Martes 1° de marzo
12:30 pm
-Yo... me tomé ese remedio que me dio Lucero y...
-¡Estúpida! No me digas que fue por eso que lo perdiste o te...
-¡No quería hacerlo! - replicó la niña entre sollozos y lágrimas.
-No me toques... asesina.
-Perdóname...
Enmedio de un breve y húmedo de llanto recuerdo, se escucha el llanto de un bebé. Entre sueños Lourdes (o Alejandra, su segundo nombre y su favorito) escuchó aquel grito vigoroso por la energía de nueva vida. Ese llanto pueril que la trajo de vuelta a la realidad, una realidad de cuatro paredes y un sofá en el que dormía profundamente; pues el odioso medicamento antridepresivo le provocaba una somnolencia casi insoportable.
-¡Mi vida! Está divino-, decía la enfermera Lola, una enfermera auxiliar de edad mediana que estrechaba al recién nacido entre sus brazos y su chaleco azul característico de las enfermeras.
"Lolita" era una enfermera de edad avanzada, quizás unos cincuenta y tantos años. Lucía el cabello claro y corto con una tez mestiza. A pesar de su ocupación y su ocasional carácter de autoridad; solía ser dulce, alegre y comprensiva. Su ausencia de dientes premolares y algunas coronas brillantes en los incisivos le daban a su sonrisa un toque simpático y confiable, especialmente para los adolescentes internados, pues nunca estaba en un pabellón fijo.
-Gracias Lolita, quería presentarlo a las compañeras-, respondió la enfermera madre del pequeño.
-Todo fue un sueño...-, decía en voz baja y para sí misma Lourdes, que ya estaba íntegra después de aquella pesadilla. Escuchando apenas la conversación en torno al bebé se perdió entre aquella voz neonatal, para perderse en el río del recuerdo que al final la llevó desembocando hasta el mar de lágrimas igual que en su sueño. Apenas unos segundos de llanto bastaron para que el sonido de unos pasos aproximándose hicieran eco en el pabellón.
-¿Qué tiene paciente Ale? ¿por qué llora? - Preguntaba un preocupado enfermero Miguel, apareciendo desde atras del sofá mientras tomaba asiento junto a la jovencita.
-Nada enfermero, eso solo que... -las palabras se ahogaron en un suspiro húmedo de llanto-es solo que volví a recordar lo que sucedió.
-No se preocupe paciente Ale, ¿le gustaría contarmelo?
-No enfermero, gracias pero no quisiera volver a recordarlo.
-No hay problema niña, además ya casi es la hora de la comida, ¿por qué no va a lavarse las manos con las demás niñas?
Era la primera vez que Miguel se aproximaba a Alejandra, y sin embargo la frágil situación sentimental de la jovencita no le permitía alterarse, mucho menos ante un enfermero tan amable. Una vez ya estable, soltó una pequeña risita enmedio de sus lágrimas y afirmó con la cabeza. Se puso de pie y se arregló el cabello para dirigirse al baño y lavarse las manos.
-Creo que este nuevo ambiente debe tener algo de bueno- pensaba Alejandra, -por lo menos no conozco a nadie, y nuevas chicas por conocer ayudarán a olvidar.
Alejandra seguía caminando, ya un poco más animada mientras se secaba las lágrimas con las manos. Poco antes de cruzar la puerta del baño alguien le dirigió la palabra.
-¿Tú quién eres? - Preguntó, la dueña de dicha voz era una niña. Su estatura apenas rondaba los 1.50 metros, su piel era clara y su cabello corto, parecía mal recortado. Su toqué característico era una sonrisa adornada con un hoyuelo en la mejilla, característico de algunas personas cuando sonríen. Esa apariencia amable animó a Alejandra a contestar.
-Ale, ¿y tú?- Contestaba Alejandra, ya mostrando más abiertos sus ojos cafés clavados amablemente en los de su compañera.
-Cristal-, respondió la pequeña; mientras se sacudía el cabello ligeramente húmedo por el agua del grifo; -tú no me caes bien- completó después, aún con esa sonrisa pícara.
-Está bien- respondió Alejandra con una ligera sorpresa, sin embargo dejó pasar a la malcriada a terminar de lavarse las manos, y con ella; su séquito de amigas: Karol y Paulina.
