unos segundos cuando comenzó a escribir en el trozo de papel.
-¿Qué vas a hacer?- Preguntó curiosa Gabriela.
-Tranquila, es un mensaje para el nutriólogo, solo quiero agradecerle lo de ayer.
"gracias Abel".
-Alejandra dobló la servilleta en cuatro partes y se la dio a su amiga.
-¿Se lo entregas por favor?- preguntó Ale.
-Si quieres... pero al final de la comida junto con la charola.
No faltó mucho, cuando Gabriela dispuesta a hacer el favor a su amiga; sintió un jaloneo en su suéter.
-Espérate- contestaba Alejandra, -deja escribir algo más.
-¿Qué vas hacer Alejandra?- decía Gaby, inquieta y curiosa.
Gabriela miraba fijamente las letras, y conforme avanzaba la escritura de Alejandra; sus ojos se abrieron más, junto con su boca cubierta por su mano izquierda, dejando escapar una sonrisa ahogada de sorpresa.
-¿Estás loca?- Dijo Gabriela en voz baja.
-Tú solo dáselo por favor, es la única manera de platicar con él- Dijo Alejandra casi rogando.
-Ay Ale...- Complementó Gabriela, cuando al instante Alejandra caminaba hacia el sofá ya terminada su comida.
Y ahí estaba el supervisor... recibiendo charolas vacías. Gaby no tuvo problema en aprisionar la servilleta entre su mano y el borde de su charola. Y al llegar su turno, miró al chico; señaló con los ojos su mano derecha con la servilleta y dijo en secreto:
-Tómalo, e lo manda Ale.
Abel con gesto de incógnita, no hizo más que tomar con cuidado la servilleta doblada; y como si nada, la guardó en la manga de su bata.
-Gracias- Respondió Abel sin saber qué más decir, aún con el rostro de incógnita.
Desde el sofá, Alejandra miraba a su amiga regresar con una sonrisa en el rostro; como quien ríe de una travesura. Sin embargo ni rastros de Abel, desapareció entre los muros de la cocineta.
-Estás loca- Susurró Gabriela, aún riendose de aquella experiencia...
Amor psiquiátrico (Parte 4) - Una aparición inesperada
Martes 1° de marzo
2:15 pm
UAM
-¿Cómo se llama Ale?- Preguntaba Gabriela emocionada a su nueva amiga.
-Abel- Respondió relajada Alejandra -y no es el cocinero, es el supervisor de la unidad.
-¿Supervisor? si parece médico con la batita...
-¿Quién?- Interrumpió una chica alta, de tez blanca y cabello teñido de rubio. Era Paulina, compañera de internamiento de Cristal durante el septiembre pasado.
-El chavo de la cocina, se llama Abel- Respondió Alejandra.
-¡Ah, él...!, está aquí desde el año pasado, pero nunca le pregunté su nombre.
-¿Qué no estabas tú con Cristal?- Cambió de tema Alejandra.
-Si, la conocí el año pasado también y me pareció gran coincidencia verla de vuelta acá.
-Que malcriada la niña, ¿no?
-Si, un poco...- Respondió Paulina con una sonrisa que delataba la presencia de braquets, seguramente era una niña adinerada de provincia.
-¡Lourdes! Tu médico te busca- Interrumpió la conversación una voz femenina, era la enfermera Pilar, quien estaba junto a una mujer de bata.
-Luego hablamos chicas- Dijo Alejandra, mientras caminaba hacia la barra de enfermería. Al llegar saludó de mano a la mujer, quien le dijo:
-Hola Lourdes, soy la psicóloga Elvira.
-¿Es usted mi doctora?
-No mi niña, soy tu psicóloga, tu doctor viene en un momento, ahora solo quisiera platicar contigo.
-¿Sobre qué?- Preguntó Lourdes, a quien se le había borrado la emoción de su rostro al escuchar las palabras de la psicóloga.
-Estoy a cargo de tu caso y...- Respondió la psicóloga, respondiendo con el mismo tono de seriedad.
