Hola...
¿Te acuerdas de mí, sitio lúgubre y siniestro? Soy yo, el mismo niño ingenuo que hace cinco años cayó a tus aposentos con una sonrisa en los labios y una gran herida en el corazón. Sí, soy ese ángel que se volvió demonio y aprendió a convivir con tu oscura naturaleza, con tus llamas que congelan y nunca calientan.
Esta vez las cosas son distintas: Yo no pequé ni fallé, fui condenado desde lo más alto del cielo a vivir de nuevo en tu seno mientras veo la gloria en la que se regocijan mis similares. Yo veo aquí, cómo disfrutan aquel paraíso que tanto anhelé alcanzar de la mano de un ángel de bella mirada y dulce voz.
Mientras me calcina la esperanza entre tus eternas llamas, quisiera recordar y preguntar cómo vine a caer de vuelta... tan bajo. En este sitio que los ángeles nunca visitan, este tétrico mundo en donde lo terrenal se vuelve martirio y solo nos queda lamentar nuestra desgracia. He llorado tanto que las lágrimas no caen, solo mis ojos soplan polvo que inmediatamente se vuelve a calcinar, ceniza sobre ceniza, en el aire. Y ahí está, mi bello ángel... siendo feliz.
Quisiera olvidar que alguna vez estuve a punto de alcanzar nuevamente el paraíso, que alguna vez usé su nombre como estandarte cual cruzado, y mi Tierra Santa, su corazón. Quisiera olvidar todo ese daño, aquellos errores, aquellos besos. Será lo mejor, pues los ángeles no se atreven a venir aquí.
Miro en un rincón, a Ricardo "Corazón de León", cuyo arrojo enmedio de una cruzada, lo trajo hasta acá. Mi arrojo fue similar, Ricardo; yo también me tiré a matar.
Pero lamentarse ya no sirve de nada, solo queda aprender a amar el frío calcinante de estas llamas, la soledad rodeada de árboles de felicidad cuyo fruto no se puede comer, aprender a matar toda esperanza y disfrutar su ausencia, aprender a ser un demonio enmedio de este infierno... otra vez... como la última vez.

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