"Niña loca", pensaba Alejandra mientras su turno había llegado. Acto seguido, se lavó las manos y se enjuagó la cara. Parecía que socializar en ese ambiente hostil no era cosa sencilla.
Una vez pasando todas las pacientes, se dirigieron a la ventanilla de la cocineta a esperar la ración del día. Como era costumbre se formaron mientras esperaban a que la comida estuviera lista, y como siempre; Cristal encabezando la larga fila de espera.
-Hola, me llamo Gaby, ¿y tú?- Preguntó uotra chica a Alejandra mientras estaba formada. La niña de piel clara, cabello corto y negro y mirada curiosa, esperaba la respuesta.
-Ale-, contestaba, aún a la defensiva por las palabras de Cristal.
-Necesitarás una compañera, la mayoría de las chicas de acá son bastante... diferentes, mucho gusto.
-Gracias Gaby...
La plática se interrumpió por el llamado de la puerta de entrada al pabellón, al abrirse se le miró cruzar la presencia de un extraño chico que siempre llegaba a la hora de la comida para ayudar a las cocineras y así; dar a tiempo el servicio de la comida para las niñas. Cruzaba el área del comedor a prisa y con pasos largos, como siempre la bata detrás de él haciendole guardia hasta el final de su camino en la cocineta. El chico era joven, rondaba quizás los 20 años, su piel era morena clara y el cabello bien recortado y oscuro. Llamaba la atención especialmente la hevilla del cinturón reluciendo por la bata sin abotonar. Siempre parecía cambiar su semblante entre alegre y preocupado por su trabajo.
-¿Quién es ese chico?-, preguntó Alejandra con curiosidad.
-Es el supervisor, siempre viene a la hora de la comida-, contestaba Gabriela, ya conocedora de la rutina del hospital.
-¿Y cómo se llama?
-Nadie sabe, nunca le he preguntado.
Alejandra se sintió intrigada acerca de ese chico tan interesado por su trabajo, y sin dejar paso a las cuestiones; el ruidoso sonido de la ventanilla abriéndose rompe el silencio entre las pláticas de las chicas esperando. Era el "supervisor" preparado a discernir a las tramposas niñas que cambiaban su nombre para comer "comida normal" en vez de "comida especial" por culpa de su "incomprensible médico".
-¡Hola cocinero!- Exclamó sonriente Cristal agitando con la mano y esperando en la ventanilla, era su manera de saludar al chico de la bata, a quien de cariño le decía "cocinero".
-Hola niña... pero soy supervisor-, respondió juguetón el chico, igual de sonriente por las gratificaciones de su trabajo, -aunque te cueste más trabajo- continuó el chico, sin dejar (claro) de sonreír.
-Ah... ¡hola cocinero!- Respondió de nuevo Cristal, con tono alegre la pequeña paciente -de quien su nombre ni siquiera conocía- se alejaba ya con su charola.
Y continuando su trabajo nombraba por su nombre a las niñas de comida especial. A veces les agradaba el platillo modificado, y a veces no; lo que le traía gustos y disgustos; y a la vez más experiencia y conocimiento en los gustos de las pacientes.
De una en una, le llegó el turno a Alejandra; quien ya conocía el procedimiento, pero no al nuevo chico de la ventanilla.
-Eres nueva, ¿verdad?- preguntó aquel muchacho sin dejar de mirar a Alejandra, para hacerle saber que se refería a ella.
-Si.
-¿Tu nombre completo por favor?- preguntó el chico, con la lista de las pacientes en la mano izquierda, como queriendo refugiarse detrás de ella.
-Lourdes Alejandra Reyes Sánchez.
-Normal sin irritantes, hoy comes normal, aquí tienes-, respondió el supervisor sin darse cuenta que esa nueva niña lo miraba con ojos de intriga, como intentando reconocerlo de alguna experiencia anterior, creyendo que ya lo conocía de antes y en otro lugar.
Una vez terminado su trabajo, el chico charlaba con las cocineras y miraba a la ventana, orgulloso de su trabajo. Nunca dejando de vigilar alguna trampa de las pacientes, como tirar la comida o intercambiarla. De pronto la calma del comedor se rompió al acercarse una niña con charola vacía en mano hacia la ventanilla...
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