viernes, 20 de enero de 2012

Amor psiquiátrico (Parte 7) - La visita

Viernes 4 de marzo
9:55 hrs.
Pabellón UAM

Era un día, solo un día... pues las sombras de la depresión y las lágrimas en los ojos no permitían ver siquiera si era de noche o de día a la pequeña de cabello rojizo. Aún continuaba después de varias horas -tal vez días- con el pantalón color guinda de su pijama; y con el rostro cubierto de lágrimas apoyado sobre su almohada. Resonaba en su cabeza las palabras de Daniel, su novio; curiosamente acompañados de una voz infantil en su mente, que no decía palabra estructurada, simplemente "hablaba".

"Termina con todo esto de una vez y busca la navaja".

Alejandra no hizo más que obedecer a su pútrida conciencia. Puede que tuviera razón aquella voz interna, pesadamente estiró su mano hacia abajo de su cama y sacó el puntiagudo y afilado cuchillo de cocina que tanto había guardado sin tener el valor de utilizarlo. Se incorporó lentamente para sentarse aún llorando, y lo deslizó entre su mano que lo aprisionaba con sus juveniles dedos. El frío y metálico filo de pronto, fue seguido de un calor líquido escarlata que brotaba de entre sus palmas lo que hizo escapar un leve quejido de los labios de Alejandra, era aliviante... no sabía si dolía más el filo cortando su piel o el vacío helado en su corazón. Ahora el cuchillo lo deslizaba en su muñeca cortando sus venas, el ardor y el dolor más agudo en esta zona más sensible no hizo más que seguirle dando ánimos para continuar, sabrá Dios cuantas veces más cortó...

-Lourdes... despierta niña, ya fue demasiado, has dormido casi dos días.
Alejandra con una pesadez enorme en sus ojos pudo apenas abrirlos, para identificar la sonrisa alegre de Lolita, la enfermera. Intentó articular palabra pero no lo logró, sus labios se iban de lado debido al efecto del sedante que le habían inyectado hasta -según su perspectiva- hace apenas unas horas. Lo último que recordó fue una nostalgia seguida de lágrimas, a los médicos y enfermeros hablando junto a ella y un profundo sueño. Su muñeca y su mano derechas aún dolían, como si el dolor cortante de aquella vez hubiese revivido en carne propia dentro del mismo sueño.

-Te voy a dar una oportunidad Lourdes-, decía Miriam, la médico a cargo de la unidad. -Llamé a tu mamá para que pueda venir a verte, pero si vuelves a llorar tendré que volver a sedarte y cancelar tu visita.

Alejandra aún no entendía lo que sucedió, solamente sentía esa pesadez sedante del clonazepam. Sin dirigir palabra alguna, deglutió la pastilla que le dio la enfermera, que casi instantáneamente la reincorporó a su estado normal. Afuera ya estaban todas las niñas con sus familiares, sus charlas a la interperie y dentro del pabellón las delataba. Y a lo lejos una figura robusta y de estatura mediana que descansaba en los asientos junto a la cocina del pabellón, la esperaba; era su madre.

-Hola Lidia...-dijo Lourdes dirigiendose hacia su progenitora.
-Hola mi niña...

Por otro lado, Abel realizaba sus visitas a pabellón. Para él no había día de permisos, solamente era una rutina de trabajo, y de hecho; los martes y viernes eran días con carga extra de labores. Miraba a los pacientes conversando y comiendo en todo el hospital junto a sus familiares: Chicos conversando seriamente con algún padre, chicas comiendo en el jardín, o incluso abrazadas de sus respectivos novios aunque estuviera prohibido. No faltaban los juegos y risas en los columpios del jardín.

Abel siempre acostumbraba visitar el pabellón de las niñas al final por ser el más alejado. Y al cruzar la puerta la miró: Era Alejandra, quien ni siquiera se percató de su llegada. El chico aún recordaba el insomnio que le provocó hace unos días esa niña con su cartita de amor. Caminó lentamente y notó la mirada de Alejandra, quien le sonrió.

-Dios... qué pena.
Abel no hizo más que devolverle la sonrisa, doblar al pasillo y entrar a la cocina.
-Todo en orden... ahora viene la parte problemática. Menos mal que está con su mamá.
Abel abrió de nuevo la puerta y dispuesto a salir del pabellón sin ser notado, al levantar la vista se encontró frente a frente con su admiradora. De pie con un vaso de agua en la boca sostenido con la mano se acercó como si nada. Abel sintió un escalofrío inexplicable y un rubor en el rostro.

-Hola Sr. supervisor,¿tiene agua?- Preguntó Alejandra respetuosamente, como si nunca hubiese pasado nada.
-No Ale... lo siento.

Entre ellos después, hubo silencio. Un silencio incómodo que pareció largo a pesar de ser solo un par de breves segundos. Y sin embargo, ninguno de los dos abandonó el pequeño pasillo.

-¿Qué piensa de la carta?- Preguntó Ale, rompiendo el silencio incómodo y recuperando la misma mirada de siempre.
-No lo sé- Contestó Abel mientras sonreía tocándose la nuca, como lo hacía cuando se sentía nervioso.
-¿Me puede dar una respuesta?

Abel pensó unos segundos, mirando hacia abajo con las manos en la cintura lo meditó, e inmediatamente para salir de la situación bochornosa respondió:
-Te doy una respuesta el lunes, ¿está bien?
-¡Vale!- Respondió Alejandra, quien se alejó sonriente hacia el asiento donde su madre.

Regresando alegre, tomó asiento ya más animada y masticando el borde de su vaso casi vacío. Esta acción la acompañaba su sonrisa aperlada y sus labios rojizos y húmedos que se asomaban a traves del vaso transparente y de plástico.

-¿Dónde estabas Alejandra?- Preguntó su madre con un semblante serio, semblante que remarcaba más una cicatriz en el rostro.
-Fui a pedirle agua al nutriólogo, pero no tenía- Contestaba, mientras volteaba mirando a este chico de la bata blanca alejarse hacia la puerta. Observó cómo se detenía con la mano en la cintura mientras la guardia de seguridad abría ruidosamente el cerrojo. Observó a los ojos a Abel, para despedirse de él con una sonrisa que él correspondió disimuladamente. Le daría una respuesta el lunes, ella lo sabía, él se lo había prometido...

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