Alejandra esta vez fue invadida por un velo de melancolía que cubría su juvenil semblante, no quería hablar de lo mismo con cada extraño que le preguntara del tema escudándose detras de una bata blanca. Después de un instante de silencio logró articular una frase.
-Disculpe psicóloga, pero ya no quiero recordar eso.
-Perdóname Lourdes, no quiero incomodarte, solo coopera y será rápido, ¿de acuerdo?- Replicó la psicóloga con voz amable. -Quiero que recuerdes lo que pasó, y me digas la primer palabra que cruce por tu mente.
No fue necesario que la psicóloga lo pidiera, con solamente mencionar los hechos, Alejandra suspiró y cerró los ojos un par de segundos. Al abrirlos inclinó la cabeza y volteó hacia el sofá del enorme pabellón... parecía todo regresar como una película en su memoria.
-¿Y qué te dijo Daniel cuando le contaste?- Preguntaba una chica de tez blanca y cabello oscuro, portaba uniforme de la secundaria técnica cercana, con ojos de curiosidad y sentada en la pequeña silla de la cocina.
-Me va a responder, no se lo tomó a mal- Contestaba emocionada Lourdes, aunque esa emoción no era tan grande para disfrazar toda la infelicidad que le causaba el recuerdo de lo mal que la trataba su novio Daniel. -Se lo conté ayer y parece que esta vez sí va a cambiar todo entre nosotros.
-Me alegro amiga- De pronto, el sonido del hervor del pequeño pocillo las interrumpió.
-Perdón amiga, a lo que veniste... acá está; es para el cólico- Dijo Lucero, después de servir el té en una pequeña taza y endulzarlo con azúcar.
-¿Estás segura?
-Si, a mi me resulta durante mi regla.
Lourdes pensativa tomó la taza entre sus manos, y enseguida la acercó a su rostro para percibir ese olor a hierbas.
Lourdes apretó los ojos por un instante, tomó una manga del sueter color vino que colgaba atado de su cuello y la acercó a sus ojos ya cristalinos por las lágrimas.
-¡Yo no quería que esto pasara Coral! era un té para el dolor- Gritaba Lourdes a su hermana, un grito acompañado de llanto desesperado.
-Pero Ale, ¿acaso eres tonta? ¿no le preguntaste lo que era?
-No, solo me dijo que era para el cólico- Respondió, esta vez; ahogando su voz en su almohada. Mientras lloraba, Coral acariciaba el cabello de su hermana. Unos minutos después se levantó Lourdes, y secando el llanto dijo.
-No soy una asesina Coral, no sabía lo que era... ¡no sabía!- Volvió a romper en llanto mientras abrazó a su hermana. Coral solamente respondió el abrazo sin atreverse a pronunciar palabra alguna.
-No soy una asesina, no lo soy...
Alejandra seguía apretando la manga del sueter contra sus ojos, que ya dejaban brotar unas cuantas lágrimas que cayeron sobre el piso del pabellón.
-Estúpida... eso es lo que soy. Quiero irme a mi casa, ¿cuándo me voy de aquí?
La psicóloga no supo responderle a su paciente, solamente abrió la boca tomando aire, como queriendo decir algo, cuando fue salvada por una voz masculina.
-¿Todo está bien?- Era Emmanuel, el médico residente a cargo de Lourdes, quien lucía la misma bata blanca que todo el personal. El médico hablaba con seriedad y madurez, a pesar de sus cortos 25 años.
-Si doctor- Contestó la psicóloga al médico de estatura alta. -Lourdes, él es el Dr. Emmanuel, tú médico- completó Elvira, quien luego presentó al médico con la jovencita.
-Doctor, dígame- dijo Lourdes queriendo ocultar las lágrimas, -si ya no lloro, si duermo bien y no ocasiono problemas, ¿podré irme?
El médico solamente hizo un gesto de decepción mostrando los dientes, y dejando escapar un suspiro dijo:
-Yo creo que no Lourdes, no es tan facil como parece- Contestó esforzado el joven médico, mientras terminaba de dejar unos documentos en la barra de enfermería, sin dejar de mirar a su joven paciente.
