Viernes 11 de marzo
12:10 pm
Pasillos del psiquiátrico
Junto a la puerta de la cocina, una silueta masculina miraba al cielo mientras descansaba su peso sobre el muro de ladrillos azules del hospital. Su bien estilizado copete hacía compañía a tan peculiar escena del chico que comenzaba a divagar en su corazón, y a perder la cabeza y los estribos entre jugueteos infantiles de cartitas y miradas. Era Abel, quien tomando la clásica postura de sus manos dentro de los bolsillos, sosteniendo la bata blanca en la parte trasera; miraba hacia arriba. Ya no era solo el chico feliz de haberse ganado un lugar en ese hospital, sino también un chico que ingenuamente y sin darse cuenta, se entregaba a los coqueteos de una pequeña.
De pronto su mirada se clava en el piso de adoquín rojo, mientras su mano izquierda saca del bolsillo una hoja de papel color azul con rastros blancos. Se trataba de una hoja de color pegada ingeniosamente sobre un dibujo coloreado de una parejita mirándose de frente. Abel suspiró dejando resbalar torpemente una sonrisa, ya era la enésima vez que leía esa carta desde aquel miércoles.
"Sé que debo callar lo que tan dentro de mi corazón siento para no perjudicarte, pero cada vez que miro tus ojos no puedo evitar sonrojarme, parece tan difícil que alguien como tú me pudiera llegar a amar pero sé que entre sueños nos hemos de encontrar.
Cuando llegué todo estaba nublado, al ver tu sonrisa salió el sol, tu manera de ser me hace volar, cuando te miro y comienzas a jugar. Tú me quitas la depre... (...)
Todo comenzó con una mirada y hoy me he convertido en tu loca enamorada.
Te dedico estas canciones espero las escuches: Todo cambió (Camila) y Te vi venir (Reik)
Me gustas mucho!!!"
El nerviosismo y la poca cordura con la ética por delante, le hacían perder las líneas a Abel. Quien a pesar de todo, sonreía como un loco. Doblando la carta y guardándola, entró de vuelta a la oficina, se sentó un momento y dijo:
-Iré a dar una vuelta... de paso les traigo los permisos de UAM.
-Ay Abel... ¿y por qué tan contento?- Preguntaba Nancy, la compañera delgada y alta de Abel, quien no era tonta y dedujo el enamoramiento de su compañero.
-A nadie... solo estoy feliz- Contestaba Abel, con un ligero rubor en las mejillas.
-Te he de seguir al pabellón, a ver quien es la enfermera afortunada- Contestó Nancy sonriente.
Abel no contestaba... solamente salió. Mientras caminaba clavaba su mirada hacia el piso, siempre sonriente y con la batalla aún presente en su mente, aunque la razón estaba apenas dando patadas de ahogado. Dando vuelta al pasillo que daba al jardín de visitas de pacientes, solamente se agachó más para pasar sin ser percibido en el área de terapias. Cuando escuchó voces dentro del aula...
Curioso, se acercó y miró muchas niñas con el pants rojo de pacientes.
-¡Cocinero!- Gritaba una pequeña que no portaba el uniforme. Abel tardó en reconocerla, cuando miró que era Cristal, quien ya estaba dada de alta de la unidad y solamente presenciaba sus terapias grupales.
-Hola niña, ¿qué haces aquí?- Comentó Abel, sonriente por encontrarse con la pequeña ya recuperada.
-Muy bien, ya me dieron de alta, ¿y usted cómo está?- Preguntaba de vuelta Cristal, como siempre; con su sonrisa contagiosa y alegre.
-Bien, bien... acá dando la vuelta, ¿tú crees...?- Respondió tímidamente Abel, temeroso de que alguien lo viera conversando con la pequeña y despertara malos entendidos. En gesto a lo dicho, pasó la mano desde el copete hasta la nuca.
-Qué bien cocinero... ya tengo que irme, adios y que esté bien.
-Adios niña- Se despedían, mientras que Abel respondía el beso en la mejilla de despedida de Cristal.
Había sido un agradable encuentro, Cristal siempre fue considerada por Abel como una niña alegre que lo hacía reír aunque estuviera a punto de reventar por el trabajo... "Qué bueno que ya salió"; pensaba en silencio Abel... mientras se dirigía al pabellón.
Sin embargo, la perspectiva fue diferente hace unos minutos:
-¡Cocinero!- Se escuchaba la escandalosa voz de Cristal resonando en el aula de terapias, lo que ocasionó que las pequeñas voltearan interrumpiendo la terapia grupal a ver de qué se trataba.
Era el supervisor Abel, quien pasaba por ahí y saludaba a la pequeña paciente. En respuesta a esto, se escucharon exclamaciones refiriéndose a Alejandra, pues ya todas sabían del secreto.
-Ay... así o más zorris...- Murmuraba Gabriela, refiriéndose a Cristal.
-La zorra de Cristal tenía que ser... mira cómo se le acerca al supervisor- Seguía los comentarios Pamela.
Mientras tanto, Alejandra escuchaba en silencio los comentarios, sin poder evitar sentir celos de tener tan cerca al destinatario de sus más hermosos pensamientos.
-Ay ese "supervisor"... mira cómo se agarra el cabello, es bien coqueto- Bromeaba la terapeuta, quien se dio cuenta de la atención clavada en la paciente y el joven pasante.
Esta vez, sin poder evitarlo; Alejandra alzó la voz.
-¡Terapeuta! ¿puedo ir al baño?
-Si Lourdes, no te tardes.
Las pequeñas siguieron el juego de molestarla, mientras Alejandra sentía hervir la cara y se alejaba al baño como pretexto para ocultar su respuesta a tal escenita...
Y faltaba poco para la hora de la comida...
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