El sol azotaba inclemente con su látigo la brillante coraza de los conquistadores, mientras tanto el estruendoso rugir de los cañones se desvanecía eternamente en el aire del desierto zacatecano. Justo después de hacer levitar el polvo de aquel montículo, sonó un grito como de animal salvaje, de una bestia pestilente de los pastizales de Aridoamérica, ese hórrido grito heló el alma del soldado piquero formado en segunda fila, era como si le penetraran a lo más íntimo de su alma y la congelara para incitarlo a salir huyendo... temía más caer en manos de esos salvajes zacatecos que a la horca del traidor.
-Ten calma, colega; -habló su compañero de al lado, -los zacatecos son escurridizos y salvajes, pero también son hombres que se les puede matar.
Pedro Velázquez apenas pudo pensar en lo que podría responder para aparentar templanza, sus manos sostenían la pica con fuerza, pero su quijada se estremecía, haciéndole mostrar los dientes.
Casi sin avisar, se percibió un leve zumbido seguido de un grito, Pedro volteó al flanco izquierdo de su formación, un jinete había caído de una flecha en el cuello. La guerra no da tiempo de lamentar a los caídos... enseguida cayó una ráfaga de flechas tostadas sobre el mismo flanco, haciendo que jinetes y caballos gritaran por igual.