-Es que ya extraño a mi mamá y a mis amigas... ahora si ya valoro, además ya no he llorado- Decía Lourdes, quien aún luchaba por ocultar sus pocas lágrimas. El médico solamente pensó en silencio, y después de unos segundos dijo:
-Si te portas bien, puedo autorizarte un permiso el viernes de la próxima semana para que salgas, pero como mínimo acá te esperan dos semanas.
Ya no tenía caso ocultar las lágrimas, aunque ya no había rastro de alguna mas que los ojos irritados de tristeza. Alejandra miró al piso intentando mostrar un rostro conforme.
-Está bien...- Contestó resignada Alejandra.
-¡Ah! tú eres Lourdes- Interrumpió una voz masculina. Lourdes volteó en dirección al origen de aquella voz, era el chico de la cocina, quien se encontraba junto a ella en la barra escribiendo en el enorme kárdex blanco con las hojas de enfermería de cada paciente.
-Perdón, es que dijiste que eras Ale, y como hay dos Alejandras me confundí, creo que te di la charola equivocada- Dijo Abel con una sonrisa en el rostro, Lourdes solamente correspondió la sonrisa, era la primer persona que miraba sonreír desde que llegó al hospital.
-Disculpe Dr. ¿puede firmarme la solicitud de dietas por favor?- Solicitó amablemente Abel al Dr. Emmanuel, quien accedió sacando su pluma y firmando.
-Ya te ubiqué, a la próxima no te me escapas- dijo Abel de nuevo a Alejandra, las mismas palabras que decía al identificar visualmente a alguna paciente con dieta especial; como siempre, con la sonrisa alegre de alguien que ama hacer su trabajo
-Ya me voy, te veo mañana en la comida.
Abel se marchó sin dejar oportunidad a Alejandra de decir palabra alguna, quedando atónita aún, ni siquiera pudo despedirse. El chico simplemente desapareció así como había aparecido de entre la nada...
-Qué bueno que entiendas Lourdes- Decía el médico guardando su bolígrafo. Pareciera como si Abel nunca hubiera estado ahí.
Alejandra pensó por un breve momento, no era mentira: Abel aún iba camino de salida del enorme pabellón. Él estuvo ahí, conversó con ella y una sonrisa le contagió la alegría.
-Oiga doctor, creo que puedo comenzar a cooperar, quiero salir de esta depresión- dijo Alejandra, esta vez con un humor más animado, como si de pronto ese recuerdo que trajo la psicóloga se lo hubiera llevado el viento vespertino.
-Me alegra escuchar eso, y si recurren tus dolores de cabeza avisame, ¿vale?
-¿Cómo sabe que...?- Preguntó Lourdes, sorprendida de que su médico supiera acerca de sus dolores de cabeza.
-Soy tú médico- Respondió, mientras se marchaba hacia la oficina de médicos de UAM.
Alejandra solamente sonrió ante la respuesta obvia, miró marcharse a su médico y ella hizo lo mismo. Mientras caminaba hacia el enorme sofá central, esta vez luciendo la sonrisa contagiada en la barra de enfermeras. Quizás fue por la broma del Dr. Emmanuel, quizás por la esperanza de salir aunque sea por unos días, o quizás por la extraña aparición de aquel chico tan curioso...
2:15 pm
UAM
-¿Cómo se llama Ale?- Preguntaba Gabriela emocionada a su nueva amiga.
-Abel- Respondió relajada Alejandra -y no es el cocinero, es el supervisor de la unidad.
-¿Supervisor? si parece médico con la batita...
-¿Quién?- Interrumpió una chica alta, de tez blanca y cabello teñido de rubio. Era Paulina, compañera de internamiento de Cristal durante el septiembre pasado.
-El chavo de la cocina, se llama Abel- Respondió Alejandra.
-¡Ah, él...!, está aquí desde el año pasado, pero nunca le pregunté su nombre.
-¿Qué no estabas tú con Cristal?- Cambió de tema Alejandra.
-Si, la conocí el año pasado también y me pareció gran coincidencia verla de vuelta acá.
-Que malcriada la niña, ¿no?
-Si, un poco...- Respondió Paulina con una sonrisa que delataba la presencia de braquets, seguramente era una niña adinerada de provincia.
