jueves, 26 de enero de 2012

Amor psiquiátrico (Parte 10) - Supervisando tu mirada

Miércoles 9 de marzo
10:20 hrs.
Unidad de Adolescentes Mujeres

-(...) puede que lo quieras mucho pequeña, pero no se trata solamente de escaparse para irse a vivir con él, creo que lo que pasó te ha hecho entender eso, estás muy chiquita aún.
-Si psicólogo, he aprendido que no es el único chico con el que podría andar.
-Oh... ¿te gusta alguien más?
-Si, después de lo que pasó lo conocí, es guapo pero quizás nunca me haga caso.
-¿Por qué no? podrías intentarlo.
-¿Y si este chavo está enamorado de otra persona, es todavía posible?
-Puede ser Pamela, puede ser...- Respondía su joven psicólogo a una pequeñita de apenas 12 años.
-Gracias psicólogo, puede que lo intente.

La conversación entre Pamela y su psicólogo era una más entre las múltiples terapias personales del pabellón. No era raro que a veces los jovenes e inexpertos psicólogos terminaran entablando amistad con las chicas, que aunque era poco ético; la picardía y simpatía los terminaba persuadiendo. Y Pamela no era la excepción, su sonrisa pícara y su complexión de niña ocultaban muy bien lo que era en realidad.

Los minutos pasaban hasta que se despidieron las pequeñas de sus respectivos psicólogos, Pamela se alejó con una sonrisa en los labios hasta que se topó con su compañera y (según ella) rival: Alejandra. La expresión severa de su morena tez se rompía al mostrar una sonrisa con sus labios rojísimos y húmedos, no era la misma desde ayer en la tarde; esta vez el recuerdo que antes la deprimía, se dispersaba con una simple hoja de papel.

-¿Cómo te fue Ale?
-Muy bien, ¿y a ti?
-Bien, gracias, ¿y por qué tan feliz? ¿enamorada, desvelada o preocupada?- Al preguntar esto, Pamela mostraba su sonrisa bromista, pronto esa pregunta sería su firma particular.
Alejandra no respondió al instante mas que mostrando una sonrisa con sus dientes aperlados asomandose entre sus labios rojos. Cuando su rubor se dispersó, se atrevió a contestar.
-¿Quieres ver algo?
-A ver.
Las dos chicas corrieron hacia el enorme salón principal, donde el resto de las pacientes ya se encontraban conversando. Dejandose caer en el sofá, Alejandra sacó de entre su ropa una hoja de papel bien doblada, y se la extendió a Pamela, quien discretamente y ocultándola en el respaldo del sofá, prosiguió a leerla; y al cabo de un par de minutos mostró su expresión sorpresiva en su rostro, que intentó cubrir con la mano en la boca.
-¡Está lindísimo! ¿es de...?
-De Abel. Me lo dio ayer.
-¿Es tu novio?- Preguntaba Pamela sorprendida, pero sin levantar la voz.
-No, o no sé... pero lo será.

Al escuchar esto, Pamela mostró una expresión desafiante, nada agresiva, mas bien alegre. Ocultando la carta detras de su lugar de asiento, abrió la boca para decir:
-Te apuesto a que te lo bajo.
-Claro Pamela, ¿apostamos?
-Si te lo bajo...-contestaba Pamela, ahora con un acento arrogante.

En las manos de la pequeña Pamela descansaba una carta mientras las dos niñas discutían. Un poema escrito en verso. Era tan explícito y comprometedor que confundía hasta al mismísimo autor, un chico de sonrisa juvenil y corte que hacía juego con esa bata tan formal. Parecería increíble que tan sonriente y juguetón joven fuera tan sentimental.

Nos miramos con indiferencia
al encontrarnos en la mañana
de lejos notas mi presencia
pero no decimos nada.

Una mirada basta
para lograr sonreír
has alegrado mi día
con esos ojos que se clavan
como espada de faquir.

Y buscamos un pretexto
el que sea...
para acercarnos
tentados por lo prohibido
de que nos vean juntos hablando.

Si encerrada no estuvieras,
ni yo fuera un simple empleado,
si no fueran enfermeras
las que te están vigilando
nuestros labios jugarían
en vez de solo mirarnos.

Por ahora me conformo
con arrancarte una sonrisa
sonrisa que cada mañana
alegra el resto del día.

Y este día llega a su fin
dormiré anhelando ser tu almohada
pues por ahora solo puedo ser
el SUPERVISOR DE TU MIRADA.

Las dos chiquillas lo tomaron como un juego más. En vez de declaración de guerra parecían seguir en unidad, a pesar que los confrontamientos eran comunes en el pabellón. Alejandra no era amiga de Pamela como lo era con Gaby, a quien de cariño le decía "Yuya"; pero sin embargo tampoco era alguien a quien consideraba enemiga, como a la malcriada Cristal.

Inmediatamente se rompió el ambiente de convivencia la hora de la comida, Abel ya cruzaba la puerta del pabellón y se dirigía con la mirada clavada al suelo, hacia la cocina. Al mirarlo, Alejandra apoyó su rostro en el respaldo del sofá como intentando ocultarse. Pamela hizo lo mismo, quien al mirar a Abel, soltó un suspiro.

-Ay, ustedes y su supervisor...- Exclamaba Yahaira desde el otro extremo del sofá, quien apenas despertaba de su siesta al escuchar el llamado para la comida por parte de las enfermeras.

Yahaira era una niña de 14 años, tez morena y cabello rizado oscuro. Era ese caso en el que el patrón se rompe, pues en vez de ser alocada y atrevida como las chicas de su edad (y particularmente, las del pabellón), Yahaira era tímida y callada. En vez de acostumbrar hablar de lo atractivos que eran los enfermeros -o el supervisor-, prefería dormir. Esto le traía constantemente problemas con los médicos, quienes interpretaban esa somnolencia como síntoma de agravamiento de su depresión.

-¿Apoco no está bien guapo Yahaira? -Preguntaba Pamela a una somnolienta Yahaira.
-Pues...-decía Yahaira, haciendo una mueca característica con su labio superior, -si... pero siempre diciendo lo mismo.

Alejandra y Pamela solamente sonrieron y corrieron a la barra, donde las charolas estaban ya servidas.

"Que no me toque el supervisor...". Rogaba pensando Alejandra, pues a pesar de sentir algo especial hacia el chico de la cocina, la vergüenza podría traicionarla. Y en vano fue, pues la charola del día se la acercaba Abel, quien lucía ese día una camisa color salmón con rayas rojas, que era resaltada por su acostumbrada bata blanca. El joven al notar la presencia de la pequeña, también agachó la mirada, apenas asomandola para no tirar la comida.

-Hola señor supervisor- Saludó Alejandra seriamente y sin atreverse a mirar a los ojos a Abel.
-Hola niña- Respondía Abel, quien al escuchar "supervisor", notó que ya había leído la hoja de papel que le dio hace apenas 24 horas.

Quizás las intenciones de Abel fueron mal interpretadas. Quizás realmente se sintió atraído hacia la pequeña paciente. Pero una cosa era segura: El torbellino de sucesos apenas comenzaba...

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