-¡Lourdes! Tu médico te busca- Interrumpió la conversación una voz femenina, era la enfermera Pilar, quien estaba junto a una mujer de bata.
-Luego hablamos chicas- Dijo Alejandra, mientras caminaba hacia la barra de enfermería. Al llegar saludó de mano a la mujer, quien le dijo:
-Hola Lourdes, soy la psicóloga Elvira.
-¿Es usted mi doctora?
-No mi niña, soy tu psicóloga, tu doctor viene en un momento, ahora solo quisiera platicar contigo.
-¿Sobre qué?- Preguntó Lourdes, a quien se le había borrado la emoción de su rostro al escuchar las palabras de la psicóloga.
-Estoy a cargo de tu caso y...- Respondió la psicóloga, respondiendo con el mismo tono de seriedad.
Alejandra esta vez fue invadida por un velo de melancolía que cubría su juvenil semblante, no quería hablar de lo mismo con cada extraño que le preguntara del tema escudándose detras de una bata blanca. Después de un instante de silencio logró articular una frase.
-Disculpe psicóloga, pero ya no quiero recordar eso.
-Perdóname Lourdes, no quiero incomodarte, solo coopera y será rápido, ¿de acuerdo?- Replicó la psicóloga con voz amable. -Quiero que recuerdes lo que pasó, y me digas la primer palabra que cruce por tu mente.
No fue necesario que la psicóloga lo pidiera, con solamente mencionar los hechos, Alejandra suspiró y cerró los ojos un par de segundos. Al abrirlos inclinó la cabeza y volteó hacia el sofá del enorme pabellón... parecía todo regresar como una película en su memoria.
-¿Y qué te dijo Daniel cuando le contaste?- Preguntaba una chica de tez blanca y cabello oscuro, portaba uniforme de la secundaria técnica cercana, con ojos de curiosidad y sentada en la pequeña silla de la cocina.
-Me va a responder, no se lo tomó a mal- Contestaba emocionada Lourdes, aunque esa emoción no era tan grande para disfrazar toda la infelicidad que le causaba el recuerdo de lo mal que la trataba su novio Daniel. -Se lo conté ayer y parece que esta vez sí va a cambiar todo entre nosotros.
-Me alegro amiga- De pronto, el sonido del hervor del pequeño pocillo las interrumpió.
-Perdón amiga, a lo que veniste... acá está; es para el cólico- Dijo Lucero, después de servir el té en una pequeña taza y endulzarlo con azúcar.
-¿Estás segura?
-Si, a mi me resulta durante mi regla.
Lourdes pensativa tomó la taza entre sus manos, y enseguida la acercó a su rostro para percibir ese olor a hierbas.
Lourdes apretó los ojos por un instante, tomó una manga del sueter color vino que colgaba atado de su cuello y la acercó a sus ojos ya cristalinos por las lágrimas.
-¡Yo no quería que esto pasara Coral! era un té para el dolor- Gritaba Lourdes a su hermana, un grito acompañado de llanto desesperado.
-Pero Ale, ¿acaso eres tonta? ¿no le preguntaste lo que era?
-No, solo me dijo que era para el cólico- Respondió, esta vez; ahogando su voz en su almohada. Mientras lloraba, Coral acariciaba el cabello de su hermana. Unos minutos después se levantó Lourdes, y secando el llanto dijo.
-No soy una asesina Coral, no sabía lo que era... ¡no sabía!- Volvió a romper en llanto mientras abrazó a su hermana. Coral solamente respondió el abrazo sin atreverse a pronunciar palabra alguna.
-No soy una asesina, no lo soy...
Alejandra seguía apretando la manga del sueter contra sus ojos, que ya dejaban brotar unas cuantas lágrimas que cayeron sobre el piso del pabellón.
-Estúpida... eso es lo que soy. Quiero irme a mi casa, ¿cuándo me voy de aquí?
La psicóloga no supo responderle a su paciente, solamente abrió la boca tomando aire, como queriendo decir algo, cuando fue salvada por una voz masculina.
-¿Todo está bien?- Era Emmanuel, el médico residente a cargo de Lourdes, quien lucía la misma bata blanca que todo el personal. El médico hablaba con seriedad y madurez, a pesar de sus cortos 25 años.
-Si doctor- Contestó la psicóloga al médico de estatura alta. -Lourdes, él es el Dr. Emmanuel, tú médico- completó Elvira, quien luego presentó al médico con la jovencita.
-Doctor, dígame- dijo Lourdes queriendo ocultar las lágrimas, -si ya no lloro, si duermo bien y no ocasiono problemas, ¿podré irme?
El médico solamente hizo un gesto de decepción mostrando los dientes, y dejando escapar un suspiro dijo:
-Yo creo que no Lourdes, no es tan facil como parece- Contestó esforzado el joven médico, mientras terminaba de dejar unos documentos en la barra de enfermería, sin dejar de mirar a su joven paciente.
-Es que ya extraño a mi mamá y a mis amigas... ahora si ya valoro, además ya no he llorado- Decía Lourdes, quien aún luchaba por ocultar sus pocas lágrimas. El médico solamente pensó en silencio, y después de unos segundos dijo:
-Si te portas bien, puedo autorizarte un permiso el viernes de la próxima semana para que salgas, pero como mínimo acá te esperan dos semanas.
Ya no tenía caso ocultar las lágrimas, aunque ya no había rastro de alguna mas que los ojos irritados de tristeza. Alejandra miró al piso intentando mostrar un rostro conforme.
-Está bien...- Contestó resignada Alejandra.
-¡Ah! tú eres Lourdes- Interrumpió una voz masculina. Lourdes volteó en dirección al origen de aquella voz, era el chico de la cocina, quien se encontraba junto a ella en la barra escribiendo en el enorme kárdex blanco con las hojas de enfermería de cada paciente.
-Perdón, es que dijiste que eras Ale, y como hay dos Alejandras me confundí, creo que te di la charola equivocada- Dijo Abel con una sonrisa en el rostro, Lourdes solamente correspondió la sonrisa, era la primer persona que miraba sonreír desde que llegó al hospital.
-Disculpe Dr. ¿puede firmarme la solicitud de dietas por favor?- Solicitó amablemente Abel al Dr. Emmanuel, quien accedió sacando su pluma y firmando.
-Ya te ubiqué, a la próxima no te me escapas- dijo Abel de nuevo a Alejandra, las mismas palabras que decía al identificar visualmente a alguna paciente con dieta especial; como siempre, con la sonrisa alegre de alguien que ama hacer su trabajo
-Ya me voy, te veo mañana en la comida.
Abel se marchó sin dejar oportunidad a Alejandra de decir palabra alguna, quedando atónita aún, ni siquiera pudo despedirse. El chico simplemente desapareció así como había aparecido de entre la nada...
-Qué bueno que entiendas Lourdes- Decía el médico guardando su bolígrafo. Pareciera como si Abel nunca hubiera estado ahí.
Alejandra pensó por un breve momento, no era mentira: Abel aún iba camino de salida del enorme pabellón. Él estuvo ahí, conversó con ella y una sonrisa le contagió la alegría.
-Oiga doctor, creo que puedo comenzar a cooperar, quiero salir de esta depresión- dijo Alejandra, esta vez con un humor más animado, como si de pronto ese recuerdo que trajo la psicóloga se lo hubiera llevado el viento vespertino.
-Me alegra escuchar eso, y si recurren tus dolores de cabeza avisame, ¿vale?
-¿Cómo sabe que...?- Preguntó Lourdes, sorprendida de que su médico supiera acerca de sus dolores de cabeza.
-Soy tú médico- Respondió, mientras se marchaba hacia la oficina de médicos de UAM.
Alejandra solamente sonrió ante la respuesta obvia, miró marcharse a su médico y ella hizo lo mismo. Mientras caminaba hacia el enorme sofá central, esta vez luciendo la sonrisa contagiada en la barra de enfermeras. Quizás fue por la broma del Dr. Emmanuel, quizás por la esperanza de salir aunque sea por unos días, o quizás por la extraña aparición de aquel chico tan curioso...
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